Transición


Por HAROLD FORSYTH

Miseria Esplendorosa

LA función de un vicepresidente de la república es, de por sí, indefinida. El tercer presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, solía calificar el cargo como de una "miseria esplendorosa". Claro, porque se trata de una función que conlleva los halagos de las alturas, algunas prebendas propias del mando y la casi total carencia de poder político.
Sin embargo, la historia norteamericana demuestra que varios vicepresidentes supieron sacarle un provecho efectivo al cargo para lograr la nominación de sus partidos como candidatos a la presidencia y, posteriormente, hacerse de la jefatura del Estado. Para ellos, ser prudente, discreto y jamás antagonizar al presidente fue la clave del éxito.
La tradición republicana del Perú nos ha exigido, siempre, la presencia de dos vicepresidentes, el primero y el segundo. Que sepamos, el nuestro es el único caso en América Latina, región en la que muchos países prescinden de la existencia de esa función meramente decorativa.
La tarea de los vicepresidentes se reduce, en la práctica, a remplazar al presidente en caso de ausencia. No obstante, su papel más relevante tiene lugar durante la campaña electoral, ya que se convierten en integrantes de la "fórmula" o de la "plancha". Si, por casualidad, son elegidos los fuegos artificiales se les apagan de inmediato.
Pocos han sido los casos de vicepresidentes peruanos que han pasado a la historia y, cuando ello ha ocurrido, se debió a que asumieron el mando supremo en situaciones atípicas. Se nos vienen a la mente algunos. Por ejemplo, el vicepresidente La Puerta asumió la presidencia el 18 de diciembre de 1879, día en que el presidente Mariano Ignacio Prado liaba bártulos para iniciar su controvertido -por decir lo menos- viaje a Europa. El flamante inquilino de palacio duró sólo unos cuantos días antes de ser defenestrado por Piérola.
Cuando el presidente Remigio Morales Bermúdez muere en la mesa de operaciones, es sucedido por el segundo vicepresidente Justiniano Borgoño. El gabinete de aquel entonces, aterrorizado ante los aprestos reeleccionistas de Cáceres, saltó inconstitucionalmente al primer vicepresidente Pedro Alejandrino del Solar, cuyas inclinaciones democráticas eran un fastidio.
A principios de este siglo, el cusqueño Serapio Calderón remplazó al presidente Manuel Candamo, quien falleció durante su mandato aquejado de una dolencia.
La llegada al poder del ingeniero Fujimori, en 1990, hizo extensiva la curiosidad ciudadana a sus compañeros de fórmula, el ingeniero Máximo San Román y el pastor evangélico Carlos García García. Ya el electorado había impuesto sus nuevos códigos y su propio modo de explicitar la democracia. El tiempo, sin embargo, fue injusto con esos dos personajes tan representativos del Perú y su circunstancia.
En 1995, luego de un lustro especialmente denso en acontecimientos, el presidente Fujimori integró su fórmula con dos nuevos vicepresidentes, el empre sario y presidente de la Sociedad Nacional de Industrias, Ricardo Márquez, y el presidente de la Asamblea Nacional de Rectores, César Paredes Canto. Dos personas evidentemente exitosas en sus respectivos campos de acción y emblemáticas de la naturaleza emergente del país y de sus nuevos referentes.
Pero la miseria esplendorosa no tardó mucho tiempo en hacerse ostensible ya que el Presidente de la República se retiró del hemiciclo del Congreso instantes antes de que sus dos vicepresidentes, aquellos que él había escogido y que el pueblo había elegido en la misma fórmula presidencial, prestaran el juramento de ley, el 28 de julio de 1995.
Pocas han sido las oportunidades en que los vicepresidentes Márquez y Paredes han hecho noticia. Es obvio que, ante un presidente que convoca todo el tiempo y el espacio, la propia supervivencia de los vicepresidentes estriba en su cautela cuando no en su silencio.
La carta remitida el 19 de enero por el segundo vicepresidente Paredes Canto al entonces ministro de Transportes, Comunicaciones, Vivienda y Construcción, Manuel Vara Ochoa, viola, sin embargo, esas reglas elementales. Ciertamente, viola también diversos dispositivos legales y principios éticos consustanciales a la gestión pública.
Lo más sorprendente es que el vicepresidente cite el "beneficio del Perú" como justificación para los trámites en favor de una empresa aérea. Asimismo, cabe preguntarse quién resguarda el interés de las empresas competidoras que carecen de un interlocutor de magnitud vicepresidencial, decorativo, pero jerárquicamente encumbrado.
Este hecho ha puesto sobre el tapete la institución de la vicepresidencia de la república y la ha convertido en noticia, por primera vez desde que Máximo San Román juró cumplir y hacer cumplir la Constitución de 1979... en la sede del Colegio de Abogados de Lima. Falta ver si, en los próximos días, la miseria vicepresidencial logra conservar el poco esplendor que todavía le queda.

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