Controversias


Por FERNANDO ROSPIGLIOSI

Reflejos
LA sostenida caída en las encuestas parece haber sensibilizado los reflejos del presidente Alberto Fujimori, que últimamente ha reaccionado con flexibilidad en varios casos.

  • El retroceso en el asunto de las acciones de la Telefónica, aunque no borró el error cometido, corrigió en parte la chambonada que le había granjeado el furor de los banqueros, los compradores de los títulos y, en general, la clase media. En el camino, quemó al presidente de la Copri y ministro de Trabajo, Jorge González Izquierdo, aunque de seguro eso no le quita el sueño al gobernante, porque no pertenece a su círculo íntimo.
  • Las declaraciones conciliatorias de Jaime Yoshiyama para con Alberto Andrade, así como el encarpetamiento del proyecto para crear un distrito del centro de Lima, constituyen un tácito reconocimiento del fracaso de la táctica de ataques frontales contra el alcalde de Lima.
  • En otro plano, los juicios a Ana Kanashiro y al vicepresidente César Paredes Canto, muestran que Alberto Fujimori está dispuesto a sacrificar a personas de su entorno cuando están implicadas en casos de corrupción. Siempre y cuando no sean demasiado cercanas, como los Miyagusuko y Shimabukuro, ni formen parte del estrecho círculo del poder.
    La pregunta es si estamos ante un viraje profundo en la política del gobierno o sólo ante movidas tácticas que buscan capear el temporal en espera de una mejoría de la situación económica y, por ende, de la popularidad presidencial.
    Probablemente se trate de lo segundo. Por eso, no deberá sorprender la persistencia del gobierno en la consecución de ciertos objetivos básicos, como la destrucción política de Alberto Andrade.
    La estrategia de Alberto Fujimori para perpetuarse en el poder es más o menos simple, y pasa por eliminar desde ahora a los rivales que puedan disputarle el gobierno. El Presidente sabe que incluso entre los soportes más firmes de su régimen -empresarios, militares, funcionarios extranjeros- existe una corriente que ya se está cansando de la arbitrariedad y desearía un cambio. Por eso tiene que liquidar cualquier posible alternativa desde ahora, y jugar nuevamente con la disyuntiva de Fujimori o el caos.
    Pero Alberto Andrade se ha ubicado, con insospechada habilidad, en una posición que hasta ahora le ha dado excelentes resultados. Políticamente aparece como un moderado, en líneas generales de acuerdo con lo que ha hecho el régimen, aunque cuidándose de endosar -o criticar- políticas específicas. Su fuerte es la gestión eficiente, primero en el municipio de Miraflores y ahora en el de Lima.
    Algunas medidas espectaculares, como el desalojo de los ambulantes de casi todo el centro de la ciudad, han reforzado esa imagen de eficiencia y autoridad.
    Fujimori se equivocó cuando orquestó la campaña contra Andrade desde el día mismo de su triunfo. No captó que esa victoria expresaba precisamente un difuso sentimiento de malestar con su gobierno, que no respondía a las expectativas creadas en la campaña reeleccionista.
    Le quiso aplicar la misma receta que a Ricardo Belmont, al que destruyó sin contemplaciones. Pero no entendió que en estos casos se puede aplicar el principio bélico que no hay dos guerras iguales. Andrade, con la experiencia de su desafortunado antecesor, no respondió de manera frontal sino oblicua, sin atacar al Presidente, más bien toreándolo y, de cuando en cuando, poniéndole alguna banderilla cargada de humor, como la del taparrabos.
    En este punto, Fujimori se ha dado cuenta que en ese camino lleva las de perder. Las encuestas que muestran a Andrade subiendo persistentemente y al gobernante cayendo, lo han convencido de su equivocación.
    Pero si bien sus métodos cambiarán -en el SIN deben estar trabajando horas extras para encontrar nuevos flancos de ataque al alcalde-, el objetivo no variará.
    En el futuro cercano se verá qué han tramado en esa factoría de ideas tortuosas.