Los Días Previos


Los Días Previos
En Lima, el Ayuntamiento se las jugó por la causa de la Independencia.

Pocas son las informaciones que se han publicado sobre las inquietudes que se vivían en la capital de la República durante los días que precedieron a la Proclamación de la Independencia. Y menos aún, sobre el comportamiento que tuvo el cuerpo edilicio en esa hora en que el virrey Pezuela instaba, a veces conminatoriamente, a ayudar con caballos, pertrechos, esclavos y dinero a las fuerzas realistas y, por último, a la organización misma del virreinato. El Ayuntamiento asume así una posición no exenta de riesgos en defensa de la institución municipal, como bien puntualiza en su libro La Municipalidad de Lima y la Emancipación, Fernando Gamio Palacio. Leamos:

La proclamación de la Independencia, según la concibió el pintor Ignacio Merino. El cuadro fue pintado en 1851.

Luego de proclamar la Independencia Nacional en la Plaza de Armas, San Martín, seguido de miles de ciudadanos, siguió la ruta marcada en rojo.

Regidores firmando el Acta de la Declaración de Lima por la Independencia, el 15 de julio.

EN marzo de 1820, el rey de España pone nuevamente en vigencia la Carta de Cádiz. Son días difíciles, azarosos, que amenazan con liquiadar el régimen existente en España y en el Perú. Fernando VI busca, así, la tranquilidad en su tierra y en el Nuevo Continente hasta que pudiera imponer el absolutismo y dominar a los rebeldes. España vive, entonces, algunas revoluciones, si bien animadas por un movimiento liberador, la finalidad era distinta a la de los americanos. El rey considera que con el restablecimiento de la Carta de 1912 podría ganar tiempo y someter a los revolucionarios de la subregión, coincidiendo con el parecer del virrey, quien invita a los adversarios a entablar relaciones, mientras espera el envío de auxilios. De la demora resultan favorecidos los patriotas, pues, como lo previera San Martín, consiguen aumentar sus efectivos, adquirir abastecimiento y pertrechos, y consolidar la unidad entre militares y civiles, indispensable para el éxito de la campaña; y salen perjudicados los realistas porque el curso del tiempo les trae dificultades para proveerse de subsistencias, fomenta las bajas en sus filas, y hace que el ambiente les sea cada vez más adverso.
En esas circunstancias, el virrey trata de que se jure lo antes posible la Constitución y se elija al nuevo Ayuntamiento. Cosa que era imposible porque se necesitaba tiempo "para los preparativos que exige un acto tan grande y majestuoso". En cuanto a los nombramientos, el Cabildo expresa que aún no se han elaborado las disposiciones propias del caso.
Como la situación empieza a ser desfavorable a los realistas, el virrey, para impedir un ambiente propicio a la causa patriota, acuerda reponer a los cabildantes del año 1814. Más en ese deseo encuentra la resistencia y protesta del Ayuntamiento Perpetuo. Pero el virrey insiste, el Cabildo en su sesión del 20 de octubre decide por unanimidad contradecir el acuerdo y publicar un manifiesto haciendo conocer a la ciudadanía esa actitud. Asume así una posición valiente, no exenta de riesgos en defensa de la institución municipal.
Dolido por el manifiesto del Ayuntamiento, el virrey se excusa de presidir las actuaciones de elección y jura de los cabildos constitucionales. Y en esa suerte, resultan electas personas adictas a la Independencia.

San Martín, en un daguerrotipo poco conocido

La Casa del Ayuntamiento, en la época de la Independencia.

El siete de diciembre, en votación secreta se elige a las nuevas autoridades edilicias. Realizado el escrutinio resulta elegido como alcalde de primer voto el Conde de San Isidro, y como alcalde de segundo voto, el doctor José María Galdeano.
El Ayuntamiento, ante la campaña emancipadora, sólo tiene dos caminos que adoptar: la inmediata rebelión o el amparo de la ciudad y de la causa patriota. Escoger la primera actitud, traía obligadamente la disolución del Cabildo, que las atribuciones comunales fueran absorbidas por el virrey, y exponer a la ciudadanía a sufrir sin medida ni reparo las órdenes de emergencia que dictara aquél. Asumir la segunda actitud, permite la defensa del vecindario ante el virrey en sus decisiones drásticas y compulsivas en caso de guerra y, llegada la oportunidad, poder expresar pública y oficialmente la opinión de la capital por la Independencia. Opta por el segundo camino, y puede así desarrollar una valiosa labor y salvar la institución municipal.
Tan pronto se instala el nuevo cuerpo edilicio recibe la solicitud de 72 vecinos que piden la reanudación de las negociaciones con el general San Martín. A pesar de los riesgos que implica aquella solicitud, el Ayuntamiento acredita su conformidad y la pone en manos del virrey.

Conde de San Isidro, alcalde de primer voto.

En su difícil gestión, el Ayuntamiento se opone sucesivamente a la requisa de reses para la manutención del ejército realista, de cabalgaduras para su caballería, de negros para su regimiento, y de dinero para pagar a sus fuerzas y mantener la organización virreinal. A pesar de que las solicitudes siempre eran urgentes y conminatorias, no vaciló en exponer su criterio y los males que traerían las disposiciones dictadas por el virrey.
En la sesión del 6 de junio el alcalde, Conde de San Isidro, recibe un pliego de una persona anónima que hace un llamado al Municipio para que convoque a Cabildo público, el cual contemplando la gravedad de la situación y ejercitando el derecho de la ciudadanía para decidir su destino, resolviera la paz y acordara la nueva organización del Estado. Discutido el asunto, se aprueba entre otras cosas, que el Ayuntamiento hiciera una categórica presentación al virrey, enjuiciando la situación.
Al día siguiente, en cumplimiento a lo resuelto, el Cabildo envía una comunicación a La Serna en la que plantea su criterio respecto a la conducta que debe observar el virrey y expone la realidad que sufre el país. El Ayuntamiento, en su misiva, llega a sostener el éxito del ejército independiente y expresa: "Los pueblos se reúnen a porfía bajo el pabellón del general San Martín." Lima había tomado partido por la libertad.