
Residencia en el Lejano Islote del ensueño
Rodolfo Pereira escribió este cuento en los primeros años de la década del 70. Lo envió a un concurso en Argentina, allá lo premiaron, pero por razones hasta hoy ignoradas, los originales desaparecieron y nunca se pudieron editar. La sensación de pérdida lo acompañó durante mucho tiempo hasta que 25 años después decidió reescribirlo. "Residencia en el lejano islote del ensueño" es un homenaje a Cajamarca, a los recuerdos juveniles pasados en la tierra del molle y los eucaliptos y al poeta trujillano Manuel Ibañez Rosazza con quien Pereira formara el grupo literario "Trinchera Mágica" a finales del sesenta.
LA primera señal llegó desde los cielos, pero nadie se dio cuenta. Aquella tarde la tempestad oscureció la ciudad y las calles quedaron convertidas en ríos. Era imposible distinguir nada. Cuando caminábamos por las aceras buscando refugio entre los techos más altos, escuchábamos las voces de los otros transeúntes caminando por la vereda de enfrente, pero no podíamos verlos. A veces los murmullos llegaban desde nuestras espaldas y había que recostarse en la pared, para permitir el paso de los escolares que salían apresurados del colegio rumbo a sus casas. Ese día empezaron a desaparecer las cosas.
Primero fueron las llaves del Sagrario del Corazón de Jesús. Recuerdo que mi madre salió temprano para ir a misa, como todos los primeros viernes de cada mes. Ella era una de las más entusiastas de su grupo, el Círculo del Rosario, y siempre llegaba temprano, porque prefería la soledad de la capilla para rezar por todos sus familiares, especialmente por mi hermano Jaime, que había perdido el trabajo un mes atrás y todavía no encontraba una vacante en la clínica "Horizontes". El fue despedido por llegar con algunas copitas de más a realizar una operación quirúrgica, creo que tenía que extirpar una vesícula o algo así, y por pura casualidad estaba presente en la sala el director del Hospital, porque la paciente era su suegra. Mi hermano dice que la culpa de todo la tiene mi mamá, porque ese día él se quedó en casa con los amigos celebrando el cumpleaños de mi vieja. Desde que le escuchó decir esas, mi madre empezó a sentirse mal, con sentimientos de culpa, y todos los viernes iba a la iglesia a rogarle a la Virgen de Lourdes para que le consiga un trabajo a mi hermano. Pero esa vez no pudo entrar. En la puerta estaba Jacinto, el viejo sacristán, dándole vueltas y vueltas a la cerradura con un desarmador, porque había perdido las llaves. Estuvieron como media hora intentando abrir la capilla, incluso las integrantes del Círculo quisieron abrir la puerta con una pata de cabra que consiguió la señora Melchorita, pero no pudieron entrar. Ahora sabemos que ésa fue la primera señal, pero no sería la última.
El gordo Grau dice que a él le tocó ser testigo de la segunda desaparición. En su billar, que es una de las pocas distracciones del pueblo, los viernes por la noche las cuatro salas de juego están que revientan. Mientras beben sus cervezas, los jugadores son alentados por los otros parroquianos, que también esperan su turno para pegarle a las bolas. A veces se arman unas grescas descomunales, cuando alguien no respeta los turnos de llegada. El gordo Grau dice que él estaba atendiendo en el bar, cuando escuchó desde la última sala el enorme vozarrón del doctor Enrique Fernández. Su voz es imposible de confundirla, porque todos los domingos sus gritos se imponen desde las gradas del estadio municipal, donde juega el UTC, el equipo local. Sentado siempre en las graderías de sombra, al lado del arco sur, la voz del doctor suena como un trueno, y por más bulla que hagan los muchachos de la barra, la voz del doctor termina sepultando cualquier entusiasmo colectivo.
El gordo fue presuroso hasta la última sala y allí se encontró con el doctor Fernández, rojo de cólera:
-¡¿Dónde carajo están las bolas?¡ -le gritó en la cara.
Eso no fue todo. Si alguien se hubiese puesto a hilar las cosas raras que empezaron a ocurrir en la ciudad, hoy no estaríamos aquí, metidos en este infierno.
Tomishato, el peluquero japonés que iba de casa en casa con sus utensilios metidos en una maleta, tuvo que irse a la policía a denunciar el robo de sus máquinas para cortar el pelo. Pero a esas horas, la comisaría era un hormiguero de gente. A todos se les había perdido algo. Doña Catita decía que algún malvado le había robado sus lentes para coser, Ramón llegó hecho una furia quejándose del descuido policial, porque los postes del alumbrado público habían desaparecido desde ese viernes primero de mayo.
El comisario empezó a sospechar que algo muy raro estaba ocurriendo cuando escuchó las protestas de don Gustavo, el farmacéutico.
-La calle Amazonas no está. Yo sé lo que le digo. Y hoy no me he tomado ninguna copita de vermouth.
Los últimos en darnos cuenta de la tragedia fuimos los que estuvimos en el cerro de Santa Apolonia, haciendo volar nuestras cometas. Eramos un grupo como de veinte, y estábamos participando en la competencia anual de cometas. Las había de todas las formas y colores. La mía era una nave interplanetaria, con el símbolo de la NASA y todo. Mi primo Fernando llegó corriendo hasta donde estaba.
-¿Qué le pasó a tu cometa?
Miré hacia arriba y vi que el hilo que jalaba se perdía entre las nubes, y no pude ver a mi cometa. Jalé y jalé con todas mis fuerzas pero fue imposible bajar a mi nave. Después de muchos intentos, lo único que obtuve fue el cabo de mi cuerda, que cayó a mis pies como una ave herida.
Pero lo peor de todo ocurrió cuando nos acercamos hasta la silla del Inca, desde donde se divisa el valle. Todos nos quedamos paralizados: la ciudad había desaparecido por completo. Con el espanto ni siquiera pudimos gritar. A lo mejor si hubiésemos abierto la boca, también se nos habrían perdido las palabras, no sé. Lo cierto es que nadie dijo nada. Yo trataba de imaginarme dónde podría quedar mi casa, en medio de ese valle súbitamente virgen, rodeado de una espesa vegetación, lleno de árboles y animales salvajes, como si fuese el primer día de la creación, la primera mañana de los tiempos, el nacimiento del mundo. Y cuando volteé para encontrar a mis amigos, me di cuenta que estaba solo, y que todos habían sido tragados por la sombra.
Yo fui el último en desvanecerme. Y desde entonces vuelvo a la vida cada vez que alguien lee estas letras, antes que el punto final me devuelva otra vez a las tinieblas, donde habito.