

Por AUGUSTO ELMORE
ANTE el trato casi blandengue (hay que decir las cosas por su nombre) que el interlocutor del gobierno le concede al terrorista Cerpa Cartolini, "Don Néstor" (¡!) se lo ha creído y, bien protegido con su arsenal portátil, se ha puesto en sus trece, radicalizando su posición y despreciando las melifluas maneras con que se ofrece la solución oficial. En el trato con terroristas la blandura no paga. Es como darle de comer al tigre.
Soy de los periodistas que creen que la libertad de información no lo autoriza todo, por eso pienso que el colega Humberto Rodríguez, decano del Colegio de Periodistas del Perú, se excedió al interesarse por los periodistas que -sabe Dios cumpliendo qué pacto- se introdujeron en la residencia de la embajada del Japón. El colega y decano, así como algún diario, parece no darse cuenta de que vivimos en una situación -y un estado- declarado oficialmente de emergencia y, además, de sitio. Los periodistas no podemos hacer lo que nos venga en gana con tal de obtener una primicia, y no tiene por qué aceptarse que -repito, sabe Dios a cambio de qué- un órgano extranjero o nacional sirva de vocero de un peligroso grupo de asaltantes subversivos.
La información de la guerra del Golfo, librada por el país en donde se inventó la libertad de prensa, fue manejada por el Pentágono, y allí no hubo metiches como en el caso limeño, ni ayayeros de ninguna clase que clamaran por el derecho a informar. (Clamaron, sí, pero nadie les hizo caso). En las guerras y las crisis un país tiene el derecho de defenderse de sus enemigos, aunque sea mediante temporal -ojo, temporal y limitado- control de la libertad de informar.
Pintas sobran en Lima, la mayoría de ellas absolutamente idiotas (Jaky, Pipo, U, Alex, etc.), pero ninguna tan irresponsablemente desfachatada como aquella que con pintura blanca y grandes caracteres se encuentra impuesta sobre los muros del puente Canadá que cruza la Vía Expresa (y que he visto repetida en muchísimos lugares públicos): ESCARCHADO 4209000. Movido por la curiosidad ante ese desacato al ornato y a las normas cívicas marqué ése que parecía, y era, un número de teléfono, y me enteré de que el metro de escarcha-do se ofrecía a S/. 10 y S/. 15 el metro cuadrado. ¡Qué tal desfachatez! El medio es el mensaje, decía McLuhan, pero así y todo espero que la municipalidad respectiva haga borrar dicha pinta al propio infractor, obligándolo a pintar de nuevo todo el puente y le aplique, además, una multa equivalente al daño causado. Es muy fácil de ubicar: su ambición lo ha perdido: marque el 4209000 y métalo preso, señor alcalde del distrito que sea.
Pero la moda ha proliferado por todo Lima y ahora se ha extendido a casi todos los distritos, en donde la palabra Escarchado seguida de un número de teléfono ha sido pintada en los bordes de las aceras o tapando letreros con el nombre de calles. Así, en la esquina de Javier Prado con la Av. Sánchez Carrión (ex Pershing), aparece uno con la misma oferta y el número 4984306, del que pongo en autos al alcalde de San Isidro para que castigue con justicia esa torpe y desaprensiva agresión a las normas. En Monterrico, San Miguel, Maranga, Lince, por doquier -como una plaga- abundan esas pintas colocadas en pistas, paredes y veredas ofreciendo escarchado. Algunos números detectados a la volada, aparte de los mencionados: 4684305, 4984906. Es hora de que los alcaldes pongan coto a esa majadería.
He llegado a una conclusión: PROMPERU no existe, es una entelequia, una invención nada más. Nadie vela por la imagen del Perú, ni en las crisis como la de la invasión armada de la residencia del embajador japonés, ni respecto del turismo, ni nada. PROMPERU no existe, punto.
Pocas veces he escuchado una lavada de manos como la del general de la Policía Nacional que dijo que no era verdad que ésta hubiese permitido el ingreso del periodista nipón y su intérprete a la residencia de la embajada del Japón. Claro que a nadie se le había ocurrido que la PNP les hubiese dado permiso. No, eso no. Simplemente los dejaron pasar. Porque allí no existe ningún comando ni ninguna autoridad. Ni mucho menos estrategia. La estrategia siempre se lleva a cabo luego de causado el daño y punto.
Doctores Francisco Javier Acosta y José García Marcelo, únicos miembros verdaderos del Tribunal Constitucional, los saludo: ustedes son los únicos que en este país deciden qué es constitucional y qué no. Claro que ustedes, lo que se dice ustedes no, ¿no?
El doctor Carlos Torres y Torres Lara, conspicuo defensor de ese sistema de minorías que imponen su criterio sobre mayorías: para ser consecuente ¿aceptará transplantar dicha fórmula al Congreso, para permitir que la minoría, alguna vez, pueda imponer su criterio sobre la mayoría?
Algún día el MRTA deberá agradecer públicamente a quienes apoyaron su causa y debilitaron la del Estado peruano en esta crisis. Son esas viejas comadronas que "comprenden" sus motivaciones y que, en el fondo, desean la rendición del gobierno ante el chantaje.
A falta de Siura, el gobierno se ha conseguido al congresista Medelius para que legisle sus despropósitos y constitucionalicidios (neologismo aplicable en la actualidad). Siempre hay gente dispuesta a todo, dicen.
Habría que exigir que, una próxima vez, los terroristas que se imponen por la fuerza en la residencia del embajador japonés muestren a algunos de los otros rehenes que tienen cautivos, como el almirante Giampietri, por ejemplo, o los generales de la PNP. El Perú también se interesa por ellos.