Desde Fuera
Por LUIS PASARA
Idolos Caídos
CARLOS Salinas de Gortari -en su exilio estadounidense, luego del ridículo de su fugaz huelga de hambre- es el último en haberse incorporado a una lista que se alarga penosamente en América Latina. Es la lista de los ídolos políticos con pies de barro, que ha producido la región en estos tiempos.
Antes que Salinas ingresaron a la lista Fernando Collor de Melo, Alan García, Carlos Andrés Pérez y Jaime Paz Zamora. Todos ellos se encumbraron en sus respectivos países como hombres providenciales, de los cuales dependía el futuro.
Buenos para el juego político y hábiles para ganar una elección, todos ellos parecieron encarnar la esperanza. Y por eso fueron elegidos.
El gobierno de cada uno de ellos desembocó en algo peor de lo que sus adversarios habían advertido e, incluso, imaginado. La gestión pública de los cuatro combinó, en determinada medida, el fracaso económico con la corrupción. Como consecuencia, al dejar la presidencia, cada uno de ellos entregó su país en una condición bastante peor de aquélla en que lo recibió.
Cada quien puso sus componentes propios. García llevó al poder en 1985 al partido político más importante de la historia del Perú. Un partido al que se negó el derecho a gobernar correspondiente a su fuerza política y en el que, se suponía, el país podría contar con una reserva moral.
Singularmente inteligente, García se especializó en decir a cada quien lo que deseaba escuchar. Pero, a la hora de tomar decisiones, eligió sólo aquéllas que podrían favorecer su propia carrera. También él deliró con la reelección. Y, en esa perspectiva, optó tanto por un manejo irresponsable de la economía como por obtener ciertas reprochables ventajas del disfrute del poder. La bancarrota en la que dejó al Perú acunó, en la desesperación ciudadana, a un Fujimori.
Carlos Andrés Pérez se ofreció como el hombre que sacaría a Venezuela de una crisis grave, en la que todavía se encuentra. Confiados en que se repetiría la bonanza de su primer gobierno -fruto del dispendio de las rentas petroleras-, el electorado volvió a elegirlo. CAP impuso en cambio un ajuste feroz, al costo de centenares de muertos en el famoso "Caracazo" de febrero de 1989.
El ajuste no resolvió los males de la economía venezolana. La crisis política del país se profundizó por el manejo personalista del gobierno. Finalmente, CAP fue destituido bajo el cargo de un manejo irregular de fondos públicos.
Jaime Paz Zamora militó en la extrema izquierda, combatiendo las varias dictaduras que ha sufrido Bolivia. Aunque llegó tercero en las urnas, un pacto con sus antiguos adversarios le permitió arribar a la presidencia en 1989, con una promesa muy similar a la de Alan García. Su gobierno, sin embargo, no trajo nada diferente al país y, más bien, repitió muchos de los vicios tradicionales.
El antiimperialista combativo de antaño confesó a un periodista de la TV. estadounidense que la embajada gringa intervenía en el nombramiento de sus ministros. La misma embajada que denunció, en varias ocasiones, las conexiones narcos de diversos personajes gubernamentales. Paz Zamora enfrenta la posibilidad de ser juzgado por las muchas evidencias disponibles acerca de su relación con el narcotráfico.
Fernando Collor de Melo convocó la ilusión de la modernidad en Brasil. Prometió un gobierno eficiente que derrotaría para siempre la inflación endémica y abriría paso a otra etapa de crecimiento sostenido. No hubo ni lo uno ni lo otro. En reemplazo, desde su inicio -en 1990- su gobierno estuvo plagado de escándalos en los que, finalmente, quedó ubicado como un protagonista irremplazable.
El perfil de Salinas de Gortari no era el de un político profesional -como García, CAP o Paz- sino el de un tecnócrata eficiente. Formado en EE.UU., se ofreció como el hombre que llevaría a México a otra etapa de su historia, mediante la incorporación al NAFTA. Un enorme espejismo.
En materia de reforma política. Salinas mantuvo el estilo autoritario de la dictadura priísta, que lo llevó al poder mediante el fraude. Se limitó a arroparla con la soberbia omnipotencia tecnocrática. Se sabe ahora que, detrás del escenario, la familia Salinas hacía excelentes negocios, cuya legalidad se discute.
Buenos caudillos, pésimos gobernantes. Eso es lo que caracteriza esta camada de dirigentes políticos, de salida en América Latina. Los fujimori de reemplazo no son mejores, como lo demuestra el manejo irresponsable del conflicto con Ecuador.
Para que nuestras democracias no se conviertan en el ritual de ir a votar periódicamente, nos hace falta otra raza de líderes, con talla de estadistas. Que conciban con grandeza su rol como un servicio público de dimensión histórica. Y que no intenten cobrarlo con la pequeñez del enriquecimiento ilícito.
Caretas 1356