Marinera

Clase Maestra

Escuela y estílo a la hora de derrochar gracia y salero.


Abelardo Vásquez: estirpe de danzarines.

Este fin de semana tendrá lugar en Trujillo la final del XXXVI Concurso Nacional de Marinera, fiesta que instituida por Guillermo Ganoza ha devenido en la mayor vitrina de esta garbosa danza peruana. En las siguientes páginas una selección de damas y caballeros que la bailaron y la bailan con singular estilo.


Javier Luna y Mocha Graña en singular y espontánea demostración. Aplaude su esposa Ivonne.


Chabuca Granda airosamente acompañada, dibujando marinera de fina estampa allá por los años '50.

COMO todas las cuestiones concernientes al amor, la marinera es espontánea, impredecible. Aventurado puede resultar entonces pretender instaurar normas y códigos de conducta allí donde únicamente la seducción, un deseo amatorio que jamás llegará a consumarse, gobierna los escarceos de la pareja, guiada por los acordes propiciatorios de la guitarra y el cajón.
Sin embargo, las escuelas existen. Y la antigua -en lo que a marinera se refiere- habla en el varón de un baile más quedo, grave, más cercano a la proposición intimista del tango que a los aspavientos cuasi depurativos de los jóvenes bailarines de hoy.


Pañuelos al aire, coqueteo, insinuación, desplante. La reina de la marinera es la mujer.

Eso bien lo sabe Mocha Graña, dama que como pocas persevera por conservar los usos y costumbres más genuinos de esta ciudad. Fue justamente a instancias de esos afanes que íntimo grupo de amigos fue convocado a su solariega casona de la avenida Salaverry. Allí estuvo acompañado de su esposa Ivonne el arquitecto Javier Luna Elías, conocido estudioso y difusor de lo criollo, al igual que Elena Bustamante y su esposo, el guitarrista Jorge Ibáñez. Desde las ocho de la noche hasta las primeras horas de la madrugada, no se hizo otra cosa que bailar marinera, aderezada con las gracias peculiares de cada uno de los presentes. Momento culminante de la velada fue cuando Mocha Graña, cuyos movimientos insinúan una influencia flamenca, acometió salerosos pasos invitando a Ivonne a seguirla.
Y es que, como afirma el Arq. Luna, la marinera es un baile en el cual cada uno pone de lo suyo, y por eso mismo debería estar exenta de formas complejas. "La complejidad de esta danza popular se debe a los profesores", sostiene. "Lamentablemente este aparente academicismo inhibe a la gente de bailar marinera, y es por ello que ahora se circunscribe a círculos cerrados".
Luna descarta por otra parte cualquier clasificación del baile. Para él la marinera es una, peruana, y el que existan ciertos matices en el modo en que se baila en Lima, en el norte o en la sierra sur obedece a la diferencia de temperamentos que hay entre los pobladores de cada región. De hecho, el formalismo y la gravedad que antaño distinguía a lo limeño determinó en los pagos del Rímac un estilo más cadencioso y solemne. Cálidos y extrovertidos, los norteños imprimen en cambio un ritmo vital y enérgico a cada uno de sus movimientos, característica que el doctor César Miró la atribuye al hecho de que la danza se acometa sobre la tierra misma. Mientras que la melancolía andina se trasluce en las evoluciones que ejecutan sus danzantes.
Pero si en la marinera la mujer es reina, el varón, sin llegar a ser monarca, es vasallo que insiste, pretende y persigue a la soberana. Lima recuerda nombres de bailarines que despertaron admiración por el lucimiento de sus finteos amorosos. César Miró no duda en señalar a Pepe Ezeta como el más grande danzante de marinera de todos los tiempos. Y al suyo agrega los nombres de Raúl Aramburú y Manuel Barnechea. También fueron famosos don Justo Arredondo y los hermanos Julio y Abelardo Peña, así como Porfirio Vásquez y familia, uno de cuyos descendientes, Abelardo, sigue haciendo de las suyas en su peña barranquina.


Recordado Manolo García. No dejaba de bailar en Acho.

En la década del 60, Manolo García, conocido por bailar luego del quinto toro de Acho, fue disputada pareja. Y en Trujillo don Víctor Melgar, arequipeño caballero avecindado en la capital de la primavera, es reclamado año tras año por el respetable que se da cita en el Gran Chimú para espectar el Concurso Nacional de Marinera.
Y si acaso se pensaba que solamente los peruanos bailan marinera, Mocha Graña no duda en afirmar que la mejor bailarina fue Ana Lyons de Devéscovi. Nada menos que una inglesa que se enamoró del Perú y sus bailes. (Richard Licetti).


CARETAS 1398