Transición


Por HAROLD FORSYTH
Perú 2,020
DURANTE el último CADE '96, efectuado en Arequipa, el experto norteamericano Joel Barker realizó una exposición altamente motivadora y sugerente sobre la importancia que tiene para un país tener una visión clara y definida sobre su propio futuro.
Para Barker, una visión es "sueños en acción", es decir, la capacidad de fijar un objetivo modelo y efectuar todo el conjunto de acciones destinadas a alcanzarlo. En este mismo sentido, el conferencista citó una frase de Henry Kissinger: "El presente siempre tendrá precedencia sobre el futuro a no ser que se tenga una visión poderosa".
Y, lamentablemente, en el Perú, el aquí y el ahora siempre han tenido y tienen una importancia muy exagerada en relación con el futuro. Dicho en otras palabras, el futuro parece estar en desventaja frente al presente y eso impide que veamos la realidad.
En la reciente -y curiosa- clasificación de los países hecha por la flamante Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Madeleine Albright, es de esperar que el Perú se ubique en las llamadas "democracias emergentes", puesto que no formamos parte del grupo de los "fracasados" ni, mucho menos, de los "forajidos".
No obstante, a pesar de que la historia del Perú es -también- una historia de sueños frustrados, a los peruanos nos falta tener una "visión" y corremos el riesgo de quedarnos en una situación de "emergentes" si no definimos cuál es nuestro sueño y cómo pensamos llegar a él.
Hace algunas semanas, el ministro de Relaciones Exteriores de Malasia -presente el Lima para interesarse por su embajador secuestrado en la embajada japonesa- me comentó diversos aspectos del proceso de desarrollo de su país y los espectaculares éxitos que ha logrado en la lucha contra el atraso y sus elementos constitutivos. Aludí, entonces, a la condición de "país desarrollado" que, de acuerdo con cualquier estándar razonable, había alcanzado Malasia.
Pero el comentario del canciller fue sorprendente, ya que me indicó que el "desarrollo" sería logrado recién "en el año 2,020", es decir, dentro de 23 años. No fue difícil comprender, entonces, que la clave del gran suceso en que se ha convertido Malasia estriba en algo muy simple: su visión.
Y allí recordé que Barker, en la conferencia aludida, comentó que había observado, camino a Kuala Lumpur, un enorme letrero de neón que decía "Visión 2,020" y que, al preguntarle al taxista si se trataba de alguna empresa, éste se sintió ofendido y respondió que era "nuestra visión para Malasia".
Cabe aquí preguntarse si los peruanos seríamos capaces de forjar un proyecto colectivo que defina nuestro rumbo y que nos haga sentir orgullosos a todos. Según Joel Barker, en primer lugar, un país visionario se enfoca a sí mismo como una meta; en segundo lugar, piensa en invertir para el futuro y, en tercero, no cambia sus valores centrales medulares.
Hace algún tiempo que hay quienes nos repiten que el Perú se convertirá en un país "poderoso" o que seremos capaces de emular a los "tigres" del Asia. Nadie niega que ha habido progresos pero una visión compartida es, por definición, consensual. Además, es obvio que un país sin clase media sólo puede ser, parafraseando a Mao, un "tigre de papel".
No pueden quemarse etapas imprescindibles y es absurdo pretender una visión sobre la base de voluntarismos políticos. No obstante, hay algunas metas realistas que podríamos trazarnos junto con una estrategia compartida para alcanzarlas. Sólo a nivel de ejercicio, podemos suponer que, hacia el año 2,020, el Perú podría lograr reducir la pobreza del actual 50 por ciento a un manejable 18 por ciento y, al mismo tiempo, reducir el desempleo y lograr la incorporación de un importante número de peruanos al proceso de la producción y del consumo.
En el año 2,020, el narcotráfico en el Perú debería estar erradicado, la delincuencia reducida a niveles que permitan la actuación eficaz de una policía moderna y la corrupción controlada. Asimismo, la administración de justicia debería ser eficiente y los poderes jurídicos independientes del gobierno.
La Fuerza Armada, al mismo tiempo, debería visualizarse al margen de la política y absolutamente dedicada a garantizar nuestras necesidades de defensa, con una dimensión coherente con la estructura de paz que está llamada a prevalecer en América Latina.
Soñar, ciertamente, no cuesta nada. Lo que resulta difícil es convertir los sueños en realidad. Allí es donde los peruanos no hemos tenido suerte por la falta de una visión que nos dé la energía necesaria para el éxito y por nuestra inveterada costumbre de dejar el futuro... para mañana.

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