Quimera de Sangre
Rezagos del MRTA que persisten en mantener viva la llama de la lucha armada, provocaron noche de terror y muerte en La Molina.

A las víctimas, los periodistas y el público que sufrió directa o indirectamente el impacto de las imágenes de los sucesos del jueves 30, la memoria
los trasladó por unos segundos a ciudades como Sarajevo, donde las batallas se libran en medio de los civiles y el miedo
acompaña cotidianamente
a la población.

A pocos días de instalada la vigilancia en la casa de La Alameda del Corregidor 1048, en La Molina Vieja, uno de los policías vio salir a un hombre adelgazado, parecido a Nestor Cerpa Cartolini, el número uno en libertad, del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. Al cierre de esta edición, los subversivos detenidos la madrugada del viernes pasado, han declarado que Cerpa efectivamente estuvo alojado con ellos, pero que se marchó quince días antes de la intervención. Después de la incursión policial, 25 emerretistas que se entrenaban para la toma del Congreso fueron neutralizados y con ellos una ametralladora, 60 fusiles AKM, 35 cacerinas y unas 45 granadas de guerra, además de pólvora, dinamita y minas caseras. Los alumnos de escuela terrorista habían venido de la selva y de la sierra. Miguel Rincón se ocupó, antes de rendirse, de destruir documentos y diskettes con información que podría haber revelado la situación exacta del alicaído movimiento subversivo.

A las 9 de la noche los buscapersonas de todos los periodistas dieron la señal de alerta.

Miguel Rincón, recién afeitado, sale acompañado del coronel Juan Vargas, del GEIN, quien la madrugada del viernes efectuó las negociaciones que culminaron con la rendición del grupo emerretista. Ellos habían solicitado la presencia de la Cruz Roja Internacional, pero los miembros de esta institución no pueden participar como mediadores si no cuentan con la autorización de su sede central, en Ginebra. Sin embargo, representantes de la prensa y de la Iglesia sí estuvieron como testigos, cumpliendo dos de los requerimientos de Rincón para una solución pacífica.
¡Identifícate, identifícate! ¡Grita quién eres!
-Rodríguez, Rodríguez, soy policía.
-¡No te creo, concha tu madre!... ¡Párate despacio y levanta las manos! ¡Apúrate, mierda!
-Soy Rodríguez, soy policía, insistió una voz de hombre.
Un silencio que pareció larguísimo se impuso al desconcierto.
Carla Figari se detuvo. Ella se dirigía a la puerta de su casa, a ver a quién se le había ocurrido reventar tamaños cohetes, cuando este inusual diálogo la congeló.
Al mismo tiempo, Alberto García que había subido con su hijo mayor a la azotea de su edificio para entender qué rayos pasaba, vio cómo el hombre que aseguraba ser policía y que estaba agazapado detrás de un Toyota del año, aparecía detrás del auto, con el torso desnudo y un fusil entre las manos.
No tuvo tiempo de tirar. Los dos policías que lo habían interrogado, cobijados en los pequeños muros del tanque de agua que corona el parque que está entre las calles Los Caobos y Los Ficus, en La Molina Vieja, dispararon hasta abatirlo.
Alberto García y su hijo se tiraron al piso, avanzaron mudos y raneando hasta las escaleras. No volvieron a respirar hasta que llegaron a la cocina de su departamento, donde los esperaba el resto de su familia en un mar de llanto. Durante todo el trayecto los acompañó el estruendo de la peor balacera que ellos habían oído en toda su vida.
Carla Figari, sin embargo, se dio tiempo de cerrar con "cantol" todas las puertas de su casa, tomar de la mano a Mary, su empleada, y meterse con ella al baño. En el camino había cogido el teléfono inalámbrico. No tardó ni un segundo para darse cuenta de que una de las partes en combate, estaba en el techo de su casa. Los oyó hablar, los escuchó arrastrarse sobre su cabeza, los sintió saltar sobre las tejas del cuarto de su hermana con la intención de derribarlas para poder entrar, vivió los aprietos que pasaron cuando intentaban deslizarse por el hueco de ventilación del baño donde ella y Mary se habían refugiado.
Sin pestañear marcó el número celular de su madre: hay una balacera feroz y una banda de asaltantes quiere meterse a la casa, le dijo susurrando, son varios, vuela mamá, no sé cuánto voy a resistir. La comunicación se interrumpió y la dejó sin contacto con el mundo exterior.
Todos los vecinos cuyas casas le dan la espalda a la cuadra diez de La Alameda del Corregidor oyeron, tras la balacera que inicialmente confundieron con una prematura noche navideña, correr a toda una columna del MRTA por sus techos, saltar chimeneas, brincar cercos de fierro puntiagudo y disparar contra cualquier obstáculo que les cerrara el paso.
Algunos se habían dispersado por la calle de Las Moras. Uno de ellos pretendió hacerse pasar por el oficial Rodríguez para sorprender a sus perseguidores, pero murió en el intento. Dos fueron capturados y obligados a rendirse y el cuarto cayó abatido cuando intentaba huir saltando los muros de un colegio de educación inicial.
Esa tarde, al filo de las cinco, Pacífico Castrillón Santa María, de nacionalidad panameña, había salido tranquilamente de su casa ubicada en La Alameda del Corregidor 1049, con el encargo de comprar el pan para el lonche. Agentes de la Divicote 2 lo intervinieron cerca de una panadería de la avenida Villarán, en Surquillo, y lo trasladaron a las oficinas de la Dincote.
Veinte días atrás, durante un interrogatorio, un arrepentido le contó a un comandante de la segunda unidad contra el terrorismo, que en La Molina funcionaba una escuela del MRTA y le proporcionó algunas señas sobre la casa. La Divicote apostó vigilantes frente a la cuadra diez de La Alameda del Corregidor.
Durante los primeros días de investigación y seguimiento, la Policía detectó los movimientos de Pacífico, el panameño de los hábitos caseros, de una norteamericana joven, de 26 años, llamada Lorry Berenson Mejía y de una peruana de apellido Gilvonio.

Policías sacan de su casa a Carla Figari después de 6 horas de iniciado el tiroteo. Ella nunca estuvo en calidad de rehén, pero por la ubicación de su casa su vida estuvo en grave peligro.
Descubrieron que Berenson y Gilvonio visitaban las instalaciones del Congreso con demasiada frecuencia. A "la gringa" no le resultó difícil hacerse pasar por periodista extranjera. El jueves 30 fue detenida en Lince, dos horas antes del tiroteo. Ha declarado que es una estudiante de antropología, que nació en Nueva York, que vivió en El Salvador durante tres años y que hace uno radica en el Perú.

El único automóvil que quedó inservible fue este Nissan que se incendió tras el impacto de una granada. Lo paradójico es que no pertenecía a un vecino del barrio, sino a un amigo que llegó para jugar una partida de póquer.
La Gilvonio fue detenida también la tarde del jueves 30, precisamente cuando salía del local del Congreso de la República. En el otro lado de la ciudad, el panameño empezaba a ser interrogado y acababa de confirmar la presencia de Miguel Rincón en el lugar, cuando el beeper que llevaba prendido a la correa del pantalón comenzó a sonar. Uno de los oficiales se percató del zumbido. Un escueto mensaje le solicitaba que se comunique.

Ada, Eduardo y Silvana Sesarego, los principales damnificados de la noche fatídica. "No justifico los disparos de la tanqueta, nadie se detuvo a pensar en qué lugar de la casa estaban mi esposa, mi suegra y mis hijos. Me gustaría saber si hubieran disparado de igual forma si los que estaban adentro eran la familia del Presidente", dice Eduardo.
El suceso precipitó la intervención policial. Si no actuaban inmediatamente, los subversivos, alertados por la ausencia de sus compañeros, escaparían.

A pesar de la confusión durante el operativo, los únicos heridos que lamentar fueron policías y subversivos. Ellos fueron atendidos rápidamente.
El comandante, a cargo de la operación, decidió llevar a Pacífico Castrillón con ellos. Reclutó a sus quince mejores hombres y partió hacia La Molina. En el camino se le ocurrió preguntar:¿Cuántos panes ibas a comprar? Cincuenta, respondió Pacífico. ¿Cuántos por cabeza? repreguntó el comandante. Dos, refirió Pacífico.

Un carro blindado y una tanqueta acribillaron la casa de los Sesarego con sus ametralladoras.
El oficial se sobresaltó. Llamó por radio a su unidad y pidió, alarmado, todos los refuerzos posibles, ellos estaban en camino y los emerretistas probablemente los estaban esperando. Todas las unidades Deltas de la Dincote y el GEIN salieron en misión de apoyo.
La decisión de detener a estos tres personajes indicaría que la jefatura de la Dincote tenía un plan para incursionar esa noche en el refugio residencial del MRTA. Sin embargo, parece que no sabían a cuántos tenían que enfrentarse ni la calidad del armamento con el que contaban. A las 8.45 la casa estaba rodeada, pero los policías olvidaron apostarse en los techos.
El primer intento de allanamiento fracasó. Las huestes de Rincón estaban armadas hasta los dientes. Los veinticinco subversivos respondieron al ataque policial y huyeron por los techos y las calles laterales.
Con los primeros tiros, los habitantes de La Molina Vieja se imaginaron cualquier cosa menos que se había iniciado una batalla campal -que parecía estarse librando en el desierto-, que pasaría sobre las cabezas de sus hijos, que atravesaría sus paredes y sus ventanas, que iluminaría su pedazo de cielo con el fuego de la violencia y la irracionalidad, durante diez horas.
Cuando escuchó las detonaciones Ada Sesarego llevó a sus hijos y a su madre lejos de las ventanas. Hizo entrar a su perra Alaska, para evitar que una bala perdida la matara. Contestó el teléfono y comprendió que su esposo se retrasaba porque la Policía no lo dejaba pasar en medio del tiroteo. Colgó y marcó el número de su hermana. En ese instante un ruido cercano y fuerte le hizo castañetear los dientes. Asomó la cabeza fuera del corredor y vio tres figuras extrañas paradas frente a su mampara.
"Se han metido" dijo horrorizada y tiró el teléfono. Mientras metía a su familia debajo del escritorio oyó una ráfaga de metralleta destrozar sus vidrios y otra silenciar a su perra para siempre. Minutos después los subversivos habían ocupado su casa, minado las escaleras de servicio y colocado los colchones como trincheras. Ella, su madre, sus niños, Miguel Rincón y el mando militar de esa columna emerretista estaban en el baño.
Su esposo, Eduardo, se quedó en la calle. "Tenía un mal presentimiento, el teléfono de mi casa sonaba durante veinte minutos ocupado, como a las diez, llamé a mi cuñada". "Los delincuentes han entrado a la casa -me dijo- Ada llamó y eso fue lo que la oí gritar".
A cuatro cuadras de distancia Andrés y Sebastián Hildebrandt, de doce y once años, pensaron que "se trataba de un atentado de Sendero porque el MRTA ya no existía". Al ver que la balacera se intensificaba, Andrés buscó su carabina de juguete y la cargó. Después llamó a su hermano y a su empleada y junto con su perro, se agacharon todos en medio de la sala.
Los niños y los civiles fueron nuevamente las principales víctimas de la demencia. Silvana y Eduardo Sesarego estaban metidos en una tina mientras su padre, lleno de impotencia, veía llegar camionetas de la UDEX, de la Dincote, de la Marina, del Ejército, patrulleros y vehículos de la Dirove. "Entre las 9.30 y 11 de la noche, vi entrar a cuatro policías al mando de un teniente de una delegación, a otros cinco al mando de un capitán de otra delegación, completamente independientes e incomunicados los unos de los otros. Era una desorganización completa" recuerda.
"Cuando apareció el coronel Vargas, de la Dincote, le expliqué que era mi familia la que estaba en riesgo, pero él no pudo impedir que primero la tanqueta y después el camión anfibio dispararan durante quince minutos consecutivos contra mi casa, a pesar de que no sabían en qué lugar tenían los subversivos a mis hijos".
"Casi inmediatamente después de que se metieron en mi casa, Rincón y su gente querían negociar", afirma Ada Sesarego. "Me pidieron que llame por teléfono y lo hice pero la comunicación se cortó, los disparos que recibió mi casa volaron las instalaciones". "Cuando me sacaron a recoger el walky talky yo tuve que gritar que por favor dejaran de disparar, los emerretistas se sabían perdidos, lo único que querían era garantizar sus vidas".
Las negociaciones se iniciaron a las 4.30 de la madrugada. Los subversivos firmaron un acta de rendición en presencia de testigos. Habían solicitado un sacerdote y un equipo de televisión para registrar su entrega. La ceremonia duró hasta las 8.45 de la mañana cuando, finalmente, dejaron en libertad a la familia que habían mantenido rehén durante las diez horas que duró la noche más larga de su vida. (Cecilia Valenzuela)