
Electra
EN realidad yo no llegué a conocerla ya que mi madre murió cuando yo nací. Dicen que tenía una afección al corazón y que sabía desde siempre que no aguantaría el parto, pero ella se entercó, y bueno, se murió, pues. Se dará cuenta entonces que es gracias a ella que yo estoy hablando ahora con Ud. También dicen, lo decía mi papá, que era una santa. No se cansaba nunca de repetírnoslo, a mí y al Julio. Se lo escuchamos por última vez, eso lo recuerdo bien, poco antes de que trajera a la casa a esa mujer, Mercedes, claro, ¿quién otra podía ser? Después no se lo volví a escuchar nunca más. Ah, pero él era muy bueno con nosotros. Aunque muchas veces me pregunte por qué teniéndonos a mi hermano y a mí, metió una extraña en la casa. Al principio ella también parecía buena gente, para qué le voy a mentir, pero sólo hasta que ocurrió lo de su accidente. Son esas cosas que pasan. Fue un martes, el día que venían los del gas, y yo recibí el nuevo repuesto, y lo conecté a la cocina, porque ella estaba durmiendo, como siempre desde que se enteró que estaba encinta. Es cierto que yo estaba apurada, porque tenía una clase y se me estaba haciendo tarde, pero le aseguro que lo conecté bien. No me explico cómo pudo ocurrir lo del escape. Ahora, que la culpa para mí la tenían los que vendían el gas. Y le digo que no era la primera vez que pasaba una cosa así; ya en otras oportunidades habían dejado un repuesto con la válvula mala, y el gas se salía. Ah, y también esta Sebastián. Sebastián es el gato. Bueno, era. Seguro que quiso destapar las ollas del almuerzo, tenía esa mala costumbre. Habrá tirado alguna cacerola al suelo, usted sabe cómo es eso, una chispa y ¡pum! todo vuela. Pues resulta que la Mercedes estaba sola en la casa, y para su suerte o su mala suerte, ahora ya no sé, se encontraba en el cuarto de al lado, porque lo que es la cocina, quedó como si un huracán hubiera pasado por allí. Por suerte los vecinos apagaron el fuego a tiempo. Mire que cuando llegaron los bomberos ya no tenían nada por hacer: ni siquiera un chorrito de agua tuvieron que gastar. Pero, eso sí, la explosión fue muy fuerte. Usted debe saber de esas cosas, las ondas sonoras y todo eso. Para hacérsela corta, la Mercedes quedó sorda. Como una tapia, decían. A partir de ese día su carácter cambió. Y mire que a pesar de que nunca la sorprendí haciéndolo, estoy segura que era ella la que le iba a mi papá con el chisme cuando yo llegaba tarde a la casa ¿quién si no? Y debería usted haber visto los bofetones que yo tenía que encajar al día siguiente. ¿Cómo haría para saber que yo llegaba tarde? Se quedaría esperando, seguramente, porque escuchar no podía ¿no? Un día estaba puesta la radio y tocaban uno de esos boleros antiguos, romanticones, de Agustín Lara, que yo sabía a ella le gustaban mucho. Pues bien, se pasó toda la tarde tarareando boleros. No faltará quien diga que así son las casualidades, que esas cosas a veces ocurren, pero lo que es yo, desde ese mismo momento me puse la tarea de descubrirla. Cuando ella estaba en la cocina de espaldas a mí, yo dejaba caer como por descuido algo que hiciera mucho ruido para ver cómo reaccionaba, o si no cuando estaba distraída, la llamaba por su nombre. Pero la muy viva no se dejaba atrapar así no más en la mentira; era muy taimada, siempre estaba alerta. Cuando nació el gritón ese del José, lo dejaba berrear por horas sin hacerle caso. Con decirle que una vez por su culpa casi se muere. Estuvo gritando el mocoso un buen rato; yo, tranquila, como si la cosa no fuera conmigo, esperando, para ver hasta cuándo era capaz de disimular la muy..., hasta que por fin, cuando ya casi no se le oía de lo bajito que lloraba, entró al cuarto el Julio, que recién llegaba y lo encontró asfixiándose con las colchas de la cuna. Otras veces se pasaba el día cosiendo, con la radio funcionando; decía que al hijo le gustaban las canciones que pasaban las emisoras. Como si un crío de seis meses pudiera entenderlas. Cuando yo entraba me quedaba mirándola, como haciéndole saber que yo no me chupaba el dedo. Por eso creo que no me soportaba; y además estaba lo del accidente de la cocina, ya que más que seguro que para ella la culpa había sido mía. Cuando yo me acercaba a ella por algún motivo, se ponía como tiesa, se le podía leer en la cara cómo se concentraba para no cometer ningún error. Ahora que, tengo que reconocer, que tonta no era. Antes del accidente, pasaron en la televisión una película de una mujer que no podía hablar, ni ver, ni oír, algo "no sé qué de los milagros" se llamaba, y que entre otras gracias aprendió a leer los labios. ¡Vaya!, pues llegó el día en que la Mercedes nos salió con el cuento de que entendía lo que hablábamos porque nos miraba la boca y ahí veía lo que estábamos diciendo. Mire Ud. ¡Lo único que faltaba! Y mi papá chocho con la novedad. No se cansaba de conversarle, y cada vez que lo comprendía lo festejaba como si fuera Navidad...¿Lo del sábado? Bueno, ahora se lo cuento. Resulta que todos los sábados yo tenía que acompañarla al mercado para hacer las compras de la semana. Cuando ella aún no vivía con nosotros, yo las hacía todos los días, antes de salir para el colegio, pero ella decidió que eso era un trabajo inútil, que más fácil era hacerlo una vez por semana, así que ese día salimos como siempre a primera hora, y bajamos por la Manco Cápac hasta la avenida Grau, que como usted sabe es de doble sentido. Empezamos a cruzar, y llegando a la línea que separa las dos vías, yo giré la cabeza a la derecha para poder ver los autos que venían en sentido contrario. Un ómnibus, de esos grandes que van a la Parada, se acercaba a no sé cuántos kilómetros por hora, tocando fuerte la bocina. Así que me sobreparé para dejarlo pasar. Sí, ya me imaginaba que a usted le gustaría saber por qué a ella no la detuve. Fíjese que estuve a punto de hacerlo, cuando de pronto como una revelación me vino la idea a la cabeza: la oportunidad que tanto había estado buscando... ¿Cómo que para qué? Para que se descubriera, pues. Si hasta me sonreí para mis adentros pensando cómo le iba a contar a mi papá el salto que dio cuando oyó la bocina, pero ya sabe usted aquello de que el que ríe ultimo, ríe mejor. Y mire si no habrá sido pérfida la desgraciada, que sólo para fregarme, siguió cruzando.