
Técnica de Mano Dura
El terrorismo nunca será eliminado solamente con la pura represión.
LEO en el New York Times del 9 de enero, un notable artículo del peruano Gustavo Gorriti, "senderólogo" reputado y actual director asociado del diario panameño La Prensa. También autor, junto a este servidor, de un denso informe sobre el terrorismo latinoamericano, publicado por la revista CARETAS hace la friolera de quince años.
José Rodríguez E. y premonitoria carátula.
En dicho informe, Gorriti ya había llegado a la convicción, a escala planetaria, de que no fueron los sistemas autoritarios los que mejor controlaron el terrorismo: "Aun cuando el empleo de medidas draconianas de control social diera la impresión de haber eliminado de raíz la amenaza, el tiempo se encargó de demostrar que ello no pasó de ser una ilusión".
Ahora, un poco autoexiliado (no se lleva bien con Vladimiro Montesinos) y observando que la toma de la embajada del Japón corrobora su tesis (ha dicho que el gobierno del presidente Fujimori no es un paradigma de democracia), el especialista se adelanta a apoyar una negociación con los emerretistas. Parte de una base pragmática pues, sin desconocer el luctuoso prontuario del MRTA, sabe que "nunca ha sido tan despiadado como Sendero Luminoso".
Tras su opción hay un razonamiento tácito y uno expreso. El primero es que ni siquiera en el rubro espeluznante del terrorismo, cabe echar a todas las organizaciones en el mismo saco. El segundo es que no hay enemigo chico: "Menospreciar a una organización débil como el MRTA, considerándola indigna de cualquier negociación, es miope, por decir lo menos". Advierte, en esa línea, que "varios grupos guerrilleros latinoamericanos (…) pasaron por períodos de debilidad sólo para recuperarse y adquirir más fuerza que nunca". Aprovecha para recordar, maléfico, aquella afirmación presidencial según la cual liquidar al terrorismo peruano había sido "papayita".
Aunque no se pronuncia sobre los "detalles" de la negociación, Gorriti deja en claro que, en determinado momento, debiera producirse una especie de canje: cese total de acciones violentas por una amnistía para los dirigentes prisioneros. Cubriéndose con la experiencia regional, señala que "aun los acuerdos imperfectos entre gobiernos autoritarios y guerrillas han sido infinitamente mejores que las guerras que resolvieron".
ROL DE LA OPOSICION
Si Chile tiene organizaciones terroristas y si lo del MRTA ha sido un test case, como indicara un reciente editorial del diario La Epoca, hay que acusar recibo de este tipo de advertencias. Y, por cierto, entender que se plantean desde un óptimo estratégico, según el cual lo mejor, para la seguridad en democracia, no es tener siempre al lobo en la mira del fusil, sino tener una sociedad sin lobos.
Por tanto, habría que resistir la tentación de enfrentar las emergencias terroristas sólo con esas medidas "técnicas", que algunos identifican como "mano dura". Si podemos pensarnos como parte de una experiencia global, debemos aceptar que el terrorismo nunca será eliminado con la sola actividad policial, ni con la intervención de las Fuerzas Armadas, cuando la vanguardia policial sea superada.
La verdadera eficiencia, en tan delicada materia, supone que las medidas técnicas se dispongan y ejecuten en el marco de una política de Estado -ergo, no confrontacional- que contemple medidas para la coyuntura y para el largo plazo. Esto implica aceptar que el éxito de cualquier acción terrorista, amenaza tanto al gobierno como a la oposición.
Si la oposición de turno no participa de esta lógica, pasaría a ser parte importante del problema, pues no hay terrorismo exitoso sin una oposición cómplice, irresponsable o suicida. Ello sucede, entre otras razones posibles, cuando carece de vocación democrática, no tiene vocación de gobierno o su concepto de la seguridad nacional es más retórico que práctico.
ROL DE LA INFORMACION
En segundo lugar, una política de Estado se define tras procesar la información interna y externa disponible, de la manera más científica y menos partidista posible. Esta tarea, de inteligencia neta, debe perseguir un fiable y desprejuiciado conocimiento de las organizaciones terroristas, su historia y sus contextos. Los analistas respectivos deben estar en condiciones de distinguir, para poder matizar, partiendo de las premisas de que nadie es igual a nadie y de que unos son más recuperables que otros.
Un análisis prospectivo podría demostrar que el riesgo mayor es que el actual terrorismo selectivo se convierta en masivo, gracias a que sólo se lo enfrentó con la fuerza y a que los opositores "duros" vinieron a reaccionar cuando era demasiado tarde. De paso, ésa es la lección más clara del vecino Perú, donde el senderismo emergente fue mirado desaprensivamente por las izquierdas del sistema, hasta que también ellas se convirtieron en víctimas de las hordas de Abimael Guzmán. Si hoy el opositor Javier Pérez de Cuéllar apoya al gobierno de Fujimori, en su enfrentamiento con el comandante Evaristo, es porque su sociedad ya conoce el balance del espanto: más bajas en la lucha antiterrorista que todas las de la Guerra del Pacífico; pérdidas económicas contingentes superiores al monto de la deuda externa, y riesgo permanente de no calificar para los niveles de seguridad que hoy exige la economía global.
Sobre tal base, podría ya intentarse una respuesta para dos preguntas básicas e interrelacionadas. La primera, a quiénes ha beneficiado y a quiénes ha perjudicado la acción terrorista. La segunda, a quiénes beneficiaría y a quiénes perjudicaría la inserción o reinserción social y política de los terroristas arrepentidos.
Seguir esa pista obliga a recordar un poco la historia. Desafortunadamente, ese poco ya no cabe dentro de esta columna.
Todos los rehenes coinciden en que es tranquilo e inspira confianza. Varios periodistas japoneses confían en que el "Arabe" podrá transmitirle a Cerpa la serenidad necesaria para llevar a buen fin el incidente.
Antes su nombre de combate era "JC", como el protagonista de una novela. Pero para Rolly tenía un significado diferente: "joven comunista". A su retorno a Lima, un error de novatos compañeros, a quienes instruía en el robo de autos para usarlos como coches-bomba, permitió que la Policía los capturara.
Rojas fue uno de los que fugó de Canto Grande con Polay por el túnel en 1990. Se encargó de reestructurar el movimiento y ahora es quien dirige conjuntamente con Néstor Cerpa y "Tito" la toma de la embajada.
POR el cabello cano, la contextura y el tono de voz, Rolly Rojas Fernández fue reconocido por sus familiares luego que se propalaran los videos de los periodistas que ingresaron a la residencia el 31 de diciembre. Pero "El Arabe" había sido identificado por la Policía casi desde el principio, gracias a la ayuda de otros policías que estuvieron como rehenes y lograron salir mostrando carné de abogado.
Rojas, de 34 años, estudió sociología en la Universidad San Martín de Porres. Para pagar la universidad trabajaba como cobrador de microbús. En la universidad integró la JCR -Juventud Comunista Revolucionaria-. Participó en 1982 en la huelga contra el rector Raúl Peña Cabrera y contra el alza de pensiones. En ese tiempo el MRTA empezaba a germinar en varios grupos izquierdistas hastiados de la legalidad.
A Rojas no le fue difícil integrar las filas del naciente MRTA. En la huelga se había caracterizado por encabezar los disturbios y enfrentarse a la Policía.
Ya en la organización, recibió entrenamiento militar. Fue enviado a un campo de preparación del MRTA en la provincia de Rodríguez de Mendoza. A su retorno a Lima, en el año de 1985, fue uno de los jefes de los destacamentos de avanzada, cuyas primeras misiones eran cometer atentados contra agencias bancarias y oficinas del Estado.
Luego, el propio Víctor Polay lo designó para manejar las "casas de seguridad" y realizar secuestros como el de Raúl Hiraoka y Antonio Furukawa entre otros.
Fue destacado al Frente Nor Oriental y participó en la preparación de los destacamentos. Por sus estudios de Sociología, fue profesor en las denominadas "escuelas del pueblo".