Replanteando un género de honroso linaje como es el de la literatura de viajes, Jaime Bedoya publica bajo el sello de Mosca Azul una colección de textos -incluidos inéditos sobre Punta Sal, momias, hostales claustrofóbicos, y otros- celebrando la urgencia, irónica y melancólica, de mandarse mudar a algún sitio.
DOS salidas por la Panamericana Norte pisando el acelerador a fondo; los detalles de la cría de chanchos y la cura del jamón español; un nonato cusqueño secretamente idolatrado en una urna de vidrio pequeña como una pecera; o cómo se infecta una herida de amor en el calor del Caribe. He aquí algunas de las escenas que identifican la mirada perpleja de un viajero a la vez inmóvil e incrédulo, irónico y melancólico. Desde que a principios de esta década publicara su primera recopilación de textos, Jaime Bedoya ha sido sin duda alguna el principal renovador de la crónica actual, marcando pautas en el lenguaje y en el formato de un género que hoy en día -y no por casualidad- habla con derecho propio dentro de la escena literaria.

Por eso el viaje puede ser lo mismo a Antequera como a Punta Sal, a París en tonos grises como a Miami, Fla, sumida en un neón pastel, o a la concavidad translúcida aunque poluída de la ola de La Reventazón en Miraflores, o a los últimos estertores del verano al fondo de una botella de cerveza en un bar languideciente de La Herradura. En ese horizonte crepuscular, Bedoya rema contra la corriente de una globalidad que llega ubicua, además de incompleta y breve. Con humor y con recuerdos, Kilómetro Cero inicia el viaje opuesto por el mundo y ahí todo se mueve, excepto la mirada aguda del autor. (Rodrigo Quijano).


CADA dos años, Federico Bauer aparece silenciosamente por las galerías para presentar su trabajo y desaparecer de nuevo con el mismo sigilo, para internarse en los vericuetos de la creación. Un puñado de cuadros en mediano, pequeño y gran formato, forman parte de la muestra que está presentando en la Galería Cecilia González de El Olivar de San Isidro. Siguiendo una constante en su trabajo, Bauer presenta lienzos abstractos fuertemente texturados con brillos y veladuras que enseñan y ocultan los misterios del barro, del cemento, de los pigmentos vegetales y del color. "Yo compro mis materiales en las ferreterías, no en tiendas especializadas", dice el pintor, que en esta frase evidencia la opción de su trabajo creativo: volver a las fuentes, arrancar sensaciones al material más humilde, forzar el volumen hasta el límite de lo permitido. Bauer trabaja con las manos, amasando el barro hasta formar una pasta que luego aplica indistintamente con los dedos, con pinceles, con espátulas, o con un viejo cuchillo que lo acompaña fielmente desde hace muchos años. "Es como amasar un pan", dice Bauer, al tiempo que confiesa que su inspiración viene de la cerámica Chancay y la textilería Paracas, de las paredes de adobe y las grietas de los muros. También cree que con esta muestra cierra una etapa. "Ahora quiero sacar el esqueleto de toda esta sutileza, ya conozco la piel, ahora quiero meterme dentro". Tal vez aparezcan personajes o signos o personajes más definidos que puedan equilibrar las sensaciones que el pintor carga en su interior.

La regla pragmática indica que con sus 46 años de periodismo a cuestas, Domingo Tamariz podría haberse subido hace tiempo a cualquier carro, menos complicado y más rentable, que aquél en donde papel y tinta sólo aceptan empaque. Pero no. Ser testigo directo y acucioso recopilador de los humanos afanes por mandar en estas tierras le signó el tácito compromiso de registrarlos en blanco y negro, para que luego, hoy mismo podría ser, se entere la gente que la historia no se circunscribe a la última quincena y sus correspondientes estadísticas de fin de semana.