
La cotizada fiesta de premiación del Concurso de las 1000 Palabras fue suspendida en consideración a los rehenes secuestrados por el MRTA en diciembre del año pasado. Mientras dure esa situación, CARETAS no hará celebración alguna hasta la liberación de todos los retenidos en la residencia de la embajada del Japón. Sin embargo, por respeto a los ganadores y al público que sigue paso a paso los resultados del Concurso, procedemos a publicar el cuento que mereció el segundo lugar y que pertenece al filósofo, profesor y traductor cajamarquino Víctor Hugo Velázquez Cabrera. La celebración está pendiente.
Me abrí paso hasta donde los hombres, pantalones negros y sacos de bayeta blanca, avanzaban con paso bamboleante con ella sobre sus hombros. El canto agudo de las chinas me laceraba el pecho. Sentí un horrible nudo en la garganta. Para deshacerlo corrí hasta los sauces del sendero y escondí la cara entre las suaves ramas que bajaban hasta la acequia junto al camino y lloraban sus delicadas hojas sobre el agua limpia y murmurante. ¿Qué secretas palabras, para consolar qué penas, murmuraban las aguas? Me incliné lentamente y metí la mano en la fresca linfa. Las sienes eran otro sordo tambor como aquél que había escuchado toda la noche. Me llevé agua a la frente y una tibia frescura me inundó. Una invisible calandria soltó su canto como una limosna. Acariciado por la brisa húmeda me recosté en el tronco áspero y consolador de uno de aquellos sauces.
Miré hacia el cementerio: ya ingresaban los hombres de bayeta blanca entre la mancha castaña y colorada de los ponchos. Uno que otro sombrero se levantaba sobre la muchedumbre en la señal angustiosa del adiós. Habían enmudecido las cantoras. Sólo la voz monocorde del Elías resonaba sus encantamientos como un vuelo de abejas.
Volví a cobrar fuerzas y corrí, esta vez buscando con la mirada por donde entrar. Trepé la pequeña tapia protegida con rotas tejas y de un salto me coloqué delante del cortejo. Mi corazón ya era una piedra más.
Avancé hasta el centro del camposanto y vi la enorme cruz de piedra que marcaba la tumba de los fieles mayordomos y caciques de la comarca. Un musgo suave y oscuro la afelpaba en su base y se rompía en celestes retazos de líquenes. Hacia arriba, anaranjadas ampollas de óxido se dispersaban hasta el labrado superior. Al pie de ella habían cavado ya la fosa, como una enorme boca mendicante.
Entonces volvió a arreciar el aguacero. Los cantos se soltaron de nuevo como palomas de angustia. Volví la vista atrás: colocaban el ataúd sobre dos reatas de cuero, mientras terminaban de cavar la sepultura. Me acerqué y miré: más alta que dos hombres, estaba anegada hasta sus tobillos y tenían que desecarla con gruesos puñados de tierra y de sal gruesa.
Iniciaron el descenso. Los latines se hicieron más altos en el viento y la lluvia mojaba las caras desencajadas y ojerosas. Alguien se desmayó.
Cogí a dos manos la tierra fría y lodosa, más desnuda que nunca, y la tiré con rabia, con ternura, sobre la breve tapa de eucalipto de la caja. Mientras los demás me imitaban, caminé hasta un sauce en la esquina del cementerio por el que se hacía muy fácil saltar afuera. Cogiéndome de sus ramas me deslicé hacia la quebrada cuyas aguas ya crecían turbias y rugientes.
Miré al cielo aborregado, con sus grises lejanos. Sin mi padre cerca, sin su enseñadora presencia, yo no pertenecía del todo a ese abigarrado mundo de tierra y piedra de los indios. Quizás por eso Rosalía repetía, como los ríos repiten los celajes, el amor entristecido de mi madre.
No acababa de ser mi mundo, y sin embargo sentía esa su muerte tan mía. Tan mi primera muerte. Golpeado el pecho por ese misterio tan de cerca, yo no supe qué hacer. Caminé, entonces, a la colina más cercana y me tendí. Así, pecho a tierra, sobre el anís minúsculo del campo, miré hacia el otro lado de la quebrada. Gruesas gotas de otro cielo más dolido y sombrío me mojaron el rostro sucio de polvo y barro.
