
El general Cuadra, en épocas de Odría, se defendió a tiros cuando un oficial de menor rango que el suyo pretendió arrestarlo por orden de la superioridad (así la llaman). El mismo se entregó después cuando en forma reglamentaria un general con igual número de estrellas se presentó con la orden de detención. Eran tiempos en que los militares respetaban el uniforme, el rango y los reglamentos.
Creo que con este grave incidente el así llamado Consejo Supremo de Justicia Militar se ha convertido en un verdadero enemigo del gobierno, y de la imagen del país. Le ha dado armas equivalentes a verdaderos Exocets a quienes critican lo que aquí sucede. No dudamos, por ejemplo, que Mario Vargas Llosa se referirá al caso próximamente. Promperú y Promex deberían haber publicado avisos en protesta por el daño que el CSJM causa al país. Por de pronto, el Presidente de la República, demostrando la capacidad de reacción que parecía habérsele adormecido, salió prontamente a criticar el hecho.
Un general de división del ejército peruano en situación de retiro escribe en un diario nacional un artículo defendiendo los despropósitos y abusos de la así llamada justicia militar (el nombre lo escribo con minúsculas, como se lo merece). Dice, entre otras cosas, que el reglamento de servicio en guarnición prohíbe a los oficiales en situación de retiro (OSR) "tratar en cualquier medio público sobre las Fuerzas Armadas sin autorización del Comando". Me pregunto primero si un oficial en retiro cumple servicio de guarnición y, luego, si dicho OSR habrá pedido autorización al Comando para escribir aquello; y para hacerlo cada vez que publica artículos en Expreso, como suele hacerlo.
Lo que linda con lo grotesco es cuando el OSR general Gastón Ibáñez O'Brien dice: "Finalmente se me ocurre, con cargo al necesario análisis legal, que el oficial en situación de retiro que deseara estar libre de estas limitaciones (las de hacer comentarios públicos) podría solicitar formalmente que se le retire el grado militar, luego de lo cual será borrado del escalafón correspondiente y se le suprimiría la pensión". Claro, y también podría suicidarse. Aunque esto quizá también lo prohíba el reglamento.
El presidente Fujimori, sabiendo que la justicia militar es como Jalisco, porque nunca pierde, ha adelantado que indultará al general Robles si es que es condenado. Atinada y necesaria decisión.
Llegando de regreso a Lima luego de un corto viaje al extranjero -al que se debe mi ausencia de estas páginas la semana pasada-, compruebo en los diarios que hay gente optimista en el Perú (mucho más que en México, donde estuve por motivos de trabajo, país en el que esa palabra ya casi no se utiliza). Son aquellos que se han empeñado en la tarea de construcción de megacentros comerciales en los que se levantarán miles y miles de nuevos locales. Yo, que nunca dudé de nuestra vocación fenicia, pienso que ese optimismo es una maravilla, pero me pregunto que de dónde saldrán los compradores. Uno de estos días vamos a amanecer con más tiendas que clientes.
El partido U-Alianza del último domingo se merece el nombre de Clásico. El clásico empate, digo.
¡Pucha-diego, qué mal juegan ambos equipos! ¡Pobres hinchas, qué pena me da verlos y oírlos cantar saltando durante todos los partidos para espectáculos tan misios como los que ofrecen!
No quiero dejar pasar la ocasión de hacer un homenaje al espíritu cívico de los mexicanos, que acabo de comprobar una vez más. Su desarrollo civilizado adelanta décadas al nuestro, siendo países que -como tuve ocasión de decirlo allí- desafían a la geografía porque son los más próximos en el continente. Somos prácticamente iguales, en raza, en historia y tradición. Pero los mexicanos nos llevan leguas de distancia en lo que a higiene pública se refiere: en la ciudad de México es casi imposible observar un papel tirado en la calle. Su medio de transporte público masivo, el metro, brilla por su limpieza y pulcritud, aun en las horas punta. Y me consta que casi es una regla cumplida -con muy pocas excepciones comprobadas- el respeto a los semáforos. Además de que la proverbial cortesía de sus ciudadanos atrae turistas como cancha (como se dice). ¡Vaya a México y compruébelo!
Pero no sólo es la ciudad de México, son también sus otras poblaciones, como Puebla y Cholula, por ejemplo, en las que brilla la limpieza pública. Habrá que preguntarles cómo lo lograron, porque no es que no haya pobreza ni desocupación, que las hay en grado sumo, sino que la gente quiere y respeta su país, cosa que me parece no siempre ocurre en el nuestro. Lo pude comprobar la primera vez que estuve en México, en 1970, cuando, en anécdota que no me canso de contar (aunque me parece que estoy a punto de hacerme odiar por mis amigos), yendo en ómnibus de México D.F. a la ciudad de León (para expectar el glorioso partido Perú-Bulgaria), antes de que un connacional que viajaba en la misma tour fuera a tirar por la ventanilla del ómnibus unas cáscaras de las naranjas que había engullido, lo detuvo la voz del guarda del vehículo, que dijo: "¡Alto: las carreteras mejicanas no se ensucian! Use usted la bolsa de papel que tiene delante". Era 1970, y la capital de México tenía la mitad de habitantes que ahora, pero la ciudad sigue igual de limpia. Habrá, repito, que preguntar cómo lo lograron.