Rumbo Fijo

Llega a destino `Kilómetro Cero', libro de viajes.

Replanteando un género de honroso linaje como es el de la literatura de viajes, Jaime Bedoya publica bajo el sello de Mosca Azul una colección de textos -incluidos inéditos sobre Punta Sal, momias, hostales claustrofóbicos, y otros- celebrando la urgencia, irónica y melancólica, de mandarse mudar a algún sitio.

El autor haciendo un alto en el camino hacia Cieneguilla, Chontay y Nieve Nieve.

DOS salidas por la Panamericana Norte pisando el acelerador a fondo; los detalles de la cría de chanchos y la cura del jamón español; un nonato cusqueño secretamente idolatrado en una urna de vidrio pequeña como una pecera; o cómo se infecta una herida de amor en el calor del Caribe. He aquí algunas de las escenas que identifican la mirada perpleja de un viajero a la vez inmóvil e incrédulo, irónico y melancólico. Desde que a principios de esta década publicara su primera recopilación de textos, Jaime Bedoya ha sido sin duda alguna el principal renovador de la crónica actual, marcando pautas en el lenguaje y en el formato de un género que hoy en día -y no por casualidad- habla con derecho propio dentro de la escena literaria.

Si en Ay, qué rico (1991), Jaime Bedoya emprendía intromisorias calas en la nueva subjetividad de un nuevo y masivo quiebre cultural, con Kilómetro Cero ese bullicio cede su plaza a un espacio más íntimo e inabarcable, que no es otro sino el del viaje. De ahí que cada texto sea un souvenir -un recuerdo-, en la misma medida en que lo es una réplica en plástico o un tatuaje azulado, o en la misma medida en que un aroma desata el deseo nostálgico, de escribir, por ejemplo, o de mandarse mudar a otro lado, que es casi lo mismo.
En este sentido, son piezas ocasionales, motivadas por la urgencia del traslado geográfico, pero también testimonios de la intimidad en desplazamiento. Sin concesiones al formato de la guía turística -a no ser por el detalle escabroso-, ni a la erudición del viaje fantasioso a lo Paul Theroux y Bruce Chatwick, los textos de Jaime Bedoya se mantienen igualmente equidistantes de las concesiones a lo periodístico y a lo literario. Aquí Bedoya prosigue en el formato híbrido, de fronteras irreconocibles entre lo uno y lo otro, que ya había empezado a formar en su primer libro. Sólo que esta vez, ya despojado de la eficaz parodia del lenguaje periodístico estandarizado y de la merecida burla al seudobjetivismo de cualquier sección locales, Jaime Bedoya conserva la misma agudeza y el mismo humor con su dejo de melancolía, en el marco de una prosa personal, de alguna manera depurada. El viaje es así un pretexto no sólo para escribir más, sino nuevamente -parafraseando al viajero Charles Doughty- para redimir a la lengua del pantano en que se hallaba.

Edición que publica Mosca Azul.

Por eso el viaje puede ser lo mismo a Antequera como a Punta Sal, a París en tonos grises como a Miami, Fla, sumida en un neón pastel, o a la concavidad translúcida aunque poluída de la ola de La Reventazón en Miraflores, o a los últimos estertores del verano al fondo de una botella de cerveza en un bar languideciente de La Herradura. En ese horizonte crepuscular, Bedoya rema contra la corriente de una globalidad que llega ubicua, además de incompleta y breve. Con humor y con recuerdos, Kilómetro Cero inicia el viaje opuesto por el mundo y ahí todo se mueve, excepto la mirada aguda del autor. (Rodrigo Quijano).

Segundo libro de Bedoya.

"Mirada perpleja de un viajero a la vez inmóvil e incrédulo, irónico y melancólico".


LETRAS

CONCURSO

DANZA

Contempora estrena tres coreografías de Maureen Llewelyn Jones.

LIBROS


Parque Negro

Susana Baca, amén de cantante de voz educada es una pertinaz investigadora de las raíces negras de la música peruana. Para dar continuidad a ese proyecto de investigación, se ha embarcado en tareas mayores, como abrir un Centro Experimental para la Música y Danza al que ha bautizado como NEGR continuo. Como quien calienta motores antes del inicio formal de sus actividades, este jueves al mediodía se inaugura el Parque Negro, que reunirá a figuras conocidas del cancionero popular. Como invitada especial estará la cubana Argelia Fragoso, romántica bolerista de grandes pergaminos en la Isla. Av. Lima 175 esquina con la bajada de Agua Dulce.

Susana Baca, la negritud continua.


Texturas de Barro

Federico Bauer en la galería Cecilia González de El Olivar.

Tierra, cemento, acrílico y pigmentos en un conjunto sugestivo.

CADA dos años, Federico Bauer aparece silenciosamente por las galerías para presentar su trabajo y desaparecer de nuevo con el mismo sigilo, para internarse en los vericuetos de la creación. Un puñado de cuadros en mediano, pequeño y gran formato, forman parte de la muestra que está presentando en la Galería Cecilia González de El Olivar de San Isidro. Siguiendo una constante en su trabajo, Bauer presenta lienzos abstractos fuertemente texturados con brillos y veladuras que enseñan y ocultan los misterios del barro, del cemento, de los pigmentos vegetales y del color. "Yo compro mis materiales en las ferreterías, no en tiendas especializadas", dice el pintor, que en esta frase evidencia la opción de su trabajo creativo: volver a las fuentes, arrancar sensaciones al material más humilde, forzar el volumen hasta el límite de lo permitido. Bauer trabaja con las manos, amasando el barro hasta formar una pasta que luego aplica indistintamente con los dedos, con pinceles, con espátulas, o con un viejo cuchillo que lo acompaña fielmente desde hace muchos años. "Es como amasar un pan", dice Bauer, al tiempo que confiesa que su inspiración viene de la cerámica Chancay y la textilería Paracas, de las paredes de adobe y las grietas de los muros. También cree que con esta muestra cierra una etapa. "Ahora quiero sacar el esqueleto de toda esta sutileza, ya conozco la piel, ahora quiero meterme dentro". Tal vez aparezcan personajes o signos o personajes más definidos que puedan equilibrar las sensaciones que el pintor carga en su interior.

"Me gustaría asentarme más en el dibujo que en la textura y esperar que surjan libremente otros elementos que me ayuden a redondear la idea que tengo en la cabeza".


Mal Menor

Mar de Tinta

Por JAIME BEDOYA

HAY una minoría que tal vez se alegre de la progresiva hostilidad en contra de la cultura impresa en este país: gente pensante podría amenazar su intempestivo éxito en la escena política peruana. O en la escena, a secas. Y hay una mayoría a la que sencillamente no le importa. Basta con la televisión, y su espontánea condescendencia, para vivir tiempos ágrafos que jocosamente se califican a sí mismos de modernos. Es como un michi que se cree Nintendo.
Entre ellos deben estar aquellos responsables de que un libro nacional pague tantos impuestos como una botella de whisky. Situación que en blasfematoria y antinatural contradicción han convertido el leer y beber en actividades excluyentes, restricción líquida que debería ser aplicable sólo al manejo de Ticos.
Se ha dicho, a manera de semicoartada no asumida de este estado de cosas, que el amarillismo campante de algunos pasquines y la tendencia a la pornografía mecanográfica no justifican mayor interés hacia la palabra escrita. Tales síntomas y aturdimientos sin embargo más bien debieran atribuirse a la sociedad anómica que está gestando el dogma neoliberal -lo que importa es vender- antes que al propio lenguaje, que es sólo expresión de una riqueza, o carencia, de algo interior.
Lima se convierte en la capital bibliográfica mundial, se dijo el otro día en la inauguración de una Feria del Libro que se dice internacional, y con razón: enciclopedias, cursos de inglés, best sellers, sobrepasan superlativamente al libro nacional, especie en extinción cotizada por debajo del muchame. Aunque afuera, en plena Javier Prado, ambulantes venden con gran éxito ediciones piratas de Peisa entre Abdominizers y medidores de llantas.

  • El magnate de la goma de mascar, William Wrigley, tenía su propia fórmula para hacer una biblioteca, válida para quien la necesite: Primero medía los estantes vacíos de su escritorio. Luego mandaba comprar cantidad suficiente de libros para llenarlos. Quedó para la posteridad un memorandum dirigido a su secretaria cuando amueblaba su casa en Chicago: Consiga abundantes libros rojos y verdes con muchas letras en dorado.

  • La regla pragmática indica que con sus 46 años de periodismo a cuestas, Domingo Tamariz podría haberse subido hace tiempo a cualquier carro, menos complicado y más rentable, que aquél en donde papel y tinta sólo aceptan empaque. Pero no. Ser testigo directo y acucioso recopilador de los humanos afanes por mandar en estas tierras le signó el tácito compromiso de registrarlos en blanco y negro, para que luego, hoy mismo podría ser, se entere la gente que la historia no se circunscribe a la última quincena y sus correspondientes estadísticas de fin de semana.

    Sacrificando inéditas vacaciones en equis años, y enfundado en tan elegante como oportuna sudadera aerodinámica, ha agregado amanecidas a sus amanecidas para él mismo, escribir, hacer y soñar su libro: Un millón doscientos mil caracteres titulados Historia del Poder, de los cuales 480 mil fueron víctimas de un cruel virus informático. Este, además de suscitar inicialmente en Domingo uno de sus característicos y más contundentes ¡uy curujus!, obligó a titánica reescritura que demandó la vida de una laptop.
    Extraordinaria metáfora: Este es el vigor y el rigor de Tamariz al que acertadamente Pablo Macera alude en su prólogo, y que supone buenas noticias para todo creyente del ejercicio moral y honesto trabajo -en el peor sentido bíblico de la palabra-, que supone la escritura. Nadie lo verá, pero Gutenberg sonríe bajo tierra.


    CARETAS 1382