
La Fe al Día
Gustavo Gutiérrez reúne en libro artículos y ensayos que plantean la trascendencia de lo cotidiano.
EN su libro hay una primera parte dedicada a las encíclicas de Juan Pablo II que propone la primera cuestión: ¿qué significado tienen hoy las encíclicas?
-En un sentido formal, una encíclica es la expresión de la enseñanza social de la Iglesia. Es la manera como la Iglesia observa la sociedad y los problemas de la misma.
"La fe es una realidad actuante no un monolito inerte".
Creo por lo demás que este Papa ha renovado muy especialmente el pensamiento social de la Iglesia. Esto comenzó con Juan XXIII con sus dos grandes encíclicas "Mater et Magistra" y "Pacem in terris". Este Papa ha renovado aún más el mensaje. Su primera encíclica sobre el trabajo humano es de una radicalidad grande, lo que le permite sentar algunos principios que lo hacen muy crítico de posiciones, ellas mismas antagónicas.
Cuando él escribe en 1982, conmemorando los 90 años de la Rerum Novarum, poniendo como principio básico algo que puede parecer elemental que la persona es más importante que el trabajo y que el fruto del trabajo, da en el nudo de la cuestión. Puede así criticar todo tipo de sistema que haga pasar las cosas antes que los seres humanos, tanto el capitalismo como el comunismo.
-La cuestión es ¿cuánta audiencia e influencia tienen hoy las encíclicas en un mundo materialista, que parece poco proclive a la espiritualidad?
Gustavo Gutiérrez defiende la opción de los pobres y señala que Juan Pablo II ha renovado el pensamiento social de la Iglesia.
-Sin duda muchas cosas contribuyen a la conformación del mundo contemporáneo, pero la autoridad moral de la Iglesia y del Papa hacen que las encíclicas tengan peso y repercutan. Pensar que las encíclicas cambiarán la mentalidad -incluso de los cristianos- de la noche a la mañana es mucho pedir. Son textos que se incorporan a un conjunto de inquietudes, a todo un mensaje, que provocan reflexiones -también críticas- acerca del mundo de hoy. No se les puede reclamar alcances milagrosos, porque además ésa no es la intención.
-¿Por qué considerar a Juan Pablo II propiciador de una apertura teológica, cuando existía más bien la impresión de que se trataba de un pontífice conservador? ¿No es acaso un Papa que vio inconveniencias por ejemplo en la teología de la liberación?
-No creo que la cosa sea así. El asunto es que las teologías que se hacen al interior de la Iglesia son susceptibles de debate y, por lo mismo, se les puede pedir a los autores una fundamentación de lo que afirman, respuestas a interpretaciones equivocadas acerca de lo que sostienen. En el fondo siempre ha habido esto, lo que pasa es que como este asunto es medio conflictivo, los medios de comunicación le dieron más revuelo, quizá.
Pero en cuanto a la figura del Papa hay que decir que siempre ha tenido posiciones sumamente abiertas en materia social, tal como lo demuestran los textos, no sólo mi comentario. El Papa ha reafirmado por ejemplo de muchas maneras y repetidas veces el tema central para toda la Iglesia, pero que comenzó en América Latina, de una fe y de una opción por los pobres.
El ha dado un respaldo muy grande a esa perspectiva liberadora.
-En su libro hay una segunda parte, intensa, sobre la Iglesia latinoamericana. Llevados a pensar en la Iglesia como totalidad, como universalidad, ¿cómo entender esta afirmación de Iglesias parciales, regionales?
-No habría dificultad si entendemos la Iglesia como una totalidad viviente, no como un monolito inerte. Creo que la Iglesia en América Latina se ha ido afirmando ante una realidad que le es propia, que no es la misma de Africa o de Europa. Ha ido mirando su realidad cara a cara, por lo tanto, se ha hecho más adulta. Pero el ser adulto no es una figura para decir no seas como los otros sino de decir que se es con otros, se dialoga con otros, se afirma en sí y en los demás. La adolescencia es la que más bien a veces no reconoce autoridad. La Iglesia en América Latina ha llegado a un proceso en las últimas décadas sumamente rico e interesante. Para poner una fecha -siempre arbitraria- diría que en Medellín, 1968 comienza una perspectiva de la Iglesia latinoamericana de ver de frente su realidad y el reto que significa la inmensa pobreza del continente para la buena nueva del Evangelio.
-¿Llevó ese proceso a un cambio en América Latina en materia de democracia, justicia, solucionar viejos males?
-La pregunta es correcta pero la respuesta no es fácil. Primero, porque no se puede esperar tanto de una institución aunque sea, como la Iglesia, de peso innegable. Pero no tan de peso como para cambiar las cosas de un día al otro. Creo que ha hecho mucho, que ha contribuido en la perspectiva de los derechos humanos -estoy pensando en años anteriores en Brasil y en Chile, en épocas más recientes en Centroamérica. No pretendo decir que todo es obra de la Iglesia, pero sí su contribución en este proceso ha sido importante.
Además, si la Iglesia toma una posición así va cambiando mentalidades y a veces no son fácilmente cuantificables esos cambios. Pero el señalar que la pobreza no es una fatalidad y que el ser pobre no es algo que Dios quiera sino todo lo contrario, ¿cómo se cuantifica? Cambia conductas, a veces induce a actitudes variadas, porque el ser humano es muy complejo, pero lleva también a una visión de humanidad y de solidaridad distintas.
-Pero, claro, hay quienes dicen que la opción por los pobres es una forma de entrar en política, irse por otro camino...
-Entrar en política es presentar opciones concretas y precisas. Pero cuando se afirma la dignidad del ser humano y el carácter inmoral de la injusticia eso no es entrar en ese tipo de políticas, porque por lo demás eso se dice desde hace dos mil años. Cuando la Iglesia nació se dijo lo mismo, cuando salió la Rerum Novarum se dijo lo mismo. Ella sostenía la necesidad de un salario justo, la valoración de la persona, etc. Asuntos fundamentales que, digamos, forman parte de una ética social mínima.
-En estos 26 años de prédica de teología de la liberación, por poner una fecha, ¿se han hecho más sensibles los gobiernos, los poderosos, los dirigentes en materia social?
-Hablamos de realidades tan grandes que es difícil ser preciso y uno se siente tentado a decir que sí y que no. En realidades tan vastas, hay permeabilidades y rechazos, es una dinámica previsible.
Diría, con todo, que hay un crecimiento en América Latina y en el Perú de la conciencia y el reto que significa la pobreza. Observando bien, hace 30 o 40 años no es que no se hablara de pobreza, pero no con la rotundidad y la preocupación de hoy. Una Cumbre como la de Copenhague, a nivel mundial, indica una sensibilidad distinta. La gente percibe que la pobreza no puede continuar, para un creyente es contraria a la voluntad de Dios. Creo que la Iglesia es uno de los factores que ha contribuido a esa sensibilidad.