
DESDE FUERA

Por LUIS PASARA
El Fútbol Como Metáfora
DURANTE los últimos años, he sido crecientemente asaltado por la sensación de que el buen fútbol era el de antes. Una sensación que me ha distanciado, casi definitivamente, de considerar la posibilidad de asistir a un estadio. Y que incluso me ha llevado con frecuencia a cambiar de canal, fatalmente aburrido por la ausencia de calidad, patente tanto en equipos de renombre como en seleccionados nacionales.
Por cierto, esa sensación me ha sido suscitada con lamentable repitencia por la frustrante mediocridad del fútbol peruano. Enfrascado, al parecer de manera irremediable, en el pase corto propio del fulbito; falto de recursos físicos; abundante en esfuerzos de lucimiento individual, generalmente improductivos; carente tanto de capacidad colectiva como de visión de cancha. Es decir, toda una metáfora del ser peruano.
Pero no sólo los muchos papelones futbolísticos internacionales del Perú me han hecho añorar el fútbol de Delgado, Terry y Gómez Sánchez, o el -más reciente- de Cueto y Cubillas. El fútbol argentino constituye, también, una desilusión; presidido, como está, por el criterio de ganar de cualquier manera y no con base en la calidad. Incluso el fútbol de Brasil, pese al tetracampeonato mundial, ofrece -en los partidos de sus torneos nacionales- un espectáculo que es apenas una sombra de lo que fue en tiempos de Pelé y otras grandes figuras.
Debo confesar que he vivido con cierta inquietud este echar de menos el fútbol que aprendí a ver con mi padre. Porque, como cualquiera puede sospecharlo, nada más fácil que atribuir mi sensación del bien perdido, en materia deportiva, a mi propio proceso de envejecimiento.
En ese punto, algo angustioso, la TV. por cable ha venido a proporcionarme un marcado alivio. Porque, desde la condición de televidente, he descubierto que el buen fútbol existe. Pero está domiciliado en Europa.
En efecto, el fútbol europeo es un fútbol de calidad incluso superior al de mis años de asistencia puntual, de sábado y domingo, a José Díaz. Con base en una preparación atlética de sus jugadores -y apoyado su entrenamiento en el video-tape y la computadora-, los equipos holandeses, alemanes, ingleses, italianos o españoles ofrecen, en verdad, un gran espectáculo.
Con un juego de equipo, en muchos casos admirable, el fútbol que hoy en día se practica en Europa aleja el fantasma de una posible decadencia de este deporte. Junto a él, la mayor parte del fútbol latinoamericano aparece como un deslucido simulacro, cuya pobreza explica por qué -en contraste con lo que ocurre en Europa- cada vez asiste menos público a nuestros estadios.
La brecha entre uno y otro fútbol puede leerse como una metáfora de esa distancia mayor, que crecientemente separa al Norte del Sur. Gracias al cual, la calidad de vida que tienen a disposición los sectores mejor posicionados en nuestras sociedades es apenas una pálida imitación de la que, en promedio, se vive en las sociedades desarrolladas.
La metáfora resulta ilustrativa en algunos de sus detalles. Tal como ocurre en términos de consumo -según los cuales, el mejor café de Brasil no se bebe en el país de origen sino en Europa y en Estados Unidos-, también el fútbol del Norte se procura lo mejor del Sur. Excelentes jugadores latinoamericanos, africanos y de los países que conformaron el bloque soviético -que hoy constituyen para Europa una versión a la mano del subdesarrollo- sostienen y dan brillo a los mejores equipos del Primer Mundo.
En el terreno futbolístico tiene lugar una de las muchas expresiones de la constante fuga de cerebros. Que, ciertamente, conoce terrenos más trascendentes; por ejemplo, aquél en el que las consultoras de inversión del Primer Mundo se alimentan con economistas de buen nivel nacidos en el Tercer Mundo.
El buen fútbol, pues, existe. Y es uno de los terrenos donde se expresa la distancia -en proceso de vertiginoso acrecentamiento- entre el Norte y el Sur.
Ver ese buen fútbol por TV. nos hace llevadera esa distancia a la minoría que, en el Sur, tenemos acceso al cable. Como nos la hacen llevadera tantos otros recursos.
Viviéndose hoy en términos de globalización, resta por ver si tal distancia resulta o no igualmente soportable a las inmensas mayorías que en el Sur, entre otras carencias -algunas, por cierto, mucho más graves-, no pueden acceder al cable para consolarse.
CARETAS 1382