46 Años

Edición Aniversario
46
Años
En Pos de la Utopía del Justo Medio
AMERICAmérica nace al mundo, qué duda cabe, bajo el apremio de la utopía.
Obsesión y locura en pos de rutas nuevas hacia las Indias y el Oriente. Empresa y azar para reconvertir a los aborígenes en cristianos -Dios puso en el camino a América para que la Obra pía tuviera lugar- y en occidentales, productores y consumidores de primicias e ingentes riquezas.
De allí proviene también la idea de un Nuevo Mundo, capaz de erigir una nueva humanidad.
Y ese sueño del siglo XVI, alimentado por los doctrineros dominicos y jesuitas (piénsese en las Misiones paraguayas y en el proyecto mexicano de Vasco de Quiroga) se tornará tanto en las rebeliones mesiánicas (la de Túpac Amaru, por ejemplo) como en los sueños de los emancipadores en posible retorno a una edad dorada de bienes compartidos, solidaridades ilimitadas y generoso reparto.
Ese sueño está vigorosamente expresado en el mito peruano de Inkarri: el rey inca yace despedazado por obra de los conquistadores y sus restos están desperdigados a lo largo del ríspido territorio, a la espera de reconstituirse. Cuando tal ocurra, volverá el esplendor de la justicia y la abundancia, esta vez para siempre.
En el fondo de toda utopía hay reclamos visibles, esperanzas que parecen realizables, sueños de carne y hueso. La utopía, al fin y al cabo, es humana y por lo mismo busca encarnarse, ser simiente y cimiento.
En el siglo XIX, la idea de la América reunida, una y sola, desveló a Simón Bolívar pero los otros generales prefirieron acentuar los nacionalismos y las dictaduras providenciales. En ambos casos, el sueño se tornó en retórica, el discurso inagotable de lo que pudimos ser y recusamos con ceguera.
En esta semana, por ejemplo, se han conmemorado los 160 años de la Confederación Peruano-Boliviana, un paso temprano para reanudar a los añosos Alto y Bajo Perú que la seducción bolivariana tajó estérilmente. El mito del ayer en medio de los desafíos y desconciertos del presente liberal.
La súbita riqueza del guano marcó luego el curso económico, centralizó el poder, reincidió en la separación de un país que miraba hacia afuera y otro, el profundo, que se aletargaba en la periferia. Dualidad y sometimiento externo, las utopías fueron desde entonces las recetas que venían de fuera, los "ismos" aparentemente iconoclastas que contradecían las más de las veces los dictados de la realidad.
Latinoamérica muchas veces ha querido hacer calzar sus vastas realidades en la horma distinta de Europa, de Estados Unidos, ahora del Sudeste asiático. En todos esos casos, el zapato quedaba chico, apretaba por donde no debía, terminaba siendo un remedo pedestre.
Es en este punto donde Francisco Sagasti arremete contra tres utopías de la América contemporánea. No es que cada una de ellas no apuntara a necesidades y virtualidades concretas.
En efecto, la utopía estatista quería un Estado en forma, concreción reclamada desde los albores republicanos.
La utopía del mercado despierta y anima las potencialidades de la iniciativa privada y empresarial, la dimensión que se propaga por el mundo entero.
La organización y la institucionalización de las sociedades, por su parte, es un fin de la utopía basista que es también urgencia sentida.
¿En qué han fallado, entonces? Se han desbocado, quieren ser totalizadoras y excluyentes, llevando el rumbo de la historia a polarizaciones excesivas.
Continuando con la metáfora utopista, Sagasti recurre a una nueva instancia mediadora, consensual, hija del equilibrio y la tolerancia. La Utopía del Justo Medio la llama, con inocultable reclamo de la herencia aristotélica y tomista.
¿Se puede ser estatista y alentar el desarrollo de la iniciativa privada? El velasquismo no lo consiguió ni siquiera en ese experimento fraguado que se llamó la industria reformada, ni en el campo asociativo, ni en la propiedad social, todos de algún modo mediados por un Estado todopoderoso.
En la esfera social tampoco se pudo realizar demasiado, sea en la creación de puestos de trabajo, mejorar la salud y apoyarse en el salto educativo.
¿Se puede sacralizar el mercado y aceptar una mediación del Estado para colmar la deuda histórica con los sectores mayoritarios deprivados?
En algunos momentos, la inversión social más interesante provino de regímenes democráticos. Nadie ha podido igualar la proporción del gasto educativo del primer belaundismo con relación al PBI, como tampoco la construcción de viviendas y el dinamismo de la cooperación popular.
El libre mercado, en ese sentido, parece tener limitaciones serias: hoy todavía no se perciben formas masivas de impulso a la pequeña y mediana empresa, ni tampoco la superación de la informalidad en tránsito a una formalidad sui géneris.
¿La organización de las bases, escalones primeros de la institucionalización participativa y democrática está necesariamente reñida con la lógica del mercado y la mediación del Estado?
Las experiencias del Sudeste asiático son las más ilustrativas con relación a la dinámica fértil que hay que crear entre organización social, libre mercado y gobierno (o Estado).
El autoritarismo y el cesarismo resultaron a la postre una traba para el desarrollo y hubo que multiplicar instituciones de base, alentar la vida municipal, local y regional en los proyectos de desarrollo y de construcción empresarial capitalista.
Las respuestas históricas a cada una de estas cuestiones tienen su pro y su contra. Por eso se dice que en el Perú, en materia de teoría y de experimentos, se ha probado de todo, sin que por ello hayamos podido salir del atolladero de la pobreza y el atraso.
El justo medio es un buen punto de partida cuando menos para reconocer que los maximalismos, el dogma y la mitomanía, tienen poca cabida en una acción nacional a favor del desarrollo.
No siempre la perspectiva del abismo o del cesarismo democrático, sin embargo, aconsejan la cordura del equilibrio, y de allí que un hombre como Alberto Fujimori que ha roto las amarras del estatismo para inclinarse al liberalismo se sienta tentado a perpetuarse en el poder porque la fórmula le está resultando en alguna medida.
En este año, el Perú ha adelantado varios cronogramas, incluido el político. Por eso la utopía del justo medio parece interesante, cuando menos, porque auspicia un espacio de discusión libre y razonable. Las que siguen son páginas que auscultan y pavimentan tales propósitos.