Secuestro al Paso

Una modalidad de delincuencia que ha proliferado en la Capital durante el último año tiene atemorizada a la población. Algunos facinerosos se "especializan" en jóvenes de la Universidad de Lima.


Todo el mundo conoce en Lima el caso de alguna persona que ha sido asaltada, recientemente, bajo la modalidad del "secuestro al paso". En muchos casos las víctimas, después de la pesadilla, continúan recibiendo llamadas telefónicas amenazadoras. Por esa razón su identidad se mantendrá en reserva, sin embargo, en los últimos meses han sonado estruendosamente entre la población algunos casos:

  • El secuestro al paso de un conocido empresario aeronáutico.
  • El de la hija de un prestigioso abogado limeño.
  • El del gerente de una empresa extranjera vinculada a las comunicaciones.
  • El del gerente de una importante empresa limeña en su casa de playa en Punta Negra.
  • El del hermano de un adinerado accionista de un banco nuevo y pequeño.
  • El de la hija de un conocido empresario textil.
  • Los de varias jóvenes que estudian en la Universidad de Lima.


    Típico secuestro: un auto lujoso bloqueado por dos vehículos y la joven pareja sacada a rastras (escenificación). Abajo, Wilbert Aliaga Sánchez y Nilton Muñoz Pajuelo, "Virolo" y "Monstruo", de la banda de los Ticos, presos en Lurigancho.


    Distribución de asaltos diarios por distritos: 65 por día, de los cuales la mitad pueden ser catalogados como secuestros al paso. En estos últimos casos las personas han sido capturadas, interrogadas sobre sus familiares y sus pertenencias, conducidas a sus domicilios, obligadas a abrirles las puertas a sus captores y robadas. La mayor incidencia se da en la zona de Chacarilla, Monterrico y Surco. Los hombres son llevados a los cajeros automáticos más cercanos para que retiren la cantidad máxima: alrededor de ochocientos dólares o dos mil soles y luego introducidos en las maleteras de sus propios vehículos.


    Las mujeres jóvenes son los blancos preferidos de los secuestradores al paso. (Abajo) Raúl Rondán de la Cruz, (a) "Gringo", Rodolfo Díaz Antúnez (a) "Ñeque" y Gilberto Mosquera Chaparro (a) "Charapita", secuestraron a conocido empresario aeronáutico. Los encontraron con su arma y vehículo.

    LOS pies descalzos de la joven miraflorina no se acostumbraban al asfalto. Era casi la medianoche del jueves 11 de enero. La pista tiznaba sus dedos y un temblor acalambrado quebraba sus pantorrillas. Tres horas antes, reía a carcajadas, festejando las ocurrencias de su novio mientras su auto Volvo 450 del '95, conducido por él, se estacionaba a la altura de la cuadra 2 de la avenida Ricardo Palma en Miraflores, frente al restaurante Vivaldi.
    Trataba de llegar al grifo que está en la esquina de la cuadra 13 de la avenida Pezet en San Isidro. Sus secuestradores la habían dejado a pocos metros de la gasolinera. Había poca luz y por la calle no caminaba ni un alma. La muchacha contenía el llanto. Tenía miedo hasta de pedir auxilio.
    Sentada frente al jefe de la División Antisecuestros, relató lo sucedido: apenas se habían bajado del automóvil frente al Vivaldi, cuando sintió que los brazos de un hombre fornido la envolvían en una actitud Òue cualquier transeúnte hubiera juzgado cariñosa. No pudo gritar. El frío cañón de una pistola se alojó a la altura de uno de sus pechos.
    -"Sin chistar" le susurró el sujeto que la tenía abrazada. "Si gritas se te acaba muñeca".
    Ella alcanzó a ver como tres hombres armados que podían ser confundidos con policías, apuntaban a su novio, mientras otros dos, corpulentos, lo introducían en la maletera de un auto desconocido; era un Toyota Corona oscuro con lunas polarizadas y una antena de radio, delgada, junto a la plumilla derecha. El hombre que la tenía aprisionada le sujetó la nuca y la obligó a voltear, la joven escuchó un golpe seco y un gemido inmediato. Un segundo después el clic de la chapa de la maletera.
    -Los seis asaltantes llevaban puestos chalecos antibalas, uno de ellos portaba un Fal.
    -"Vamos a casa mi amor", le dijo el tipo que la sujetaba. El hombre la empujó al asiento trasero del Volvo y prácticamente se sentó sobre ella, otros dos subieron adelante. En ese momento empezó el interrogatorio y el martirio.
    - ¿Tienes tarjetas de crédito?, ¿dónde vives?, le preguntaron, mientras rebuscaban su cartera. Uno de ellos no dejaba de amenazarla con un revólver.
    -No tengo dinero, vivo con mis padres ¡por favor, déjenme ir! les suplicó aterrada.
    La muchacha recibió un tremendo golpe. Se le saltaron las lágrimas. Tragó saliva.
    -Cómo se llama tu padre ¡mierda! ¿Dónde trabaja? Dime dónde vives ¡carajo! gritó el delincuente y le propinó otro golpe en la cara.
    La joven respiró y recitó la dirección de su casa. Los asaltantes le exigieron todos y cada uno de los detalles del edificio donde vive con su familia. Cuántos pisos. Cuántas puertas. Cuántos guardianes, etc. Cuando ella terminó con las precisiones, el jefe de los raptores gritó ¡Arranca! El que estaba sentado al volante, partió rumbo al circuito de la Costa Verde. El Toyota los siguió.
    Finalmente llegaron al edificio ubicado en uno de los malecones de Miraflores. El Volvo entró sin dificultad en el estacionamiento. Los tres hombres subieron junto con ella por el ascensor de servicio. Los otros aguardaron abajo.
    El secuestro "al paso" se había iniciado a las 9 y 15 y a esas alturas eran aproximadamente las 10 y 30 de la noche. Los padres de la joven no estaban en casa, pero la chica sabía que estaban por llegar.
    Veinte minutos después los sorprendidos padres tenían, cada uno, un cañón de pistola sobre su sien. La madre se quedó congelada.
    El padre, sin embargo, reaccionó bruscamente cuando escuchó la afligida voz de su hija -el malhechor la estaba obligando a hablar para intimidar, aún más, a los recién llegados-. Lo golpearon con la cacha de la pistola.
    En pocos minutos los asaltantes reunieron todo lo que había de valor en la casa: joyas, platería, tarjetas de crédito y dinero. Después le ordenaron a la chica que se quitara los zapatos y que saliera con ellos. El padre, sobreponiéndose, pidió que dejaran a la hija y lo llevaran a él. Recibió otro golpe en la cabeza como toda respuesta.
    Los raptores partieron en el Volvo, escoltados siempre por el Toyota. En la avenida Pezet le indicaron a la muchacha que se bajara de prisa. Algunas cuadras después, en Las Flores, San Isidro, estacionaron y sacaron de la maletera al desafortunado enamorado, herido y semiasfixiado. Rastrillaron el fusil y le ordenaron que corriera.

    LA PLAGA

    La plaga de "secuestros al paso" que azota Lima, se combina con una racha de asaltos con fines de robo. Los analistas policiales coinciden en señalar que esta modalidad es producto de la dificultad y la resistencia que encuentran los delincuentes comunes para asaltar agencias bancarias o secuestrar empresarios adinerados. En ambos casos, los asaltantes deben enfrentarse con fuerzas policiales especializadas o con escoltas privadas entrenadas y fuertemente armadas.
    La nueva modalidad que implica emboscada, asalto a mano armada, secuestro temporal, agresión y robo, se puso de moda durante los primeros meses de 1995 y ha crecido sin cesar.
    Empresarios, comerciantes, ejecutivos, profesionales, amas de casa, estudiantes universitarias, cualquiera que use un automóvil nuevo o que aparente tener una buena situación económica puede ser secuestrado al paso. No interesa, el barrio, la hora, ni la afluencia de público que transite por el lugar. Un próspero comerciante de La Victoria o el Mercado Central puede ser raptado temporalmente a media tarde, al salir de su negocio. Un empresario puede ser interceptado en la avenida Colonial, en el Callao, o en Breña a las siete de la noche.
    Un ejecutivo puede ser emboscado en San Isidro o en Miraflores a las nueve de la noche. Un ama de casa puede ser asaltada en La Molina o en San Borja, por la tarde. Una estudiante puede ser secuestrada en Surco al salir de la universidad a cualquier hora del día.

    ¿POLICIAS?

    A las ocho de la noche del quince de enero, en la avenida El Golf de los Incas en Monterrico, un joven ejecutivo de una empresa de telecomunicaciones, fue interceptado por un automóvil Nissan Sentra color verde olivo y lunas polarizadas. Inicialmente el empresario pensó que se trataba de una intervención policial, pues los seis hombres que descendieron del vehículo llevaban puestos chalecos antibalas de la PNP, metralletas y pistolas, y se desplazaban como en un operativo.
    El hombre buscó su billetera para sacar su brevete, pero fue interrumpido por un revólver que se apoyó en su cabeza.
    -Pásate al asiento de atrás, pedazo de mierda, le dijo el sujeto.
    Los asaltantes le soltaron una ráfaga de preguntas sobre su trabajo, su casa, sus ingresos y su familia.
    -No tengo familia en Lima, les refirió. Vivo solo y no tengo nada de valor.
    El asaltante que conducía su automóvil se dirigió al banco más cercano. El empresario extrajo todo el dinero que pudo del cajero automático y se lo entregó. Los maleantes lo metieron en la maletera. Durante dos horas escuchó ruidos de llantas chirriando y conversaciones soeces. Alrededor de las 10 de la noche uno de los secuestradores abrió la maletera.
    -¡Carajo! exclamó. Aquí todavía está el otro.
    -¡Déjalo que se vaya! escuchó vociferar al jefe.
    En su lugar metieron en la cajuela a otro hombre tan pálido y enternado como él.
    Cuando llegó a la comisaría para denunciar el asalto y el robo de su auto, se encontró con que otros tres hombres reportaban lo mismo. Dos de ellos se habían resistido. Estaban molidos a golpes.
    Cuatro días antes, un conocido empresario aeronáutico volvía, a las 7 de la noche, del trabajo a casa con su secretaria. En el cruce de la avenida Venezuela con Ciudad del Pescador en el Callao, tres vehículos le cerraron el paso. Siete hombres armados lo redujeron, le quitaron su pistola y lo cambiaron de auto. A la secretaria la metieron en una de las maleteras.
    El ejecutivo llamó desde su celular a uno de sus gerentes. Cuatro horas después un hombre llegó con el dinero que se había agenciado para el rescate. Los dejaron cerca a la playa de Villa.

    TAXI TICO

    Durante el ciclo pasado, todas las muchachas que terminaban clases a las 10 de la noche, en la Universidad de Lima, se organizaban para salir hasta los estacionamientos, que están en los alrededores, en grupo.
    En esos meses muchas jóvenes fueron encañonadas antes de subir a sus automóviles y obligadas a sentarse en el asiento de atrás. Horas después sus padres recibían llamadas telefónicas. En el otro lado del auricular las voces temblorosas de sus hijas los desbordaban. Conseguir entre diez y veinte mil dólares en una noche se convertía, para estos hombres acostumbrados a los negocios, en un infierno.
    "Satanás", "Virolo" y "Monstruo": Richard Charalla Luján, Wilbert Aliaga Sánchez y Nilton Muñoz Pajuelo, fueron hasta fines de 1995, los secuestradores al paso que atacaban con mayor ferocidad en las inmediaciones del Hipódromo de Monterrico.
    Al salir de la correccional, estos tres jóvenes y avezados delincuentes volvieron a la rutina de los asaltos. Jaloneaban y arrebataban bolsos a las mujeres y niños. Muchas veces se encontraban con carteras vacías.
    Según sus propias declaraciones, sus necesidades fueron aumentando y ellos "se vieron obligados a dedicarse al asalto a mano armada. Pero era muy riesgoso y varias veces estuvieron a punto de morir".
    Entonces se juntaron con otros egresados de la correccional y decidieron incursionar en los secuestros al paso. Sus víctimas preferidas eran las universitarias a las que vigilaban y veían llegar en autos "del año".
    La banda del Tico-Tico utilizaba letreros de taxi en los parabrisas de dos Ticos de dudosa procedencia.
    Interceptaban a las muchachas cuando salían de los estacionamientos. Las amenazaban y las llevaban a la habitación de un hostal de mala muerte.
    A fines del año pasado la División Antisecuestros los capturó. Frecuentaban siempre el mismo hostal para esconder a sus víctimas y se habían acostumbrado a recoger el dinero del rescate en la esquina de Javier Prado con Nicolás de Arriola.
    El de la hija de un comerciante, dueño de una cadena de restaurantes, fue su último secuestro. Se llevaron a la joven de los alrededores de la Universidad y les exigieron a sus padres 50 mil dólares. La familia hizo la denuncia a la Policía y cooperó. Cuando salían con la plagiada, los capturaron.
    Los tres están en Lurigancho. Se les acusa de violación, secuestro y robo.


    ¿Qué Hacer?

    Si lo secuestran.

  • Mantenga la calma. No se desespere, no ofrezca resistencia y trate de congraciarse con sus plagiadores, alguno de ellos podría ayudarlo.
  • Aparente no fijarse en ellos porque podrían tomar represalias, pero si no lo están viendo trate de grabarse sus rostros, alguna característica, la manera de hablar, algo que permita identificarlos luego.
  • Observe detenidamente el lugar donde lo encierran, los ruidos que se escuchan, la distancia en la que ha sido trasladado.
  • Lleve consigo algún tipo de pastillas y receta médica. Aunque no la tenga, intente fingir una enfermedad, un desmayo y trate de trasmitir a su celador el problema que le aqueja.
  • Pida algún tipo de servicio, puede ser baño o alimentos. Así podrá observar el lugar donde se encuentra, si es que lo permiten los secuestradores.

    Para evitar el secuestro:

  • Si un vehículo le cierra el paso, no se detenga a increparlo. Retroceda y trate de escabullirse.
  • Evite usar el celular en el vehículo. Así no estará distraído y podrá darse cuenta si alguien lo está siguiendo. Y si lo siguen, cambie de velocidad para cerciorarse y diríjase de inmediato a un lugar donde pueda encontrar a la Policía o donde haya mucha gente.
  • Cuando se desplace en su auto, sus familiares y/o personal de oficina deben saber dónde pueden ubicarlo.
  • Conozca y elija las vías principales y conduzca por el carril central, esto le dara más posibilidades para maniobrar.
  • Anote las caracteristicas de personas o vehículos sospechosos que merodean su casa y comuníquelo a la Policía.
  • Cuando salga de su casa, siempre observe desde una ventana el panorama general, a fin de detectar sospechosos.


    CARETAS 1402