
Por HAROLD FORSYTH
La Fuerza Armada y el Futuro
EN días pasados, el Presidente de Francia, Jacques Chirac, ha anunciado drásticos cambios en la concepción, doctrina y estructura de las fuerzas armadas francesas.
En resumen, los cambios propuestos plantean que el sistema defensivo francés acometa una reforma gradual que reducirá los efectivos de 500,000 a 350,000, suprimirá numerosos regimientos y extinguirá definitivamente el servicio militar obligatorio. Asimismo, el Mandatario galo ha precisado que el "gran cambio" se encamina a obtener "más eficacia y menos costo" en la institución militar la cual, según ha informado, se encuentra "totalmente inadaptada".
Las bases estratégicas planteadas para el nuevo ejército serán de acuerdo con la mencionada reforma, la disuación nuclear y la proyección hacia el exterior, concepto este último que privilegia la eficacia para "poder intervenir allí donde los intereses franceses se vean amenazados".
La primera conclusión que surge del polémico anuncio del Presidente Chirac cuya reforma gradual habrá de concretarse a lo largo de los próximos 6 años, es que el tamaño de un ejército -en cuanto al número de hombres y mujeres bajo las armas- tiene, ahora que vivimos en el ciberespacio, una importancia totalmente relativizada.
Obviamente, los extraordinarios sistemas de observación desde el espacio y la creciente sofisticación del armamento y de las comunicaciones privilegia a la tecnología militar sobre los conceptos doctrinarios tradicionales. Es interesante señalar que el gobierno francés inspira la reducción de sus efectivos militares precisamente en el hecho de que, hace 5 años, en la guerra del Golfo, el país tuvo dificultades para responder eficazmente y con prontitud a los requerimientos tácticos y logísticos, a diferencia de los británicos.
Los medios de comunicación han especulado que la creación de un ejército profesional permanente no será una tarea fácil. El Ejército francés no se ha pronunciado sobre los anuncios de "profesionalización" pero se especula que existe preocupación porque la reducción haga aún más difíciles los ascensos y cree previsibles "embudos" para alcanzar las promociones.
Todas estas ideas han ido acompañadas, como es lógico suponer, por el anuncio de que Francia dejará de producir material nuclear fisible, desmantelará la base de misiles atómicos ubicada en el sureste del país, cerrará Mururoa y acabará con su programa de misiles de corto alcance.
Asimismo, es evidente que el armamento nuclear francés, a expensas seguramente de los intereses ecológicos de la humanidad, ha alcanzado niveles de excelencia. Todo esto hace, ciertamente, que los cambios planteados no estén enderezados a que Francia tenga menos, sino más y mejor defensa nacional.
No es posible comparar el caso de las Fuerzas Armadas peruanas con el que hemos referido en las líneas precedentes. No obstante, la oportunidad es propicia para especular sobre la posibilidad futura de cambios en la concepción doctrinaria de nuestros institutos armados con la finalidad de adecuarlos a la cultura de paz que tiende a afirmarse en el mundo y a la irreprimible tendencia universal de respeto al estado de derecho, a la democracia y a los derechos humanos.
Los problemas fronterizos que hemos padecido en los últimos tiempos son, a pesar de su gravedad y de la doblez del adversario, incidentales de cara al proyecto nacional en que debemos empeñarnos los peruanos. Este proyecto implica, por cierto, aprovechar las tremendas potencialidades de las Fuerzas Armadas para trabajar por el desarrollo y por el progreso y asegurar tropas profesionales con alta preparación y permanencia más prolongada en el servicio.
Según el sociólogo norteamericano Karl Deutsch, si el Estado se compara con un cuerpo humano, el esqueleto equivale a la organización jurídica, la musculatura al poder y los nervios a las decisiones. Pero en un país como el nuestro, con un alto índice de pobreza y una baja cultura democrática, el esqueleto equivale no a la ley sino a la fuerza armada, que se convierte, así, en la columna vertebral que hace posible, casi con derechos exclusivos, la gobernabilidad. Esta figura hay que cambiarla.
Es preciso captar a los mejores elementos de la juventud peruana para que puedan responder al reto del alto nivel tecnológico que caracterizará las fuerzas armadas del futuro. Esto implica asegurar una formación intensa y variada junto con un agresivo plan de becas al exterior a efectos de lograr un beneficio de todos los avances en los principales centros de perfeccionamiento del mundo.
También, es preciso impulsar políticas de integración real de las fuerzas armadas con la civilidad y sepultar en el olvido algunos innombrables sucesos de los últimos tiempos.
El fin de la guerra fría ha sido un factor determinante para el cambio de mentalidad en la mayoría de ejércitos del mundo. Como de costumbre, este hecho está siendo mal y tardíamente procesado en el Perú. Cantidad, ciertamente, no significa calidad. Es obvio que nuestro país necesita más y mejor defensa y que nuestras fuerzas armadas no pueden, no deben, sustraerse a la corriente de cambios que domina el mundo y a las necesarias reformas que países como el nuestro deben acometer para ocupar un espacio en la desafiante realidad virtual.
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