
Por AUGUSTO ELMORE
¡ Con qué rapidez las circunstancias nos llevan a dar marcha atrás en ciertas convicciones! Eso es lo que está a punto de sucederme respecto de la privatización de las empresas públicas, en la que creí a rajatabla, convencido de que era la divina pomada. Pero ahora son las propias empresas de servicio público recientemente privatizadas las que se encargan de hacernos perder la fe, cuando constatamos que conservan los viejos vicios que tenían cuando eran públicas. El peor de ellos: cobrarles lo que se les antoja a sus desdichados clientes, en vista de la inoperatividad de Indecopi a ese respecto. Otro, el maltrato permanente al público consumidor, cortándoles el suministro eléctrico cuando se les antoja, como en el caso de Luz del Sur, que hace poco le cortó la luz, sin preaviso alguno y causando con ello un grave perjuicio económico, a un centro comercial de Miraflores que se encontraba perfectamente al día en sus pagos, a sólo cuatro días útiles de transcurrida la fecha señalada para el pago en el recibo. Solucionado el pago de la factura, la luz fue repuesta no a las cinco de la tarde como se ofreció, sino pasadas las ocho de la noche, cosa grave para los comerciantes de dicho centro comercial. Encima, la reconexión fue mal ejecutada y por culpa de ello las luces se volvieron a apagar al día siguiente, causando nuevo daño económico a los establecimientos. ¿Para eso privatizamos? Mejor nos hubiéramos quedado con lo que teníamos.
¿A quién se queja uno? ¿A Indecopi? ¡Já!
Lo que sucede se denomina tener la sartén por el mango, ¿o no? También se llama abuso de la posición de dominio del mercado. O simplemente monopolio.
Esa enojosa situación me sirvió, un poco caprichosamente si se quiere, como excusa para mandarnos mudar al extranjero los días de Fiestas Patrias -para descansar de esos irritantes conflictos- tal cual hice yo en las recientemente pasadas, razón por la que dejé de publicar esta página. Me alejé del frío, y de Luz del Sur. Es decir, me fui al norte.
Fui a trabajar, pero simplemente el alejarme de ese enojoso monopolio privado me hizo parecer que estaba de vacaciones. Estuve en ese gran país -con crisis y todo- que es México, en donde no me cabe la menor duda de que deben existir similares problemas, pero la condición de pasante no involucrado hace que todo parezca resbalarle a uno. De allí que me permita dar el siguiente consejo: ¡Cada vez que le cobren en exceso, váyase de viaje! (si llega a sobrarle, claro). Y no pierda el tiempo yendo a Miami: vaya a México, que es mucho más entretenido, mucho más barato y menos caluroso. Esté tranquilo: allí hablan tanto español como en Miami. Y éste no es un comercial mexicano, que conste.
Súbitamente la mayoría oficialista se ha convertido en una amante apasionada de la Constitución (claro que algunos años después de que ésta fuera violada por su jefe). No de otra forma se puede comentar el hecho de que haya declarado como supuestamente inconstitucional la resolución del municipio de Lima que disolvió la denominada Empresa de Servicios Municipales de Limpieza de Lima (ESMLL). A la mayoría del Congreso parece no importarle el bien público; ahora sólo le interesan las leguleyadas en contra de Andrade, y por consiguiente de la recuperación de la ciudad. ¡Señores-señoras, Lima es la capital del Perú, no la capital de Andrade, por último! ¡No maltraten a Lima, que está en Sala de Cuidados Intensivos, o por lo menos en Recuperación!
Cuando todo el Perú se aprestaba, junto a los arequipeños, a celebrar jubilosamente el aniversario de la Ciudad Blanca, ocurrió la inusitada, increíble, tragedia que a todos los peruanos nos duele. Súbita, impredeciblemente, el júbilo y la alegría se trocaron en tristeza y dolor. Un rayo trágico apagó el feliz aniversario. Nuestro pésame a los deudos y a su noble ciudad.
Una reflexión: ¿Alguna vez los limeños celebraremos a Lima con el entusiasmo que le dedican sus habitantes a Arequipa? La tragedia recientemente ocurrida ha sido un hecho eventual. Lo permanente es la alegría y el amor de los arequipeños a su ciudad. ¡Qué envidia les tenemos nosotros, los limeños!
Una raya más al tigre: hace poco, con motivo del derrumbe de una vieja casa en el Jr. Sandia, el locutor de un programa nocturno de televisión lo llamó Jirón Sandía. Así, con acento: sandía, vulgarmente sandía. Después de eso su editor lo debería enviar a pernoctar en el Jr. Peras del olmo. De repente hasta lo encuentra.
Si por decisión, creo, del Tribunal Fiscal, los municipios están imposibilitados de cobrar arbitrios por la colocación de avisos y letreros en la vía pública, entonces parecería que la marmaja se la llevan los que autorizan esas monstruosidades que bordean avenidas y calles de los municipios condescendientes (por así llamarlos). ¡Buena marmaja!
De paso: hay que evitar que en el próximo verano los anunciadores y los colocadores de letreros nos impidan ver el horizonte y el mar cuando vamos a la playa. ¡Acabemos con ellos!
No hay ciudad, que se conozca, tan maltratada por el abuso en la colocación de avisos publicitarios gigantescos como los que se han puesto lamentablemente de moda en Lima, y que constituyen el negocio exclusivo de unas poquísimas empresas. Buenos Aires, Santiago, Asunción, Río, Sao Paulo, Quito, Guayaquil, Bogotá, México, por no seguir nombrando más, cuidan sus avenidas y arterias principales de esa contaminación mercantilista que invade Lima. Habría que ponerle coto de una vez por todas.