Transición


Por HAROLD FORSYTH
Déficit Democrático
DESDE la caída del Muro de Berlín, la democracia representativa se ha visto catapultada hacia límites insospechados de credibilidad y prestigio. No es extraño que esto haya ocurrido, en la medida en que el sistema democrático es el que rinde culto -más que ningún otro- a la libertad personal y colectiva y al derecho de escoger entre varias opciones.
Estos últimos años de verdadero júbilo democrático podrían verse confrontados, sin embargo, con una súbita demanda de resultados concretos y por una definición del concepto que le dé a la democracia un alcance más humano, más social y, si se quiere, más cotidiano.
No se trata de retomar el viejo y desprestigiado camino de cuestionar la legitimidad de la democracia por su supuesto contenido "burgués", así como tampoco parece dable encarar el problema a partir de la provocadora tentación de apelar directamente al pueblo, al margen de las instituciones, en procura de una supuesta "democracia verdadera".
El politólogo francés Pascal Bruckner advirtió sobre este problema en su libro "La Melancolía Democrática", en el cual propone redefinir las formas de representación heredadas del siglo XIX para evitar que, desaparecido el tremendo peligro del comunismo, la democracia pierda su adversario más temible y, en consecuencia, se vuelva "melancólica". Y la melancolía, en este sentido, significa apatía, desinterés, abulia y, eventualmente, ineficiencia.
Francis Fukuyama repitió, hace algunas semanas, en Arequipa, su conocida oda sobre el fin de la historia y el triunfo de la democracia como "el horizonte indispensable de todo régimen político". Con esta frase, el genial filósofo y politólogo norteamericano empequeñece la más famosa de Churchill: "la democracia es el peor de los sistemas... a excepción de todos los otros".
Pero por algo será que, muy recientemente, los ambientes académicos europeos han expresado su preocupación por el futuro de la democracia y por lo que consideran el grave riesgo que ésta se vea "confiscada por un pequeño grupo de privilegiados". Y es así que se ha acuñado el concepto "déficit democrático" con el cual pretenden medir las fallas del sistema y la distancia que existe entre esas fallas y su punto ideal.
Se trata de darle a la democracia un contenido estadístico comparable, por ejemplo, con el Indice de Desarrollo Humano inventado por la ONU para medir los niveles de la pobreza y en el cuál nuestro país ocupa el puesto 94. No es difícil imaginar, ciertamente, cuál sería la ubicación del Perú si se llegara a perfeccionar un índice parecido para determinar el nivel o la profundidad de la democracia en nuestro país.
Evidentemente, los politólogos europeos en boga aceptan el significado de las elecciones como una fuente insustituible de legitimidad. Pero si los niveles no sólo de la pobreza sino -especialmente- de la desigualdad, así como la disminución de las oportunidades para quienes no pueden competir por sí solos, están generando una honda preocupación inclusive en Europa, cabe imaginar cómo operaría este mismo razonamiento para países como el nuestro. En otras palabras, ya está claro que las elecciones no bastan.
En un desafiante artículo publicado hace pocas semanas en "Le Monde Diplomatique", Ignacio Ramonet llega a afirmar que -hoy- "la democracia rima con el desmantelamiento de un sector del Estado, con privatizaciones, con el enriquecimiento de una pequeña casta de privilegiados...". En nuestro país, la democracia rima, también, con otras cosas que es innecesario recordar aquí.
En todo caso, la idea de compatibilizar la necesidad de más y mejor democracia con el camino preciso que conduzca a su satisfacción ya no puede limitarse a enunciados teóricos. Es decir, así como el mercado se rige por la oferta y la demanda claramente expresados en cifras concretas, la calidad de la democracia -en cada caso particular- debería medirse por todo un conjunto de variables expresadas objetivamente.
Esto es vital para el Perú pues aquí existe un evidente déficit democrático en oposición a un también evidente superávit de autoritarismo, hecho fácilmente comprobable en cualquier análisis riguroso. Los peruanos deberíamos tomar nota de ello y obrar en consecuencia.

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