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Espías en el Limbo
Policial y fantasía en "Los expedientes secretos X"

Por FERNANDO VIVAS

EN los '90 se ha exacerbado la pasión por los top secrets y los files perdidos. Es casi una expresión contemporánea del culto tribal a lo desconocido aunque se manifieste con un signo contrario, como si quisiéramos jactarnos de poder conocer nuevas dimensiones y compartir secretos con los hombres escogidos. Es el compendio de obsesiones como las de desentrañar el asesinato de John Kennedy, revisar por enésima vez los papeles de Watergate y acceder a los discos duros del Pentágono. En cada blockbuster hollywoodense hay un héroe obsecado por descubir quién vendió las armas a los terroristas para provocar la 3ra. Guerra o quién fue el generalife fascista que quiere ocultarnos la amenza alien que se cierne sobre el planeta. Lo que se descubre no suele ser nada bueno y, por eso, los títulos más vistosos del género, como "Los expedientes secretos X", tienen una apariencia grave y sombría.

Fox y Dana, espías del más allá.

"X files" es una serie contemporánea a muerte. Si hasta el reciente escándalo de la difusión de la supuesta autopsia a un extraterrestre practicada por la NASA, parecía un capítulo escrito ex profeso para la serie que arrancó en setiembre de 1993. "Los expedientes secretos" merecen un culto de la índole del que se profesa a "Viaje a las estrellas", otra hora estelar de la TV yanqui que en su momento fue una manera de lidiar con lo desconocido. Si allí la visión de otros mundos era deliberadamente naif y evocada desde el plano astral, aquí los detectives Fox Moulder (David Duchowny) y Dana Scully (Gillian Anderson) vislumbran el más allá siempre desde la tierra. En realidad, los "X files" no son capítulos de ciencia ficción sino policiales con elementos de SF y, como tales, recurren a la infalible receta del "buddy film" que contrasta un par de detectives inamistosos. Fox es obseso y fantasioso, intuitivo y aventurero; Dana es pragmática, escéptica y sumamente racional. Uno es nada sin la otra y viceversa. La fórmula del contraste es obvia pero funciona sin tener que forzar las cuerdas románticas. Los transcendentales casos en que meten sus narices, Dana empujada por Fox y Fox amparado en Dana, dejan de lado los afectos más íntimos.
Una solemnidad nerdiana baña cada edición de una serie consagrada a explorar los secretos más bizantinos de la humanidad, en especial, aquellos que generan las visitas de los aliens ocultadas por militares que confunden el proteccionismo con la simple tiranía. Los héroes tienen por consigna perseguir la verdad, por más esotérica y quántica que sea, y su gloria es arriesgarse a que sus jefes los despidan con tal de conseguirla. Y en ese afán, solemnidad aparte, no dejan de ser entretenidos.


Fin de la Captura
Director Cusi Barrio y el experto en efectos especiales Jorge Bignatti en grabación de"La Captura del Siglo".

Gustavo Bueno en la ficción como jefe del GEIN.

  • Acabó de la única manera en que podía hacerlo: discretamente, sin epílogo informativo que cuente que fue de cada quien, sin bombo ni mensaje rimbombante. "La captura del siglo" tuvo el buen tino de ceñirse a las pesquisas del GEIN desde que se constituyó en grupo hasta que abatió a Guzmán. No le fue bien cada que salió de ese marco para mostrar a unos periodistas hiperconscients de la gravedad nacional, en el extremo opuesto del clisé que prefiere a los hombres de prensa cínicos e indolentes. Lo mejor fue, repetimos, la crónica de la pesquisa, bordeando en el relato de la obsesión y el martirio de los geines. No convenció, en cambio, el sambenito didáctico que obligó a los protagonistas a explicarse continuamente en un guión sin brillo firmado por Miguel Rubio del Valle. La dirección de Cusi Barrio (sin "s") estuvo atenta a la "acción contemplativa" de los detectives apostados, aunque se perdió varios detalles humanos que hubieran dado mayor densidad sicológica a cada miembro del grupo. Mucho más de lo que vimos se pudo extraer de los personajes encarnados por actores solventes como Bruno Odar, José Luis Ruiz, María Angélica Vega, Natalia Montoya o el mismo Gustavo Bueno encarnando a un jefe que no existe fuera de su papel. La iluminación rebuscada, a medio cachete y con fumarolas gratuitas, cayó un poco pesada aunque nos brindó las dos imágenes emblemáticas de la miniserie: el GEIN avanzando ralentizado en triste atmósfera azulina y el Cachetón abatido aunque hierático flanqueado por sus fieras. Regular balance para una miniserie que supo sortear sus delicados compromisos con la historia reciente.

    La Novela de Gisela
    Gisela Valcárcel recibiendo el saludo de Susy Díaz y Percy Arévalo.

  • Quien en una de sus efemérides descendió de un helicóptero sobre la grama del Estadio Nacional y en otra llenó el Coliseo Dibós; se contentó esta vez con un modesto musical donde cantó versículos de sus 9 años y 2,500 horas de TV., su culto al gran fetiche telefónico, sus cambios de canal, su matrimonio con Roberto Martínez. Gisela es una floja artista conceptual (ya hemos visto tantas veces con qué descuido maneja sus ítems de conversación) pero es una animadora ágil y diplomática. Junto a competidores de otros canales, a otros pocos de América (ninguna utilísima a la vista), a anunciantes, clubes de madres, políticos y al ritmo estrafalario de la Sonora Colorada bailó su fin de fiesta. Celebración en seco, sin anuncios de futuro, sin planes continentales, sin disculpas por impasses recientes pero también sin malas ondas; fiesta modesta y sencilla tan sólo para confirmar que Gisela mantiene su nicho estable en el mediodía familiar.


    Picotazos
    "¿Quién fue el autor de "La Divina Comedia?
    -Ay Gisela, no sé.
    -Te doy una ayudita. Es una calle de Surquillo..."

    Gisela Valcárcel en charla telefónica con concursante.