El Show de las Armas


La Técnica de la
Llave Inglesa

Intervención modelo de una fuerza de elite: el SAS en la embajada de Irán. Londres, 1980. El escenario de la calle Edison, sin embargo, es muy distinto.

Luego de debutar en la Segunda Guerra Mundial el SAS ha participado en Borneo, Malaya y la guerra del Golfo. Su curriculum incluye liberación de aviones secuestrados operación que requiere estrategia especial.

EL 30 de abril de 1980 seis terroristas iraníes tomaron la embajada de Irán en Londres. Entraron por la puerta principal a las 11 y 32 de la mañana, encontrando sólo la limitada resistencia del agente Trevor Lock del Grupo de Protección Diplomática de Scotland Yard. Antes de ser inmovilizado del todo, Lock activó secretamente una llamada de emergencia desde su radio transmisor escondido en la solapa.
Había 26 rehenes. Los atacantes mataron inicialmente al agregado de prensa y un trabajador de la embajada. Y anunciaron que seguirían matando a un rehén cada treinta minutos hasta que sus demandas fueran atendidas. El primer asesinato había activado la participación del Special Air Service -fuerza especial inglesa creada en 1942 considerada la mejor del mundo-, bajo el procedimiento estándar de que una vez ejecutado el primer rehén, una solución militar es inevitable.
Hacia las 2 p.m. el Escuadrón de Apoyo Técnico, especializado en vigilancia electrónica, ya se encontraba trabajando en la zona. Gracias a eso el SAS pudo establecer que los terroristas contaban con dos subametralladoras belgas M2 de 9mm, pistolas Browning, un revólver calibre 38 y algunas granadas de guerra chinas.

Expertos en armas, sabotajes, infiltraciones y lucha cuerpo a cuerpo, los miembros del SAS británico son la crema de las FF.AA. británicas.

En el "Día Uno" de su operación, el SAS delineaba un curso de acción en una edificación londinense similar al de la embajada. Un periodista de la BBC que había sido rehén y luego liberado, era minuciosa fuente de información respecto al número y ubicación de los terroristas. Fotos de los rehenes fueron distribuidas entre los comandos y planos del interior estudiados a fin de poder diferenciar entre rehenes y captores, eliminando a estos últimos apenas entrasen al edificio. El plan suponía el ingreso de tres equipos, cada uno consistente de cuatro hombres. Dos equipos entrarían por el techo, asegurando sogas a las chimeneas para descender hasta los balcones del segundo piso. Mientras, el primer grupo utilizaría escaleras para llegar al mismo lugar.
Cada equipo llevaba un marco de explosivos plásticos para ser adherido al propio marco de cada ventana, logrando un violento corte quirúrgico de las mismas. Además de sus subametralladoras Heckler y Koch MP5, cada uno llevaba la clásica pistola Browning 9mm Hi Power. Estaban equipados también con flash-bangs, granadas de magnesio que crean una estela brillante de luz a la vez que una potente detonación, pero que no hieren a las víctimas.
El SAS se enteró por transmisores secretos que la mayoría, si no todos los rehenes, eran retenidos en dos grupos en el segundo piso. El equipo de asalto se mudó a una casa vecina de la embajada a esperar la orden de ataque. En la tarde del 2 de mayo un reconocimiento del techo de la casa-base les permitió encontrar un tragaluz removible. Por ahí llegarían al techo vecino. Ahora era sólo cuestión de esperar.

Tras vigilancia electrónica, entrevistas a rehenes liberados y ensayos, el SAS intervino. Sólo un terrorista salió vivo.

El 5 de mayo, a la 1.31 p.m., la Policía reportó disparos dentro de la embajada. A las 6 y 50 hubo más disparos y el cuerpo de un segundo rehén fue arrojado por la puerta principal. El presidente del Comité Ministerial del Manejo de la Crisis dio la orden para comenzar el asalto. A las 7.07 p.m. la Policía entregó al comandante del SAS la orden escrita que les daba el control de la situación. Simultáneamente un negociador de la Policía seguía hablando con los terroristas sobre sus demandas, pero la situación ya estaba en otras manos.
A las 7.20 p.m. una cámara de televisión captó a un grupo de encapuchados del SAS emergiendo de un tragaluz de una casa vecina a la embajada. A las 7.23 se oyó la detonación de las cargas explosivas, seguidas inmediatamente de granadas cegadoras y chorros de gas lacrimógeno que inundaron el interior del recinto. Tres minutos después dos hombres descendían de sogas que iban del techo hacia el balcón.
Mientras el equipo de abajo demolía ventanas para lograr el ingreso, se percataron que otro de los escaladores, atrapado en su propio arnés, yacía colgado junto a una de las ventanas. Las llamas de la explosión, que ya ardían dentro de la embajada, lo habían alcanzado. Cortaron sus amarras y continuaron derribando lo que quedaba de la ventana con un hacha.
Dentro de la embajada los terroristas ya estaban bastante avisados del ataque. El líder de los sediciosos apuntaba a uno de los del SAS entrando al edificio, cuando fue derribado por el Constable Lock, que recién entonces sacó su pistola calibre 39 que había llevado escondida todo este tiempo. Mientras peleaban, el SAS entró al cuarto ordenándole a Lock que se apartara. Lock rodó hacia un lado, y el terrorista fue acribillado por una ráfaga controlada de la MP5. Los terroristas empezaron a disparar sin ningún orden, alcanzando a un rehén en la cara e hiriendo a otros dos más. Cuando los SAS ganaron el lugar los terroristas arrojaron sus armas e intentaron confundirse entre los rehenes, algunos de los cuales intentaron escudarlos en un típico caso de Síndrome de Estocolmo. Los SAS, a punta de gritos, conminaron a los rehenes a delatar a los captores. Sucedió inmediatamente, y les dispararon ahí donde estaban, a fin de evitar la detonación de cazabobos o la utilización de armas escondidas.
El último terrorista fue abaleado luego que se encerrara en un cuarto. Los SAS volaron toda puerta cerrada a fin de asegurar que no quedase ningún otro hombre armado más. Sin ceremonia alguna, los rehenes fueron esposados para asegurar que no hubiera algún terrorista entre ellos, y así salieron de la embajada. Un solo terrorista salió vivo.
A las 8.15 p.m. el trabajo del SAS ya había terminado y ellos desaparecían del lugar en camionetas encubiertas. Se dirigieron a una fiesta privada con la Primera Ministra Margaret Thatcher, bebieron cerveza y champagne y vieron la grabación del asalto en televisión.