Cuando la Vida No Vale Nada


Cuando la Vida No Vale Nada
Viajar por tierra, celebrar un aniversario, tomarse un trago o cruzar una avenida, son en estos días actividades de alto riesgo.

Negligencia e irresponsabilidad, un estilo de vida nacional, que si no fomenta por lo menos tolera que se desbarranquen ómnibus repletos de pasajeros, vendan yonque envenenado, caigan sobre poblaciones avisados aludes y los cables de alta tensión chicoteen a las multitudes. Se ha vuelto costumbre nacional lamentar antes que precaver. Hay muchas leyes y poco respeto por su cumplimiento. Una sensación de desamparo corroe el tejido social de los peruanos, agravado por investigaciones inconducentes que terminan alentando la impunidad.

Decenas de cuerpos
arden sobre puente
arequipeño, instantes
después de ser
fulminados por 10,000 voltios
de electricidad.

Desprecio por su vida en este pintor y puente trágico.

Banda de músicos comienza la fiesta, cuando nada permitía presagiar la tragedia.

Escribe ISMAEL LEON

"Dios es mi copiloto" informa a sus pasajeros, con una calcomanía pegada en la ventana del ómnibus, un chofer que a diario cubre la ruta Lima-Ica-Lima a una velocidad promedio de 100 kilómetros por hora, llevando y trayendo, en cada jornada, un centenar de viajeros entre turistas y gentes de negocios.
Otra figura de las carreteras, un gordo que cada día une Lima-Huancayo-Lima en un pequeño camión que sube con cerveza y regresa con frutas, ha colgado en los mandiles posteriores de su bólido andino la resignada promesa: "Nos vemos en el cielo".
Profesionales a su modo y a la vez heraldos de la muerte, estos personajes tienen la responsabilidad de transportar cada día miles de vidas y bienes, en vehículos cuyo mantenimiento desconocen por regla general, a través de carreteras mal señaladas, sin luces ni patrullas policiales, carentes de auxilio técnico y huérfanos de comunicaciones. Pero además estos pilotos no tienen brevete, manejan con varios tragos de más para mantenerse despiertos, sus ayudantes toman el timón cuando se cansan y los vehículos tienen frenos en pésimo estado, igual que sus luces. Al final del camino el dueño puede ofrecer a los choferes unos soles más, si hacen de inmediato el viaje de regreso.

Intento a la criolla de cruzar autopista. Al fondo, el puente peatonal. Derecha: Epílogo fatal.

"Así es el Perú pues, hermano, no te quejes", suelen justificar algunos este estilo de vida, mezcla de negligencia oficial, desidia criolla y mucha fe, cuyos saldos nefastos yacen en los abismos profundos del Pasamayo o en incontables quebradas serranas.
La más reciente medicina ideada para vacunarnos contra los accidentes automovilísticos ha sido crear la Asociación Médica de Servicios Sicosomáticos, una entidad privada que se propone analizar la conducta de los pilotos, en el supuesto que allí estarían los orígenes de esta ola mortal que nos abruma.
Pero Freud podría perder los papeles si tratara de entender a un chofer de combi o carretera.

EL DESBORDE

Hasta aquí hemos hablado del tránsito y sus muertos y heridos. Pero, ¿qué hacer cuando la incuria y la desaprensión sirven en la mesa el yonque envenenado, desatienden la advertencia del alud que caería sobre Yungay, asfixian a 400 hinchas en el Estadio, descuidan las fronteras o sueltan los cables para una electrocutada masiva? Hace 15 días, en Chepén y en Sullana, murieron en total 18 bebedores por brindar con un trago adulterado. Luego de la matanza hubo decomisos y hasta requisas, pero los dueños de las licorerías gozan de libertad y los familiares de las víctimas no han sido indemnizados.
La tragedia de Arequipa, con sus 35 muertos y el doble de heridos, puede ser catalogada en el reino de los no se quién. Hace ocho años que las bombardas fatales se emplean sin inspección policial, los cables de alta tensión son aéreos porque el sistema es cinco veces más barato que el subterráneo y el público se ubicó este año por vez primera en el puente, porque no hubo nadie para impedirlo. Total, así es la vida y no hay responsables directos.

Sencilla tarea de limpieza convertida en azar irresponsable.

Luego de las desgracias colectivas vienen los lamentos y las procesiones.

Algunos sociólogos dicen que en la mente del peruano -como en la del mexicano- anida desde siglos atrás un profundo desprecio por la muerte (o por la vida, según se mire). Sostienen que un trauma colectivo surgió con la irrupción del colonialismo, que habría hecho añicos un supuesto y arcádico orden local preestablecido.
La tesis resulta discutible, porque sirve para sostener -al exonerarnos de autocrítica- la idea de que somos así por factores externos, ajenos a nuestra condición.
Con argumentos como ése las guerras se pierden porque el enemigo era superior en número, los huaycos matan por imprevisibles y los goles en contra surgen en off-side o con el árbitro en contra.
Lo que hay es negligencia e improvisación en las autoridades; descuido y falta de previsión entre los pobladores; carencia de facultades organizativas; confianza en los milagros más que en la previsión. En otras palabras, más educación desde la escuela y habrá menos leche derramada y menos llanto.
Más allá de estas carencias, salta a la vista que millones de peruanos intuyen que hoy pueden gozar de impunidad si se atreven a violar la ley. Si el delito es grande será más difícil -pero no imposible- y si hablamos sólo de una regla, son muchos los convencidos de que habría que ser tonto para no saltarla. No es de ahora este ánimo, es cierto, pero tampoco hay que recurrir a historiadores para saber cuándo comenzó el desmadre.

El 27 de setiembre de 1963 dos científicos norteamericanos, David Bernays y Charles Sawyer, advirtieron lo que se venía sobre Yungay, luego de estudiar el Huascarán durante tres semanas. Nadie les hizo caso, al contrario, los metieron presos por alarmistas. El 31 de mayo de 1970 un cataclismo les dio la razón.

EL AZAR COMO METODO

No es gratuito que los limeños juguemos en tantas loterías y casinos. Tampoco es un azar la organización de carreras de caballos cuatro veces a la semana, sin contar la tinka y otras modalidades para tentar a la suerte.
Pero confiar en el azar es una cosa y otra muy distinta armar un andamio para pintar un edificio, montarle una escalera, unir ambos con delgadas soguillas y finalmente colgar al pintor de la brocha confiando en el cielo, porque estamos hablando de una obra en un tercer piso.

ESPEJITO, ESPEJITO...

"Muchos peruanos tienen reducida autoestima", dice el sociólogo Willy Nugent, quien sostiene esta afirmación en la escasez de espejos en casas y lugares públicos. No nos gusta mirar nuestro aspecto externo, pero tampoco queremos saldar cuentas internas.
Los funcionarios invierten en oficinas de imagen institucional que luego se preocuparán de que no trasciendan los problemas a la prensa, más que en resolverlos. De allí a proponer que "los trapos sucios se laven en casa" no hay más que un paso, una conducta que en buen romance apuesta a solucionar los conflictos echándoles tierra.
Cuando los problemas estallan en nuestras manos y no hay a quién responsabilizar, saldrán las procesiones a las calles, se poblarán de santos y vírgenes y si en el camino caen algunos en buzones sin tapa se escucharán maldiciones pero igual, tampoco habrá nadie para explicarnos qué pasó, qué falló.
Ultimamente hemos visto, después de cuanta desgracia colectiva nos ha castigado, la inefable y patética imagen de la fiscal de la Nación, doña Blanca Nélida Colán, exigiendo una investigación a fondo, hasta las últimas consecuencias, es decir hasta las próximas lágrimas.
En las pantallas de la televisión la imagen de tan pulcra funcionaria ha sido vista en Arequipa, la noche que cayó el avión y al día siguiente del estallido de las bombardas. Siempre seria y enérgica, siempre prometiendo justicia rápida.