A Través de los Escombros

Por JORGE TEILLIER - JUAN PARDO DEL ARCO

Una sorpresa mayúscula se llevó el jurado cuando al abrir el sobre del ganador de la sexta mención honrosa se encontró con que eran dos los autores de "A través de los escombros": el poeta chileno Jorge Teillier y el vate peruano Juan Pardo del Arco, más conocido como Juan Cristóbal. Ambos escritores cultivan el hábito de trabajar al alimón. Anteriormente el relato "La isla del tesoro" de Juan Cristóbal fue llevado al verso por Teillier e igualmente, el cuento "Las Ventanas" del chileno fue presentado al concurso por el peruano con algunas variaciones de forma y título. Cosas de poetas.

ME levanto. Abro las cortinas. Me sorprende el olor violento/podrido de la playa. Las cierro. Pienso: no es luz lo que necesito, sino la oscuridad piadosa de la calma que me permita ir distinguiendo, poco a poco, los restos dejados anoche por los amigos en la fiesta: botellas de cerveza, platos de comida, libros abiertos que nunca se leyeron, centenares de colillas esparcidas como arañas en la sala. Me siento: respiro. Voy al baño. Me miro en el espejo. Me refresco la boca/ los ojos: resecos como cañas. Vuelvo a acostarme: todavía tengo sueño, dolor de cabeza, deseos de olvidar lo sucedido. Quiero saber la hora, no puedo: el reloj lo estrellé cuando alguien habló de "los latidos sagrados de la dicha". Debe ser mediodía. O más: la desidia, el cansancio, el sentido de la culpa me lo indican. De pronto, como si un astro se rompiera, sé dónde debo ir: donde Marcela. Oh, Dios, atravesar toda la ciudad y ver que se disuelve lentamente como un puercoespín en su pesadilla irreverente de inquietudes. Llegar a su casa de adobes. Detenerme un largo rato: indeciso, cansado como rata. Tocar su puerta. Soportar la mirada odiosa de su madre que me señala con su dedo encorvado donde debo esperar. Qué importa. Lo importante es ver a Marcela, que aparece, al fin, con su eterno vestido gris, sus labios sin pintar y esos ojos que parecen siempre mirar donde nunca hemos estado y donde jamás (tal vez) habremos de llegar. Entre las penumbras del corredor voy a su encuentro. Me dice: ven, vamos a mi cuarto. Allí la veo hojear con delicadeza y ternura revistas pasadas de moda. De pronto, las deja en el suelo: cuéntame algo. Yo sé que mis historias fastidian a Marcela y no sé que contarle. Cuando un día descubrí: le interesaban mis sueños. Pero lo curioso es que casi nunca sueño. Además, cuando sueño, trato de olvidarlo. Sin embargo, para Marcela, invento mis sueños. Y ella siempre me escucha en silencio, como si estuviese poblada de ruinas. Cuando termino recorre mi cara con sus manos como si fuese una cieguita: como si no me conociera. Luego se levanta y pone, hora tras hora, música de cantantes antiguos. Hasta que la madre de Marcela viene y me dice con su dedo encorvado: "es hora de retirarse". Entonces me voy, como un sonámbulo, tanteando las paredes del corredor entre penumbras. Qué lástima, ha salido el sol. Marcela y yo lo odiamos como perros. Cuando hace frío ella me pide que le hable de mi infancia: ese país casi inexistente, donde, a pesar de todo, todavía perduran las lluvias y el olor de los duraznos. Pienso: debería llevarle un regalo: un cuaderno con páginas en blanco, donde pueda escribir, con su letra de alumna malcriada, sus largos poemas sin sentido: poblados de pisadas de gatos, de tarros de basura, de rosas ajadas en el viento. Poemas que a veces me lee cuando no tenemos nada que decirnos, salvo compartir la historia de mis sueños. Recuerdo: una vez la convencí para salir a caminar, a pesar que hacía un sol irritante. Era domingo. De pronto no supe qué hacer con ella: sólo recorrer las calles cerca del mar y avisarnos cada vez que veíamos un rostro que reflejara dudas o desdicha. Sin querer llegamos a un Museo donde las familias se aburrían como nosotros, mirando aves y leones disecados. Cuando salimos, eran como las seis, detuve a Marcela: la besé. Me dijo: por qué. No supe responderle. Durante días dejé de verla. Cuando volví a visitarla me dijo: si nos seguimos viendo te llevaré a un parque donde los niños juegan con las sombras, allí podremos leer algo que nos guste. Quizá esto sea una mentira, pero tómalo en cuenta. Tal vez hoy pueda ir donde Marcela y quiera salir de su casa (en vez de escribir poemas) y llevarme a un parque donde los niños juegan, a pesar de todo, con las sombras, mientras compran bolsitas de maní a vendedoras de voces aburridas. Y si no desea, le contaré un sueño que en realidad lo he soñado y que no he podido olvidarlo, sacarlo de mi memoria, donde flota como un moribundo entre cenizas. "Voy por un camino lleno de lodo, iluminado por una gran luna llena, en un carro antiguo. Estoy contento. Llevo el caballo paso a paso. De vez en cuando hablo con él. ("¿Cómo te tratan las lluvias? ¿Te dan pienso todos los días?"). A los lados crecen enormes y serenos álamos, casi al pie de acequias borrosas y picadas. De pronto aparecen varios niños: me piden que los lleve. Suben cantando una ronda infantil. En un recodo me detiene una pareja de ancianos: también me piden que los lleve. Después, varias muchachas campesinas. Luego, familias enteras escapando a los desastres de la guerra. El caballo me mira. No puede caminar. Comprendo: la infinidad de su desdicha. Me bajo. Le digo: si no caminas te mato. ("Con los animales no se puede ser demasiado bondadoso", me decía mi padre, en las noches, al regresar de la faena). El caballo baja resignado la cabeza. Trata de moverse. Imposible. Entonces saco mi cuchillo y se lo hundo en el cuello. Un chorro de sangre me salta a la cara y me ciega". Siento que alguien sube las escaleras de la casa. Debe ser Silvia. Sólo ella tiene esos pasos de zorzal arrepentido. La puerta está sin llave. Silvia la abre: se queda asombrada. ¡Qué desorden!, exclama. Parece que anoche fue muy movida la fiesta. Déjame que corra las cortinas. No, no las corras. Como quieras. ¿Por qué no te levantas? ¿Estás enfermo? Ya son las cuatro. No, estoy bien, pero no deseo levantarme. No quiero ir a ninguna parte. Quedémonos aquí. Silvia se acerca, me mira. Pasa su mano suavemente por mi rostro: un desconocido. No te has afeitado; aféitate, mientras limpio y ordeno la pieza. Yo no deseo afeitarme. Cierro los ojos. En algún momento tendrá que desvestirse. Su cuerpo, como otras veces, se deslizará como un cuchillo imperturbable junto al mío. Te siento muy raro, me dice. No hablas. Estás a oscuras. No quieres salir. Seguro que anoche volviste a soñar con esa joven llamada Marcela. ¿Por qué no cambias de sueño? Hace mucho que sueñas lo mismo. Te equivocas. Anoche no soñé con Marcela. Soñé que mataba un caballo y que su sangre me dejaba ciego para siempre.


Pedimos disculpas a Ursula Rénique Delpino, autora de "Abuela" cuento con el que obtuvo una mención honrosa en el Cuento de las 1000 Palabras. Los fastidiosos duendes que suelen frecuentar las redacciones alteraron el apellido convirtiéndola en Ursula Enrique del Pino. Imperdonable.


CARETAS 1406