
El particular universo de Ramiro Llona se exhibe en la Galería Fórum de Miraflores y en Cecilia González de El Olivar de San Isidro.

Detalle de uno de los dibujos fechado en Lima en mayo del '92.
RAMIRO Llona retoma el negro, lo oscuro, la nocturnidad de la imagen, como lo hacía hace 15 ó 20 años cuando una suerte de minimalismo pictórico lo empujaba a bucear a través del claro-oscuro. Aunque en esta oportunidad a diferencia de aquélla, el negro funciona solamente como color, como uno más de la selectiva paleta de un pintor que busca cada vez más la simplicidad, la desnudez, el trazo limpio que se emparenta con la geometría para crear espacios y volúmenes definidos.
En la muestra que presenta en Fórum de Miraflores, el artista ha trabajado seis óleos en gran formato en los que se incluyen tres dípticos de 2 x 4 metros y 2 x 2 metros donde a decir de E. Sullivan "se entablan diálogos entre sectores inquietantes enfrentados a lados más calmos, diálogos entre gestualidad y pensamiento, intuición y energía, que invitan a la reflexión".
Pero además del coloquio, Llona se las ingenia para hacer continuos guiños a sus afectos y a las actividades cotidianas que lo nutren y lo rodean. Ya no sólo las "habitaciones" que aparecen claramente en su pintura desde hace algunos años (sillas, espejos, ventanas, mesas, mosaicos) sino también a la poesía, al cine o al paisaje urbano.
Uno de sus dípticos, "La habitación de las conversaciones serias", surgió luego de volver a ver La Dolce Vita y procesar detenidamente algunas de las imágenes creadas por Fellini.
"¿Personajes? ¡Claro que hay... y varios!", dice. Lo que pasa es que no son figuras definidas sino que parten de la abstracción, o mejor dicho, de la sensación de presencia. Todo esto en un espacio restallante de colores que envuelven al espectador en una atmósfera de regocijo y plenitud.
"No quiero escenificar el mundo real sino la sensación que éste provoca", explica. Para decirlo en palabras del crítico Jorge Villacorta: "lo representacional tiene un significado más allá de lo descriptivo o literario, de la necesidad de nombrar lo existente o de atarle un concepto. (Llona) introduce una dinámica estrictamente plástica y actual: es un soporte significante al cual puede aferrarse emocionalmente como pintor".
A diferencia de los óleos, que han sido trabajados en los dos últimos años, en los dibujos que exhibe la Galería Cecilia González de El Olivar de San Isidro, se puede observar una suerte de antología de su producción artística que abarca los últimos quince años.
Para Llona el dibujo no tiene carácter de boceto ni de ejercicio preparatorio para obras de mayor aliento. Tiene su propio protagonismo. Es en sí mismo. "Con el dibujo hay un acceso más directo al proceso creativo. Es un gesto, un acto más espontáneo donde puedes jugar y encontrar".
De los dibujos salen las imágenes para los cuadros en gran formato, son también el espacio donde el pintor se interna en la búsqueda, da rienda a sus intuiciones y especula sobre sus propias vibraciones. Hay una retroalimentación constante entre dibujo y pintura pero sería aventurado asegurar dónde se sitúa la prioridad.
Contradictoriamente, los dibujos le demandan mayor trabajo "porque hay más detalle" y debe dosificar las ideas. Además, la pintura se hace con todo el cuerpo y los dibujos solamente con la cabeza. "Siempre han corrido como un río paralelo en mi trabajo. Son dos universos que coexisten armónicamente", dice con una leve ironía mientras se instala dócilmente en la esquina sugerida por el fotógrafo.
Las pinturas las trabajó en Lima en los dos últimos años, los dibujos, en cambio, tienen doble nacionalidad: Lima y Nueva York. Cuando tiene la idea clara le da lo mismo pintar en cualquier lugar. "Pinto lo mismo, sino sería la esquizofrenia total. Hacer una cosa, treparse al avión y cambiar de personalidad me llevaría directamente a la locura. La vida no es tan lineal, felizmente", dice conclusivo.
Ramiro Llona está, pues, por partida doble. Hasta el 29 de diciembre en Fórum y hasta el 4 de enero de 1996 en Cecilia González. Ambas mues-tras no hacen sino ratificar la calidad de uno de los pintores más vitales e inteligentes de este lado del continente.

Juan Acevedo: ¿habrá llegado ya al millón de ejemplares?
HABLAR de las historietas de Juan Acevedo es remitirse a tirajes espectaculares propios de best seller que incluyen traducciones en varios idiomas: 100,000 ejemplares de "Piolita", 140,000 de "Paco Yunque", 22,000 de la primera edición colombiana de "La Convención de los Derechos del Niño", 88,000 de "Túpac Amaru", por mencionar solamente algunos títulos. Y es que el trabajo de nuestro estupendo historietista, es material de estudio para miles de niños de América Latina. En Bolivia, por ejemplo, el Programa de Reforma Educativa eligió "Tupac Amaru" como material de lectura para los niños de todas las escuelas primarias. Allá van por la cuarta edición y acá el ministerio de Educación desestimó ese mismo proyecto cuando fue presentado en su oportunidad. Ironías de la vida.
Ahora Juan presenta "Historia de Latinoamérica desde los Niños", ambicioso trabajo que busca latinoamericanizar una trayectoria común absurdamente antagonizada por la historia oficial. El proyecto surgió hace cinco años cuando Acevedo asistió al Encuentro Latinoamericano de Chicos del Pueblo en Buenos Aires. Fue a enseñar cómo hacer historietas y terminó contagiándose tanto de la diversidad como de la semejanza de nuestros pueblos. "Me pasó como a Colón que fue a buscar una calle y se encontró con un continente", bromea.
La idea cobró cuerpo en los años que siguieron a través de talleres microrregionales realizados en México, Guatemala, Colombia, Chile, Sao Paulo, Perú. Aprendió la jerga común y a sensibilizarse con los matices locales, constató que América es un crisol de razas donde confluyen el negro, el blanco, el cholo y el colorado y que nuestra historia empieza hace 40,000 años.
"Historia relatada no solamente para los niños sino también desde ellos, convertidos en descubridores de un mundo nuevo. Sus experiencias se van haciendo nuestras, sus ignorancias son las que no nos atrevemos a confesar, vivimos sus sorpresas como si nosotros mismo fuésemos los personajes de esa historia, sus alegrías nos relajan, su sentido del humor nos mantiene alertas y risueños", dice Gustavo Gutiérrez, prologador de la obra.
Juan recurrió a la aventura y a la historia, pero también usó de la palabra autorizada de los arqueólogos para que confirmaran o corrigieran lo que su visión de historietista había detectado. Ningún detalle se dejó al aire, ni un solo cabo quedó suelto. Con seriedad, humor y talento, Juan terminó una de las obras más entrañables escritas (o dibujadas) hasta el momento.
Una sugerencia: Radda Barnen, auspiciador del libro, lo reparte gratuitamente a las escuelas del país. ¿No podría destinar una parte a librerías para que otro público pueda acceder a su lectura? Tal vez los adultos aprendamos a conocer mejor nuestra historia y actuar en consecuencia. Digo, es un decir.

EN homenaje al cineasta cusqueño Luis Figueroa (Kukuli, Los Perros Hambrientos, Yawar Fiesta) y a los Cien Años del Cine, el Archivo de Música Tradicional Andina del Instituto Riva Agüero de la PUC ha organizado una retrospectiva de las obras del cineasta con el fin de revalorar su importante contribución al cine peruano. Han preparado además, en colaboración con el Centro de Teleducación de la mencionada universidad, un video sobre los "Rituales guerreros: el Tupay en Chiaraje", una de las batallas rituales más importantes de nuestro pasado prehispánico que se recrea en las altas comunidades cusqueñas cada 20 de enero. Además, han culminado con la investigación, selección y grabación de dos CD, uno con la Música Tradicional del Valle del Mantaro y la otra del Cusco. Ver y oír este viernes 8 de diciembre de 6 a 9 p.m. en el Centro Cultural Ricardo Palma (Larco 770).

El fotógrafo japonés Takeshiro en homenaje a Julio Ramón.

Extremo de un mango de cuerno de alce donde se representa un casco puntiagudo con armazón de hierro.

Sin Título, paradójicamente, es el nombre de la segunda individual de la pintora Gilda Mantilla. En ella explora la forma en que la mujer ha sido y es retratada, partiendo de imágenes estereotipadas provenientes de la publicidad algo ingenua de las décadas pasadas. La muestra se inaugura el 13 de diciembre a las 7. 30 p.m. en Parafernalia (González Prada 419, Surquillo)
LA domesticación y taxonomía de lo femenino debe ser una de las pasiones inútiles más manidas por las ciencias publicitarias de este siglo. Desde la impúdica mercadotecnia que pretende leer la fecha de caducidad de la hembra en la lozanía de su cutis, así como el recién descubierto paraíso del bajo C. I. que es el top modelismo no retornable, hasta la pauperizada, empero bulímica, elección de Miss Sarajevo, lo femenil ha sido waipe, wettex y trapeador del oficio de vender algo no necesariamente cierto. Entre otras cosas, la previsibilidad de la mujer.
Tan vanas intenciones no podían transpirar sino explícita ingenuidad en dosis que aumenta proporcionalmente al paso del tiempo y a su imprescindible olvido, uno tras otro, de las modas. Así como las difundidas prominencias de ayer hoy dan risa, el tirano raquitismo de hoy dará pena mañana, cuando se descubra -es sólo un ejemplo sin valor médico- algún tic nervioso como efecto secundario de la liposucción u otras aspiraciones de seducción punzocortante. Adelantándose a este proceso de lucidez retardada y enriqueciéndolo connotativamente con la intensidad de lo no utilitario, se presentan la serie de retratos femeninos que conforman la presente exposición de Gilda Mantilla.
Valiéndose del imaginario publicitario de lo que debería ser el encanto femenino según avisos publicados entre los años 20 y 50, Mantilla reinterpreta el estereotipo de mujer ideal de entonces -laboriosa diurna, seductora nocturna- con base en sampleos de dulces mujeres tipo, a los que les agrega, en diversos grados de sutil ironía, un elemento que aluda a las sobrentendidas virtudes domésticas femeninas, incluido algún accesorio perfil varonil. Es a partir de estas pistas, así como en un trazo vigoroso que registra el pulso del cartel público contemporáneo y matiza el aparente carácter inocuo de miradas desmayadas y peinados bombé, que lo que podría reducirse a mero pastiche de otrora adquiere la evocación de lo vigente a través de armónico contraste entre calidez y rudeza, rasgo distintivo en trabajos anteriores de Mantilla y que en S/T configura conmovedora atmósfera de añorado esplendor.
Resulta secundario el que la mayoría de estas pinturas, o todas, estén hechas sobre cajas de pizzas. Es un hecho circunstancial que no hace sino responder a hábitos alimentarios personales. Pero que interpretado desde la debida antipatía que merece la galopante homogenización global y su correlato alimentario calóricamente correcto, le agrega un valor desmitificatorio más a la propuesta de Mantilla. Para estas dulces S/T que nada venden y todo prometen, la belleza de fin de siglo nace entre mozzarella y tomate.(Jaime Bedoya).