
Por FERNANDO ROSPIGLIOSI
Miyagusuku ¿Otro Intocable?
AL paso que vamos, el Perú pronto va a disputar con la India el mayor número de miembros de la casta de los intocables. El más famoso es, sin duda, el ex capitán Vladimiro Montesinos, a quien nadie puede ver ni investigar, por más graves que sean las acusaciones que pesan sobre él. Pero no está solo en esta casta en expansión.
Augusto Miyagusuku, presidente de la aseguradora Popular y Porvenir, es un aprovechado discípulo de Montesinos. Parlamentarios y medios de comunicación independientes han presentado numerosas evidencias que bastarían para llevar a los tribunales a cualquier peruano común y corriente. Pero Miyagusuku no lo es. El pertenece a una casta distinta, es un íntimo amigo del presidente Alberto Fujimori y de su familia.
Miyagusuku no es parte de "la elite blanca que fracasó", como ha declarado Alberto Fujimori a una revista europea, cuyos "egoístas grupos de interés sólo actuaban en provecho propio y no del país", concluyendo que hay que seguir el modelo del este asiático. Seguramente porque Miyagusuku actúa en provecho del país es que Fujimori lo puso al frente de Popular y Porvenir, y lo mantiene ahí, contra viento y marea.
"Panorama" de canal 5, el diario La República, la unidad de investigaciones de CPN radio y CARETAS han difundido informaciones sobre el oscuro proceder de Miyagusuku al frente de Popular y Porvenir. Y en los últimos días el diario El Comercio ha presentado evidencias demoledoras.
Entre ellas, testimonios de empresarios norteamericanos que se reunieron con Miyagusuku para alquilar locales de Popular y Porvenir a un casino. Luego apareció una firma intermediaria -en realidad una empresa fantasma- vinculada a Miyagusuku, que es la que realizó el negocio obteniendo ganancias fabulosas.
Y ésta es sólo una de las numerosas irregularidades de las que se ha acusado al presidente y a otros directivos de Popular y Porvenir.
El Comercio también ha reiterado la información, propalada antes por otros medios de comunicación, de que Augusto Miyagusuku compró dos lotes de terreno en Chavimochic en 1994, pagando más de un millón de dólares al contado.
Los dos lotes, con poco más de 900 hectáreas, están abandonados hasta ahora y, curiosamente, Miyagusuku no ha firmado todavía los contratos de compra venta, a pesar de que ya los pagó.
¿A cuánto asciende la fortuna personal de Miyagusuku que puede pagar más de un millón de dólares por terrenos que deja abandonados durante dos años? ¿Cuántos empresarios peruanos pueden darse esos lujos?
¿Dónde está la Sunat tan acuciosa para perseguir a los evasores de impuestos? ¿Cómo obtuvo Augusto Miyagusuku una fortuna tan impresionante en tan poco tiempo?
Son preguntas elementales que nadie responde, porque Miyagusuku no da la cara a la prensa independiente, la Contraloría se niega a investigarlo, la fiscal de la Nación está preocupada en defender a Montesinos y no en realizar indagaciones sobre funcionarios corrompidos, la Superintendencia de Banca y Seguros lo defiende, y el Congreso no fiscaliza a ningún miembro del régimen. Menos aún a los amigos del Presidente.
Todos los días se escuchan nuevas historias sobre fortunas inesperadas y riquezas deslumbrantes. Los suertudos son siempre funcionarios -o asesores- del régimen. Pero nunca, hasta ahora, en los seis años de gobierno de Alberto Fujimori, se ha realizado una investigación exhaustiva a alguien de su entorno.
Como siempre ocurre en estos casos, ellos piensan que la impunidad les va a durar siempre. Lo cierto es que la experiencia histórica de nuestro país muestra que, en efecto, muchas veces la corrupción ha quedado impune. Salvo cuando el régimen se ha hecho de muchos enemigos y su duración excesiva ha producido agravios y resentimientos. Este gobierno va por ese camino.
Por ahora, sin embargo, todavía Fujimori tiene el control. Augusto Miyagusuku, pues, seguirá disfrutando de la impunidad que le otorga la protección presidencial, en un país en que las leyes se manipulan y se interpretan al gusto de los poderosos.
A menos, claro está, que sea arrojado del círculo de los privilegiados que rodean al emperador, como le ocurrió a Ana Kanashiro y su esposo.