

Por HAROLD FORSYTH
Nuevos Muros
LAS formas de representación política heredadas del siglo XIX presuponen la existencia de partidos organizados capaces de gestionar los intereses genéricos y concretos de la sociedad.
El descalabro de las organizaciones políticas de nuestro país nos ha llevado, sin embargo, a la vigencia de un sistema democrático que es, paradójicamente, asistemático o -diríamos mejor- autofágico: impide o bloquea la creación de nuevos partidos y, por lo tanto, se asienta sobre bases de dudosa resistencia.
Allí reside -también- gran parte del éxito del Presidente Fujimori en cuanto a su consolidación en el poder, hecho al que se suma -ciertamente- el debilitamiento de las ideologías y el respeto casi generalizado al ajuste estructural y a la economía de mercado, lo que acorta la credibilidad del espacio opositor, dificulta su tarea y lo reduce a un simple plano táctico.
Por eso es que resulta curiosa la demanda de algunos observadores o analistas políticos en el sentido de que en el Perú "no hay oposición", como si la respuesta a tan grave dilema estuviera limitada al Congreso de la República o a los actores políticos. Lo cierto es que el pueblo peruano sigue divorciado de la institucionalidad formal del país y el proceso de reconexión parece aún más complicado que antes.
Los nostálgicos de la década pasada -que no cesan de referirse a ella como el paradigma de la democracia- han llegado al extremo de dejar de lado sus orígenes políticos y claman por una "oposición" que cierre filas frente al gobierno. Ese esquema es, precisamente, el que más conviene al poder de turno y constituye la vía más segura hacia una nueva derrota.
El epítome de la tesis del "melting pot" (vasija para mezclar) se encuentra en un artículo aparecido hace pocos días en un conocido diario local bajo el título "La oposición busca un líder", luego de cuya lectura es fácil percibir la renovada urgencia de quienes requieren a gritos de un salvador para mimetizar su pasado y a quién venderle la ilusión de una capacidad organizativa y recursos electorales de los que, obviamente, carecen por completo.
A mediados de 1994, escribimos en esta columna un artículo titulado "El síndrome de Vargas Llosa", en el cual advertimos los graves riesgos de repetir, en 1995, el experimento frentista del "Fredemo". Eso es exactamente lo que ocurrió y es hora de que aprendamos la lección.
El terremoto político que supuso el triunfo de Fujimori en 1990 y el cataclismo del 5 de abril de 1992 derrumbaron los muros de contención, las paredes que definían los límites de cada cual y muchos corrieron despavoridos en busca de un espacio para rehacer sus vidas políticas. Como es fácil comprender, la falta de demarcación territorial en la política peruana ha traído consigo las migraciones más increíbles y trasvases verdaderamente obscenos de las minorías a la mayoría.
Pero ello no se corrige con ninguna "unidad" artificial, especialmente porque de la unidad a la incoherencia hay sólo un paso. El único camino cierto para la reconstrucción del sistema de partidos en el Perú está en recrear, evitando los errores del pasado, las líneas divisorias y los límites precisos de las agrupaciones actuales o de aquellas que se creen en el futuro. Se trata, en suma, de levantar nuevos muros para definir las nuevas fronteras.
Es absurdo pensar en un sistema económico abierto, de libre competencia, si éste no tiene un correlato político. Es obvio que no se puede competir en condiciones desiguales, pero tampoco se puede si los competidores no definen sus propios equipos con base en la misma manera de pensar y percibir el futuro del país.
Los cocteles ideológico-partidarios han traído consigo un distanciamiento de los electores. Para que vuelvan a la querencia hay que ofrecerles un mínimo de credibilidad, lo que implica espacios bien definidos con base en principios permanentes y no en la acción de operadores políticos ganados por el interés del momento.
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