Editorial



A medida que se prolonga la toma con rehenes de la residencia de la embajada del Japón se acentúa el debate sobre el papel que juegan los medios de comunicación en circunstancias como ésta.
Se nos acusa a menudo de hacer propaganda inconveniente a los grupos sediciosos, de tomar iniciativas riesgosas, de especular temerariamente, de interferir en las negociaciones, de sucumbir a un síndrome de Estocolmo noticioso y de decir estupideces.
Rechazar todo esto a tabla rasa no conduce a nada ni convence a nadie, porque algunas de estas taras pueden darse en determinados momentos, ratos y eternidades.
Sin embargo, es esencial comprender que el periodismo contemporáneo es, con todas sus imperfecciones, un impulso múltitudinario e intenso en busca de realidades complejas y que, potenciado por instrumentos modernos, no puede ser concertado dentro de parámetros específicos.
El tsunami de centenares de corresponsales extranjeros que invade estas semanas techos y trasnocha en cornisas alrededor de la sede diplomática es una expresión de este fenómeno, y del afán de retratar lo que está pasando y de difundirlo lo antes posible.
Esta función choca a menudo con gobiernos y fuerzas de seguridad que quieren que se diga muy poco. También con sensibilidades propensas a las malas interpretaciones.
Las fotografías de Jeremy Bigwood (ver carátula y reportaje en página 24) pueden corresponder para algunos en esta categoría, y en CARETAS confesamos haber dudado transitoriamente antes de publicarlas.
Al final, sin embargo, primó el sentido común profesional. Esos emerretistas camuflados en barro formaban grupos escultóricos cuando Bigwood documentó sus maniobras de entrenamiento en las selvas de Yurimaguas en 1992, pero la verdad es que pronto fueron dispersados y derrotados.
Esas fotografías, por otro lado, ilustran una de las demandas públicas planteadas por el grupo del MRTA en la residencia japonesa, que ha pedido ser transportado eventualmente a un lugar indeterminado de la selva peruana para intentar la reedición de una guerrilla foquista o atrincherarse en un Chiapas imaginario de los Andes orientales.
A CARETAS le caben muy pocas dudas de que del MRTA activo quedan afuera apenas rastros, que el ahora recluido Néstor Cerpa Cartolini es posiblemente el único dirigente nacional que no está en la cárcel, y que el reclamo de un reducto en el bosque -de ser sincero y no publicitario- desembocará en un suicidio militar.
Pero observando esos rostros -algunos quizás de muertos- y esas expresiones que lindan con la inocencia, no se puede dejar de apreciar que éstos no son delincuentes comunes.
Allí hay entusiasmos y solemnidades que, si bien acompañan juegos letales y eventualmente criminales, también reflejan ilusiones, quizás ideales.
La pobreza, ¿quién en su sano juicio lo duda?, no se derrotará en el Perú de hoy a balazos, emboscando a soldados y policías, secuestrando y tomando rehenes, y utilizando métodos terroristas.
Pero si se ha de conjurar la violencia política en nuestro país hay que estudiar bien los rostros de hombres jóvenes que se entregan a causas descarriadas.
Y ésa es la otra función del periodismo: ayudar a comprender.

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