

UN taxista resumió la situación con dos comentarios.
Primero dijo que no hay que soltar prisioneros del MRTA porque "los capturados, capturados están".
Segundo añadió que, "claro, la mayoría de esos rehenes vive ahora por primera vez la vida de todos los días de los pobres, sin agua ni luz y poca comida".
Los taxistas tienden a ser conservadores como muchos de sus acomodados pasajeros. En Madrid eran franquistas y en Chile pinochetistas. Pero nuestro taxista limeño parece reflejar otros sentimientos populares frente a la toma de la residencia de la embajada del Japón.
Por un lado, rechazo a la violencia después de una pesadilla de 16 años. Por otro, sensibilidad ante el mensaje político y la simbología de un hecho espectacular que tiene ribetes metafóricos.
En el camino los rehenes sufren por partida doble, pero no se debe ignorar esta característica del fenómeno en un país en que bien puede haberse acentuado el abismo económico y social que Basadre apunta como una de las grandes taras nacionales.
En la conciencia colectiva de una sociedad escindida a la que se le viene diciendo que lo único que manda es el mercado, que la seguridad social es un concepto arcaico y que la ostentación no es inconveniente, ha irrumpido una banda de descarriados dispuestos a jugarse la vida por sus ideales y a protagonizar una variación de la película `El ángel exterminador' de Buñuel.
Y han estado manejando la situación de tal forma que muchos hasta aprecian en ellos sentimientos navideños.
CARETAS, por cierto, no tiene inconveniente en llamarlos terroristas (ni en señalar que Cerpa Cartolini no es Papá Noel). Más allá de las buenas maneras y de las proezas operativas, quien toma rehenes desarmados a punta de rifles de asalto y amenaza con matarlos es un terrorista.
También quien recurre a la violencia frente a un gobierno elegido y legalmente constituido -y esa es la situación actual del régimen del Presidente Fujimori, a pesar de sus excesos.
Pero de ahora en adelante el triunfalismo fanfarrón será visto bajo el prisma de la burla, y los crecientes reclamos contra las frustraciones del programa económico, que no tienen nada de extremistas, estarán reforzados.
Mientras tanto, habrá que aferrarse a lo que es humanitariamente esencial. en un jaque que puede ir para largo:
La vida de cualquier rehén vale más que la muerte de cualquier terrorista.