Escribe LORENA TUDELA LOVEDAY

¡¡¡O sea, los Tremendos Jueces!!!

¿Te acuerdas tú de esa casa que está en la avenida Arequipa, más o menos por el centro, pucha o sea, cerca de un parque que se llama Washington y que ahora hay puro cholo? Bueno, como se murió mi titi Genoveva, que era la hija del presidente Candamo (con lo cual ya puedes deducir que la pobre preparó el maigret de pato de la última cena, hija, pero ya estoy hablando huevadas, vamos al grano), o sea, heredé de mi titi Genoveva una casota en esa cuadra de la Avenida Arequipa y dije uf, o sea, como está a un paso del centro y, o sea, ahora hay proyectos regios para la reconstrucción de esa parte de Lima, ahorita le pido a FOZ que me haga el estudio de prefactibilidad del hotel que hace años me mueeeero de ganas de tener: rústico como el que más, donde tú te hagas la ilusión de que la leche que tomas la ordeñaste tú mismo de una vacota del jardín, aun cuando, o sea, venga deshidratada como un kilo de coca y a punta de agua destilada la conviertas en turismo etnológico.
Bueno, pido los papeles de la casa y resulta que estaba alquilada a la Embajada Americana y como a mí, o sea, los diplomáticos no me asustan porque hija, los conozco hasta bajo el catre, pucha les mandé una carta notarial con un plazo de quince días para que me la desocupen y regio, ya estaba yo en gran charla con la gente de APOYO para mi estudio, que me va a quedar precioso.
Cuando qué te crees, que me llega A MI otra carta notarial, esta vez del Gobierno de los Estados Unidos, citándome a un comparendo en el Palacio de Justicia, hija, por haber interferido en la seguridad nacional de ese país. Yo pensé, Dios, con Tres Patines con que se murió la pelotudina y hecha una Carolina Herrera cualquiera, o sea, taconeado como una bailaora por el hall de los Pasos Perdidos del palacio ése, bamboleando las coronas como pocas veces en mi vida, bien embracetada de mi abogado, el Quique Elías, que dicho sea de paso, pucha, ya no juega bridge como antes, me fui a dar la cara por mis derechos.
Hija, entro al despacho del juez Torrejón que aparte de hacerle honor a su apellido, o sea no lo podrías creer de lo guatatiro que era y lo primero que hace es salir a Quique. Claro, yo me puse hecha una huaraca pero Quique, que se las sabe todas y si no se las sabe las improvisa, pucha, o sea, me guiña el ojo y adelante. Pues nada, que me quedo con el juez Torrejón a solas y qué crees que me dice: "Señorita Tudela, hágame el honor de invitarle un desayunito acá en mi café preferido de la vueltita nomás", mientras yo sentía que la mano del Belcebú se posesionaba de mi garganta y lo único que quería era salir corriendo y no parar hasta Park Avenue. Pero como ahora tengo horrores de sentido de realidad, pucha, acepté el desayunito. Imagínate nomás la escena del juez Torrejón, metro y medio con generosidad, terno pejerrey de invierno en pleno febrero, medias blancas, mocasines de jareta corta y corbata, ay no sé, de tutankamones tornasol: una arrechura. Y al lado YO, y punto, caminando los dos juntos por esa especie de Bombay que son las calles del centro de Lima, pucha, para terminar en una fonda que olía a lo que debe oler el zapato rojo de cierta congresista que antes era otra cosa y bueno, o sea, eso de limpiar los cubiertos con papel despacho yo no lo había visto ni en las telenovelas del Canal 9, qué quieres que te diga.
La cosa, hija, que diez minutos más tarde, o sea, con un tazón de café con leche del tamaño de un bacinica, tres huevos fritos ¡encebollados! al medio de la mesa y un pan que parecía barriga de vieja, o sea, yo ya estaba escuchando a Torrejón decirme que los Estados Unidos eran una superpotencia (no te creo, papacito, y yo que pensaba que eran un estado de Puerto Rico) y que, o sea, como todo imperio, pucha, ellos hacen lo que quieren, salvo que aparezca un alma buena por ahí, un David dispuesto a enfrentar al tamaño Goliat y que en este caso, o sea, los honorarios del tal David eran 500 soles. Yo, por supuesto, en la Luna, son cosas que en mi vida había escuchado.
Claro, al final entendí que el pobre Torrejón no era un predicador bíblico sino que bueno, o sea, estaba ofreciéndome un lobbying con el embajador o algo así. La cosa es que agarré sencillo, pagué y regio, ahora mi casa es mía y de no haber sido así, pucha, iba poner en riesgo el año de los 600,000 turistas de El Jalado Mañoso, así que no se me venga éste a hacerse el del calzón con hueco con este asunto de la moralización del Poder Judicial, que nunca hay que perder de vista el pragmatismo, ¿O.K.? Chau, chau. (Rafo León).


CARETAS 1401