El Clásico del Pacífico



El Clásico del Pacífico
Por ABELARDO SANCHEZ LEON

LOS estoy viendo mirar el partido por la televisión: al reposado José Rodríguez Elizondo, al eufórico poeta José María Memet, al taciturno Jaime Ruiz Tagle, todos comiéndose las uñas, todos adorando el Perú, pero anhelando que gane Chile. Saben de memoria que los peruanos somos caballerosos y aristocráticos cuando se trata de competencias, y por esa razón han puesto a un golero en puntos suspensivos para darle emoción al cotejo y justificación a una eventual derrota: Miguel Miranda o Luis Rubiños veintiséis años después, en medio de la batalla de Angamos. Esperemos que con su presencia el partido de suspenso no se transforme en una película de terror, porque para suspenso dosificado ya tenemos bastante con lo que pasa en la casa de Aoki.
Los chilenos se creen mucho más de lo que verdaderamente son y los peruanos se creen mucho menos de lo que verdaderamente son. Así de simple es la milanesa. A nosotros nos fascina su orden, su disciplina, su rigor, y a ellos les encanta nuestro desorden, nuestra sensualidad, nuestra eventual creatividad. Cuando nosotros contamos con una selección sin estrellas (como la actual) resulta muy difícil superar ese orden militar que impone el cuadro chileno, tal como lo demostrara ante Argentina y en Buenos Aires, ante unos jugadores que son rápidos, ansiosos, motivados, que corren durante noventa minutos. La actual selección peruana es joven, pero lenta; se desplaza como lo hacen los peatones por la Larco, mirando vitrinas, hueveando, contemplando una minifalda veraniega. No resulta difícil imaginar lo duro que va a ser superar a esa defensa chilena concentrada y ordenada al milímetro, porque un jugador como Flavio Maestri no les puede dar miedo ya que siempre hace lo mismo dentro del área, y cuando alguien siempre hace lo mismo le hacemos un gran favor a un chileno que, en principio, hace siempre lo mismo, pero con plan y con mucho orden, como si nos sacaran la lengua con su metro francés, limpio como no lo tienen los parisinos, mientras nosotros les sacamos pica con nuestras combis recontra rayadas, nerviosísimas y sin rumbo, pero donde palpita lo popular, la vida, el descamisado vital.
El partido del domingo doce, en la noche, en pleno verano, encontrará a dos selecciones cuya calidad es muy inferior a las del pasado. A nosotros, ese bajón nos afecta muchísimo más, porque los chilenos tienen una especie de promedio generalizado que evita los extremos, pero los peruanos extrañaremos los desbordes de Muñante y aquel gol de Hugo Sotil, chato, de mitra, ganándoles el salto a dos grandes defensas centrales chilenos, que debería imitar Maestri. Sin embargo, este cuadro chileno que saldrá a la defensiva a tantear cómo lo hacemos nosotros en los primeros veinte minutos, tiene buenos delanteros: el vikingo Rosenthal, que deberá estar jugando rugby ahora en Escocia, y Zamorano, porque los otros dos estarán ausentes, Marcelo Salas, impedido de jugar por acumulación de tarjetas e Ivo Basay por lesión. O sea que dejándonos de bromas, este Chile tiene jugadores, pero felizmente muchos de ellos no podrán participar. El Perú, en cambio, con sus once jugadores con las justas, siente la pegada cuando alguno de ellos no puede alinear, como es el caso del golero Balerio.
Balerio nos ha hecho una jugada irresponsable: es peruano por nacionalización y por acumulación de tarjetas, solamente faltaba que estuviera también tras la sonrisa de las voleibolistas en San Miguel, y allí sí que Balerio sería peruano por trámites legales y por idiosincrasia y convicción. Felizmente contamos con otro nacionalizado que podría estar bajo los tres palos, como lo es el argentino Oscar Ibáñez, listo, suponemos todos, para ingresar cuando los nervios ya no puedan más, y a Julinho, que si lo embetunamos sería un "íntimo" como los de antaño, una especie de morenos dispuestos a sacarle conejos a los defensas de la Estrella Solitaria o de la Luz del Sur.