Controversias


Por FERNANDO ROSPIGLIOSI
La Nueva Reelección
LAS reuniones de la bancada de Cambio 90-Nueva Mayoría con el presidente Alberto Fujimori en el sétimo piso del Cuartel General del Ejército, el Pentagonito, ya no sorprenden a nadie, aunque en cualquier país democrático suscitarían un escándalo.
Para la elección, o mejor dicho, la designación del nuevo presidente del Congreso y para recibir otras instrucciones, esta semana también se congregaron allí con Fujimori. El hecho tiene varias implicancias:
Los parlamentarios oficialistas aceptan explícitamente la tutela militar, al reunirse en una instalación castrense que, de seguro, está plagada de micrófonos y cámaras de vídeo. Todo lo que digan queda registrado y ellos lo saben. Es obvio que en esa situación las intervenciones que hagan los congresistas están condicionadas por lo que ellos creen que pensará el Hermano Mayor que los escucha.
Como es evidente, los parlamentarios oficialistas no tendrían problema en alquilar un local para su agrupación o conseguir uno prestado. No lo hacen. Hay una explícita voluntad de hacerles sentir a ellos y a la opinión pública, que son solamente un obediente apéndice de otro poder real, que aparece semioculto.
Por el lado del Ejército, también debiera ser inaceptable que una instalación militar se use regularmente para reuniones de una agrupación política. Sin embargo, eso ocurre y no pasa nada. Desde el domingo 5 de abril de 1992, en que Fujimori, Vladimiro Montesinos y los militares golpistas se reunieron con ministros, propietarios de ciertos medios de comunicación y algunas otras personas, el Pentagonito es un local político-militar.
Lo anterior alude al tipo de gobierno que tenemos, con apariencia y ciertas características democráticas, pero básicamente un régimen autoritario sustentado en el Servicio de Inteligencia Nacional y la cúpula de las FF.AA.
Régimen que, como suele ocurrir con todos los gobiernos autoritarios, pretende perpetuarse indefinidamente en el poder. Eso explicaría las últimas captaciones realizadas por la bancada oficialista recientemente, anunciadas por el propio Presidente de la República. El contar con tres votos más, ni quita ni pone nada a una agrupación que tiene una holgada mayoría y que no vacila en violar leyes y normas cuando lo cree conveniente.
Salvo que, como ha señalado Henry Pease, se trate de asegurar los 81 votos necesarios para modificar la Constitución y permitir una nueva reelección de Alberto Fujimori.
En efecto, el artículo 206° de la Constitución fujimorista de 1993 establece que los cambios en la Carta se pueden realizar de dos maneras. Una, con mayoría absoluta del Congreso (61 votos) ratificada mediante referéndum. Dos, con la aprobación de la reforma en dos legislaturas ordinarias sucesivas con mayoría superior a dos tercios, es decir, 81 votos.
Como Fujimori teme un referéndum que lo podría sacar del juego, prefiere asegurarse el cambio constitucional por el más sencillo camino de comprar, coaccionar, presionar o persuadir a los 11 congresistas que necesita que voten por la reforma, dado que su bancada tiene ahora -después de la renuncia de Alfonso Baella-, 70 miembros.
No necesariamente tendrá que incorporarlos a todos como parte de Cambio 90-Nueva Mayoría, pero mientras más votos seguros tenga, mejor. Menos tendrá que entregar por los votos adicionales.
Hoy día todos -fujimoristas y opositores-, dan por hecho que el Presidente va por un tercer período. Nadie duda de sus intenciones. Naturalmente, si tiene éxito en lograr un tercer gobierno, irá por el cuarto y el quinto..., hasta que le alcance.
Los peruanos conocemos la historia. Augusto B. Leguía fue electo Presidente en 1919 y dio un golpe de Estado, disolviendo el Congreso en el que no tenía mayoría y eligiendo otro en el que sí la tenía. El nuevo Congreso leguiísta modificó la Constitución permitiendo la reelección por una sola vez. Cuando el Presidente se hizo reelegir, un Parlamento servil cambió nuevamente la Carta posibilitando la reelección indefinida. Así, el dictador civil se hizo reelegir nuevamente. Para mantenerse en el poder acabó con la oposición. Hasta que en 1930, en el contexto de la crisis mundial, fue derrocado por el comandante Luis M. Sánchez Cerro. Leguía murió al poco tiempo en la cárcel. El Perú se desangró en enfrentamientos violentos hasta que advino otra dictadura, la del general Oscar R. Benavides.
¿Alguna vez aprenderemos de la historia?