
La Falsa
Modernidad
Reciente libro de Alan García Pérez levanta polvareda política y plantea de nuevo el dilema de su retorno a la arena política y lavar sus culpas.
La noche del pasado jueves 23 de enero, se presentó el libro de Alan García Pérez en el auditorio del Colegio de Abogados. Raúl Vargas fue uno de los comentaristas de ese libro que, por cierto, es más un pretexto político para marcar el reinicio de la discutida actividad política del ex mandatario. A continuación el texto preparado por Vargas.
Raúl Vargas entrevistando a Alan García en el año 1991.
UN periodista, por definicióno no puede ser discreto, de modo que tengo el derecho de preguntarme ¿qué hago aquí? Un ex presidente de la República presenta un libro; lo que debería ser un hecho normal se convierte, por obra de la intolerancia, en algo problemático.
Respetados amigos me han aconsejado que evite este trance, porque al fin y al cabo hay que conservar o ganar espacios. Para mí, que soy periodista, siempre ha sido motivo de estupefacción ver cómo las vanidades del poder pueden trocarse, al poco tiempo, en proscripción y denuesto.
Alan García Pérez, a pleno título ex presidente constitucional del Perú, es una incomodidad. Quienes en el pasado hubieran dado mucho por estrecharle la mano hoy se ufanan de voltearle la cara, incluso con seudo orgullo cívico. La mano de este otrora poderoso importó tanto entonces, ¿ por qué en cambio ahora constituye un escándalo?
No es el Perú un país de viva voz y de debate abierto. La tentación de los extremos nos hace áulicos ayer,hoy invectivos. Valientes ante la caída, nos creemos heroicos cuantos antes preferimos contarnos en la corte virreynaticia que rodeó a AGP, sin lugar a dudas.
Sin embargo, García insiste.No quiere quedarse en silencio. Un político es hijo de sus obras, también de las respuestas a los ataques de sus acérrimos enemigos. AGP cree, confía y espera que hoy sí pueda ser oído.
Pero el problema es si su alegato es conciencia rectora.En la obra que comentamos tiene un pequeño apéndice sobre los "errores económicos" de su gobierno; todo lo demás es inútil demostración de que fue acertado e incluso visionario opositor del yugo de las transnacionales, el FMI, el neoliberalismo, el neofascismo,etc. Palabras mayores para una realidad que, dicha simplificadamente, resultó en mal gobierno.
AGP cree que la coyuntura le dará la razón, por eso su libro es pretexto político, no pensamiento. Para que Haya de la Torre tenga la estatura del visionario -lo ha demostrado Hugo Neyra- han tenido que mediar décadas y una actitud ética y un nervio intelectual que hoy, con sinceridad, habría que reclamarle a AGP.
La política no es obra de intelectuales ni de periodistas. Pero da la casualidad que los que estamos sentados en esta mesa no somos políticos.Los hay de gran valía intelectual, hay periodistas, pero sobre todo conciencias libres. En nombre del ejercicio de la razón, hay que reprocharle a AGP que tan sólo se limite a la coyuntura antes que prodigarse en un esfuerzo intelectual mayor.La envergadura del pensamiento que ve al Perú de hoy, que no es sólo justificación de la obra pasada, sino auscultación profunda y seria de los cambios que ocurren en el Perú desde 1990.
Quisiera explicarme. El tema, para empezar, no es AGP- versus Fujimori, en todo caso no es el tema del país salvo para ambos protagonistas. Aunque parezca algo excesivo, ambos padecen de una ceguera: creer que las masas reclaman su mesianismo. Estas reclaman -he ahí el eco antiguo de Huamán Poma- un " Buen gobierno".
Fujimori creyó que bastaba proscribir, satanizar a García para que se entendiera y justificara su régimen cesarista. García cree que volverá satanizando a Fujimori; pero el asunto es como comprenderán mucho más complejo.
Hay un tempo político, de acuerdo. La cábala puede conducirnos a decir que dentro de pocos años AGP estará de nuevo en la escena política y que Fujimori conocerá también la afrenta de la caída.
Ambos enemigos serán al mismo tiempo que actores,víctimas de una realidad que los supera y los desnuda en sus debilidades. A fuerza de desengaños los peruanos hemos aprendido que el gesto político ya no es la gesta política y queremos gobernantes creadores más que caudillos, hijos del azar.
Alan García fue a los 31 años el gran líder que ocupó la Secretaría General del Apra y a los 35, Presidente. A todos nos consta que luego prefirió el abismo. Esa es la gran cuestión que tendrá que explicarnos, ése es el gran libro que todavía se debe y nos debe.
Fujimori surgió con la promesa de ponerle tranca al neoliberalismo, pero al convertirse en su más fiel servidor tiene ya muy poco que decir y mucho que pagar.
Ambos fracasos no han impedido sin embargo que el Perú continúe y que el horizonte político les deje poco espacio. Desconfía de los políticos,busca nuevos actores, no cree en las bellas palabras y sabe que labrando su propio perfil tiene que asumir revolucionariamente la modernidad.
El Perú es antifondomonetarista no porque los economistas de avanzada lo proclamen así, sino porque las categorías económicas se quedan cortas frente a la informalidad, el desempleo, la antigua marea andina que conjuga pragmáticamente milenarios y actuales proyectos.
AGP representó a la juventud pero sus pactos con la vieja política arrugaron su lozanía.Lo que a Fujimori lo refuerza es el hecho que representó a un hombre que se hizo solo, desde abajo, pero terminó claudicando ante los poderes imperiales y oligárquicos.
No puedo decir que "La Falsa Modernidad" no sea un libro desafiante, polémico, incluso con resonancias latinoamericanas, pero sí puedo alegar que parece distante de las rutas que este país está a punto de transitar.
AGP cree que con su libro reabre una oportunidad política. En realidad, para inaugurar su retorno tendría primero que recorrer el camino de Damasco ( verse a sí mismo, confesar errores, no creerse ni mártir ni apóstol) y, segundo, que preguntarse cómo recuperar un crédito dilapidado y un partido de antigua data con una juventud a la que le quitó injustamente su oportunidad.
¡Qué curiosa disyuntiva generacional la de AGP! Con su juventud y su acceso al poder quemó a una generación. Con el lastre de una política gubernamental no suficientemente esclarecida condena a los jóvenes de una nueva generación al ostracismo.
"La Falsa Modernidad", mal que le pese, no hace de Alan García un líder. Básicamente, como ocurre con todo exiliado, es testigo de la ira y profetiza tiempos nuevos. Esos, sin embargo, no pasan por la reiteración del error sino por la firme convicción de que las mieses maduran y de que hay que dejar nuevos espacios a nuevos liderazgos.
Sólo un periodista puede tener la impertinencia de decirle a un amigo que el debate de la falsa modernidad en el Perú no sólo sirve para justificar antiguas posiciones sino para proponer vías inéditas.
A estas alturas, se estarán preguntando qué tienen que hacer estas afirmaciones con "La Falsa Modernidad". Tengo la impresión que no se trata de discernir entre el péndulo social democracia-neoliberalismo sino de optar por una condición revolucionaria acorde con los nuevos tiempos. Esa perspectiva aún sigue siendo la tarea de los políticos que vendrán.
La distancia, la ira, la falta de tribuna, el hiriente despecho de las masas son móviles comprensibles y respetables para producir un libro como "La Falsa Modernidad". Sin embargo, con la voz del amigo y el escéptico, reclamamos una obra distinta que ya no gire en torno del caso de AGP sino de los reclamos, las urgencias y los desafíos de un país diferente, más justo, más democrático y más libre.