Diferencias Perú-Japón


Diferencias
Perú-Japón

Una visita que reabre antiguas esperanzas, recuerda que las ilusiones son pasajeras y marca los distintos estilos de concebir la democracia y el papel de los gobiernos locales.

En los últimos cinco años, las exportaciones japonesas al Perú se han incrementado notablemente, no así las nuestras. El ajustón de cuello del presidente Alberto Fujimori no tiene nada que ver con la importante visita del primer ministro Ryutaro Hashimoto.

LA recepción en Palacio empezó tarde, en medio de un notorio desorden periodístico. El Presidente y el primer ministro estuvieron reunidos una hora y cinco minutos (Fujimori había dicho 45 minutos y el primer ministro lo corrigió), firmaron convenios de préstamos por un monto de US$ 619 millones y luego ofrecieron una breve conferencia de prensa.
Un tanto más bajo que el presidente Alberto Fujimori, Ryutaro Hashimoto, el primer ministro japonés (59) es sin embargo del mismo signo de cáncer (nació el 29 de julio). Viene de una familia de políticos y sus inicios partidarios son como representante de la prefectura de Eichi Nishimura por el partido liberal democrático en el poder desde 1955.
Hashimoto reconoció que solicitó al Perú el apoyo en el seno de las Naciones Unidas para que Japón integre el Consejo de Seguridad, uno de los principales motivos de su visita al país. Señaló que advertía, a raíz de los casos de México, Chile y Brasil, un avance de la democracia en América Latina y que Japón continuaría apoyando el esfuerzo del Perú, como lo reflejaban los préstamos y convenios firmados, recordando que se venía trabajando en una reestructuración de la deuda.
La visita al Perú del primer ministro de Japón constituye un acontecimiento especial que la administración de Alberto Fujimori, sin duda, tratará de aprovechar para salvar las mareas políticas que hoy recorren al régimen.
La larga gira del político japonés ha comprendido México, Costa Rica, Brasil, Chile y Perú. En cada caso, ha hablado de ampliar el marco comercial con esos países, ofrecer créditos consistentes y programar inversiones, de las cuales el Perú ha sido el partícipe menor.
Japón no está en el mejor momento económico, no obstante ser una de las primeras potencias mundiales. Y las molestias en el zapato derivan de una sensible baja en el ritmo de las exportaciones. América Latina se muestra como el mercado prometedor del nuevo siglo, lo cual justifica esta delegación nutrida y el despliegue periodístico que lo acompaña.
Japón ha sido un elemento importante para el gobierno de Fujimori y se considera que la embajada de ese país en Lima es un centro estratégico de valiosa contribución a los efectos de política exterior peruana relacionada con el sudeste asiático.
Asimismo, donaciones privadas y públicas han sido una cadena constante que le han permitido a la controvertida ONG Appenkai, al ministerio de la Presidencia y al propio Palacio de Gobierno realizar una amplia distribución de regalos a pueblos, caseríos y aldeas peruanas que veían con asombro la prodigalidad del mítico oriente. Entre 1990 y 1994, la cooperación no reembolsable al Perú fue de US$ 456.05 millones y el premier Hashimoto ha aportado ahora US$ 467,289 para equipos deportivos.
Sin embargo, aquellas esperanzas preelectorales de un Japón generoso que invertiría millones (se habló en algún momento de 3,000 millones) no se han traducido en los hechos tanto por incidentes domésticos (el ya superado pero no olvidado asunto de la ropa usada) cuanto por rígidas normas de política crediticia japonesa que exigían, primero, arreglar la deuda peruana (principalmente la referida al oleoducto nor-peruano), insertar al país en el ámbito de los organismos multilaterales (BM, FMI y BID) y ofrecer un clima de transparencia democrática (que ciertamente el 5 de abril de 1992 enrareció, dilatando las posibilidades de cooperación oficial).

Aunque incrementada, la ayuda japonesa al Perú no tiene los niveles que otros países latinoamericanos.

Sin embargo, habiendo mejorado los signos económicos y sociales desde 1993, y habiendo un flujo de inversiones de varios países, Japón no mostró mayor interés. El especialista en economía asiática, Carlos Aquino, señala que desde 1992, las empresas japonesas redujeron sus inversiones en el exterior. El menor capital disponible lo priorizaron para invertir en sus tradicionales mercados de Europa y Estados Unidos y, en forma creciente en los mercados asiáticos, que tienen afinidades históricas y culturales que el Perú no exhibe. Esa inversión se dirige además a la industria manufacturera. En eso el Perú tiene la desventaja de un mercado pequeño, con costos altos y un régimen de importaciones libre.
Hay, sin duda, un componente sentimental en el fluido diálogo de Japón con el Perú. Pero si bien la ayuda humanitaria y los oídos oficiales se abrieron, Japón tiene una ruta financiera y económica cuidadosa que no parece dispuesto a romper por razones de índole circunstancial.

Secuencia de la firma de convenios y créditos por más de 600 millones de dólares. Firman el embajador del Japón en el Perú y el canciller Francisco Tudela.

Yoshinuri Okuda, presidente de la Nippon Keizai Shimbun Inc., el mayor conglomerado de información económica y editora del más importante diario económico, Nikkei, ha señalado a fines de junio que su país, saliendo de una fuerte recesión, tiene los ojos puestos sólo en el sudeste asiático, que no vemos al Perú como un nuevo mercado" y que las raíces étnicas de Alberto Fujimori tal vez no influyan tanto.
El sueño del financiamiento oceánico del Japón no se ha cumplido ni se cumplirá en los próximos años, si bien tanto en la renegociación de la deuda como en la aproximación del Perú a la APEC, la ayuda del Japón ha sido muy significativa. Entre 1989 y 1996, la inversión directa japonesa en el Perú ha sido sólo de unos US$ 43.8 millones (según CONITE), aunque información de la embajada japonesa señala que entre 1991 y 1994 la inversión es de US$ 701 millones, repartidos entre 102 proyectos. Actualmente 24 empresas japonesas operan en el Perú. A nivel de préstamos, el gobierno japonés ha desembolsado un total de US$ 662.17 millones entre 1990 y 1994 en ayuda reembolsable.
¿Este nivel de relaciones mutuas en crecimiento deben llevar a considerar que el proceso que viene siguiendo el Perú se asemeja al del Japón? Además de las inversiones a raudales, también se ha supuesto que vamos en camino a convertirnos "en un tigre" latinoamericano (quizá sería mejor que nos llamáramos puma).
Pero tanto desde la perspectiva económica como política, las diferencias entre el Perú y Japón, por ejemplo, son saltantes. Y no es sólo cuestión de dimensiones.
Japón es, realmente, un ejemplo, en términos de acentos puntuales en la productividad y el aliento a las exportaciones. En ambos casos, la educación ha sido un pivote sobre el que se montaron los grandes cambios económicos y los avances científico-tecnológicos y de comercio mundial. El Perú en estos seis años ha hecho muy poco o nada en materia de reconversión educativa.
Es verdad que la gran revolución Meiji (1889), en el siglo pasado, que permitió la industrialización y occidentalización productiva del Japón, se fundó en un diseño autoritario que la hizo posible de arriba hacia abajo. Pero luego, el proceso de institucionalización democrática, hizo que el Japón respetara viejas divisiones políticas que permiten la autonomía de las villas, aldeas, ciudades y prefecturas, base de un sistema parlamentario democrático en una monarquía ancestral.
El sistema político del Japón de hoy tiene su base en las elecciones locales. Las 47 prefecturas que componen el país tienen su propio gobierno elegido y dentro de cada una de ellas, cada ciudad, pueblo y aldea elige también su propio gobierno.
Cada uno de estos gobiernos prefecturales y locales es responsable de asuntos de su respectivo nivel y a nadie se le ocurriría interferir en el otro, dentro de un tramado de leyes y disposiciones escrupulosamente respetadas. Cosa que Fujimori tendría que aprender respecto al Municipio de Lima.
Así, se pueden recordar situaciones que grafican la vigencia del derecho de los gobiernos locales. Cuando el terremoto de Kobe, hace 2 años, las fuerzas policiales nacionales se demoraron en intervenir para asistir a la población civil porque para ello requerían cumplir con el trámite de solicitar permiso al prefecto de Kobe para poder entrar en sus dominios. Igual ocurrió en Okinawa, donde el alcalde se opuso a que las tropas norteamericanas que abandonaban las bases construyeran otras instalaciones sin su autorización. El gobierno central no puede aún pasar por encima del prefecto.
Y en los primeros días de este mes, la prensa mundial destacó el primer referéndum de posguerra, ordenado por el alcalde del poblado de Maki, Takaaki Sasaguchi, en virtud del cual el 60% de los 27,000 votantes de esa comunidad agrícola rechazó la instalación de una central termonuclear, que desde 1971 intenta obtener autorización. Seis ciudades más seguirán el ejemplo de Maki.
El Parlamento o Dieta es reflejo también de esta importancia que se concede a los gobiernos prefecturales. En el Congreso la representación es por prefecturas, sin considerar el número de habitantes sino de población rural que si bien representa hoy el 8% del total nacional sigue siendo decisiva en la conformación de las mayorías en las cámaras.