Veinte Años, Todos los Jueves



Las Madres de la Plaza de Mayo

Veinte Años, Todos los Jueves
Para mejor recordar quiénes son.

Los Desaparecidos

Escribe RODOLFO BRACELI

LAS palomas están ahí, miran y callan y guardan en su memoria. Porque no vaya a ser que la memoria de los humanos se quede sin memoria. Las madres de pañuelo blanco dentro de un rato harán lo de siempre: girarán alrededor de la pequeña pirámide de la Plaza de Mayo. Girarán con lluvia o con Sol, con frío o con calor, girarán acompañadas o girarán desoladamente solas. Por los siglos de los siglos girarán. Porque no vaya a ser que la memoria de los humanos se quede sin memoria.

Hebe de Mascia y Hebe de Bonafini en 1977 en Buenos Aires.

Las dirigentes en Lima la semana pasada.

Hoy es jueves 20 de setiembre de 1984. Pero se viene un jueves diferente en la Plaza de Mayo de tantas euforias: a las siete de la tarde, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, CONADEP, más conocida como la Comisión Sábato, pondrá en las manos del presidente Raúl Alfonsín el informe sobre la represión militar: 9 meses de trabajo, más de 8,700 casos investigados, más de 50,000 folios, más de 1,300 integrantes de las Fuerzas Armadas y de Seguridad involucrados.
Hora 12: La Plaza de Mayo todavía tiene el semblante de todos los días. Gente apurada, trámites bancarios. Ningún signo de lo que pasará en horas más, salvo unas escrituras con aerosol en los cuatro costados de la pirámide. Dice en aerosol: "Fuera los imberbes de la plaza", "Abuelas, están locas", "Sábato, hijo de puta". Las pintadas están firmadas por la Juventud Peronista. Pero muchos dudan de su autenticidad: "Son pintadas de los Servicios, demasiado prolijas para ser de la JP" . Una brocha, gorda, una mano de cal y adiós pintadas.

Frente a la Casa Rosada, reclamando por sus hijos desaparecidos, todos los jueves.

Hora 13 y 07: Seis granaderos encolumnados atraviesan la plaza. En los bordes de las fuentes, oficinistas y algún que otro jubilado se dejan lamer por el Sol. Algunos abren el almuerzo. Sobre un banco, un hombre de unos 70 años les da de comer a las palomas. Las palomas descansan en sus hombros. El hombre mete maíz en su boca, lo humedece con su saliva, estira el labio inferior y las palomas picotean el maíz, comen de su boca entreabierta. Tiene su público el hombre.
Hora 13 y 50: Un mimo se para frente a la pirámide y hace su espectáculo. Al final se saca la boina y espera unos pesos. Agradece besando pedacitos de aire. Un hombre de traje, cincuenta años largos, dice en voz baja pero para que lo escuchen: "¡Ay, mi Dios, pobre país! ¡Cuántos pillos, cuántos sinvergüenzas!" Un joven veinteañero le contesta amablemente: "Qué mal hace, ofrece teatro, no porta armas..." El hombre de cincuenta años largos se empieza a ir mientras agrega alzando la voz: "Teatro... ¡no conocen el trabajo! Aquí lo que hace falta es un Franco y un Mussolini, pero juntos, para terminar con tanto sinvergüenza suelto". El joven, sin perder la sonrisa, le contesta: "Paz, señor, paz... aunque no estaría mal juntar a esos dos que usted nombró: seguro que entre ellos se borrarían del mapa mutuamente". El mimo le tira unos besos al hombre de cincuenta años largos, que a su vez escupe el aire. El que le daba de comer a la paloma ya se fue.
Hora 14 y 10: Dócil está la plaza, todavía. Un señor japonés, de traje y corbata, se sienta, abre su portafolios y saca una manzana.
Empieza a comerla mirando hacia la Casa Rosada. Desde allí regresa una formación de ocho granaderos. Comenta una señora: "Qué chiquito es el que va adelante. Antes no admitían granaderos así" . Un cuidador barre la plaza, no sabe lo que le espera.
Hora 15 y 05: Llegan las primeras Madres, con sus pañuelos blancos. En minutos el grupo crece. Una se ha descalzado. En su mano derecha sostiene un cartelito rudimentario con una foto ya desteñida y un nombre: José Valeriano Quiroga. Rostro ensimismado. ¿Quién es, quién fue José Valeriano Quiroga? Fue alguien que desapareció un día de 1976 y, antes de eso, fue alguien que había nacido para vivir. Y no hay caso, ahora José Valeriano no está.
Hora 15 y 10: Llega Hebe de Bonafini. Se abraza y se besa con otras Madres. Vienen a cumplir la implacable ronda de los jueves. A diez metros están los grupos de discusión de siempre: un hombre mayor grita con el rostro enrojecido: "¡Esto así no va! Ni con Alfonsín ni sin Alfonsín, ni con Constitución ni sin Constitución. No va. A mí no me van a contar la historia, a la historia yo la viví. Aquí, con el pueblo, no pasa nada". Una voz se le cruza:
"¡¿Cómo que no pasa nada?!" Y el hombre enrojecido avanza: "Sí señor, no pasa nada. A patadas lo sacaron a Illía, ¡y no pasó nada! Y yo estaba cuando lo sacaron a Yrigoyen. Y se lo puedo firmar: si al viejo no lo detienen, el mismo pueblo que tiró sus muebles por la ventana, lo tiraba a él por la ventana... El que le salvó la vida a Yrigoyen fue un zapatero que se llamaba Scarletto. El resto lo dejó solo. Martínez, el abuelo del que ahora es vicepresidente, se mandó a mudar a Córdoba y lo abandonó a Yrigoyen. Claro, después que murió todos nos arrodillamos frente a él... Eso es lo que somos. rodilleros mal paridos. Aquí, ¡aquí no pasa nada!" Más Madres han llegado. Y se ha desplegado una gran pancarta que dice "Castigo a los culpables". Las Madres se agrupan para la ronda.
Hora 15 y 20: Los grupos de discusión se agudizan. "Hay que castigar a los asesinos, pero ¿cómo ponerle los cascabeles al gato si los ratones están débiles y si encima no se juntan?" La discusión se eleva: "Alfonsín es lento, es radical", dice uno. "No hay que confundir prudencia con lentitud", retruca otro. Al final el tome y traiga se concentra en dos hombres: "Bueno, usted que no para de quejarse, ¿qué solución tiene para darnos?" El aludido, sin pestañear, responde: "Tengo la solución. Déme la presidencia; en 24 horas pongo una ley que ordene que todo militar que saque un solo soldado a la calle es un traidor a la patria; que de teniente para abajo no puede salir nadie a la calle; que de teniente para arriba que hagan lo que les dé la gana, pero solitos, poniendo el pecho ellos..." Y viene la réplica: "Y digamé, señor presidente Ideal, ¿cómo haría usted para hacer cumplir su hermosa ley?" "Pero viejo, usted las quiere todas. Yo le doy una idea de solución. Ahora usted me apura y quiere que le diga cómo se aplica la solución. ¡Qué sé yo! ¡Yo no soy mago!". Las Madres ya están girando. Y las palomas miran.
Hora 15 y 35: Aplausos. Se despliega un cartel de más de diez metros. Tiene pegadas las fotos de 99 militares y arriba este título: "Buscados por asesinos". Una de las Madres se aparta de la ronda, los mira y dice: "A ver, ¡les quiero ver las caras!" Otra dice: "No no, no los puedo mirar", y se tapa el rostro.
Hora 15 y 45: La ronda sigue. Bombo y más gente, llega la columna del Partido Obrero, Luis Zamora y Néstor Vicente. Bombo y estribillo: "No hubo excesos, no hubo errores, hay que meter en cana a los represores". Dante Gullo fuma despacio y observa.
Hora 15 y 55: Otro estribillo asoma desde la calle Bolívar: "Olé olá olá / vamos a la plaza / vamos a luchar / a los asesinos hay que encarcelar". Una mujer joven pega un grito: "¡Pablooooooo!". Pablo tendrá unos cuatro años y se divierte pisando un cantero con flores. Siguen las discusiones sobre si, llegado el momento, el pueblo se jugaría o se quedaría en casa. Alguien argumenta: "El pueblo está aquí, ¡qué más quiere!" Otro contesta: "De qué pueblo me habla, ¡si nunca se hizo un buenosairazo!" Un tercero añade: "Somos muchos, pero deberíamos ser cincuenta veces más. Pablito mira las flores de reojo.
Hora 16 y 23: Un breve discurso. La ronda de los jueves para la memoria se detiene. Las Madres abandonan Plaza de Mayo: no quieren sumarse, como entidad, a esta convocatoria: "No queremos que se nos confunda con el Gobierno", y una muy larga columna deja la plaza en dirección a su sede, cerca del Congreso. Las cabezas con pañuelos blancos repiten: "Con vida los llevaron, con vida los queremos". Alguna, fuera de la columna, vuelve a la plaza donde se ha generado ahora la discusión sobre si las Madres, como entidad, hicieron bien o no en irse: "Los que meten balas están calladitos, pero juntos. Nosotros hacemos ruido pero no terminamos de unirnos". El mimo de hace un rato ha vuelto y entrega flores dibujadas en el aire. El mismo aire trae el eco, ahora distante, del último estribillo de las Madres de los Jueves: "No hubo errores/ no hubo excesos/ son todos asesinos/ los milicos del Proceso". El mimo sigue regalando flores dibujadas en el aire.
Hora 16 y 50: Llega Pérez Esquivel encabezando una columna. Tres Madres observan el cartelón con las fotos de militares: una de ellas salta y con un impulso le da un golpe con un diario plegado a uno de los rostros fotografiados. El rostro tiene este nombre: Capellán Sosa. Otra Madre va revisando foto por foto y en cada uno se detiene con una palabra: carnicero, buitre, cínico, asesino, chacal... Cuando llega al rostro de Luciano Benjamín Menéndez pregunta y se responde con voz de bramido: "Adivinen, adivinen... ¿cara de qué tiene Menéndez? Menéndez tiene cara de... Menéndez". El mimo le entrega una flor ilusoria a la mujer y le da un beso, un beso real; después, el mimo mira a Menéndez y se contrae y es como si vomitara.
Hora 17 y 50: A medida que la plaza se puebla, muchos chicos son alzados sobre los hombros de sus madres y desde lo alto agitan las fotos de sus padres desaparecidos. Una joven pelirroja reparte volantes de la Agrupación de Prensa Rodolfo Walsh. Se sube a un asiento de la plaza y lee: "... esta agrupación advierte contra la división entre sectores populares. Nos dividimos pese a la presencia amenazadora de un enemigo común. Sin unidad, todo será ilusiones sin sustancia".
Aprendamos la lección de la experiencia terrible cuya denuncia hoy nos congrega.
Hora 18 y 50: Por Avenida de Mayo, por Rivadavia, por las dos Diagonales, vienen asomando columnas con pancartas: Familiares de Desaparecidos, pañuelos blancos que identifican a las Abuelas de Plaza de Mayo, Facultad Evangélica de Teología, Humanismo y Liberación, Unidad Peronista, Acción y Recuperación Bancaria, Ferroportuarios... Palmas, bombos y estribillos: "Alfonsín, vos sos presidente/ hacé que los milicos/ nos devuelvan nuestra gente". La plaza está florecida de multitud. Ya no se distinguen los canteros.
Hora 19 y 05: Gran revuelo. En un Falcon blanco, patente 196.217, llega Ernesto Sábato a la Casa Rosada. Avalancha. Aplausos sobre el techo y el capó del auto. Sábato agradece con seriedad.
Hora 19 y 20: La plaza empieza a apretarse. "¡Atención, atención /la patria financiera y asesinos / a prisión!". Desde un megáfono una voz va arrojando nombres: Sánchez, Ricardo... Y la multitud responde: ¡Presente! Vázquez, Néstor.. ¡Presente! Rico, Oscar... ¡Presente! Alonso, Paloma.... ¡Presente! Bravo, Rubén... ¡Presente! Ahí viene la columna de la Asociación Argentina de Actores. Después la de la Comisión de Solidaridad con Nicaragua, enseguida la de la Democracia Cristiana. Inmediatamente una más pequeña: Agrupación de Homosexuales de la Argentina. Ahora algún silbido, alguna broma, varios "qué me contás" y, por sobre todo eso, un aplauso que empieza a crecer.
Hora 19 y 40: Acaban de llegar las columnas de Lanús, Berazátegui, Quilmes. El partido comunista trae una larguísima y muy ordenada formación. Bombos, Tambores, una vaca enarbolada, ritmo. "¡Y siga, siga el baile /y siga y siga el baile /al compás del tamboril /que queremos la justicia /para Luciano Benjamín!"
Hora 19 y 50: Otras columnas de Abuelas de desaparecidos. Detrás, los chicos del Nacional Buenos Aires y del Carlos Pellegrini. Todas las edades. Todos los oficios. Y no amainan los pequeños núcleos discutidores. Alguien arranca: "Alfonsín es buenazo, pero no va: aquí hace falta un Khomeini". Otro agrega: "Con un Khomeini no hacemos nada, hacen falta unos doscientos Khomeini".

El día que Ernesto Sábato presentó su informe sobre los desaparecidos.

Hora 20 y 30: Columnas de Florencio Varela, de la Juventud Peronista, de la Juventud Radical, de la Juventud Comunista, del Movimiento Ecuménico, del Partido Intransigente, de las Facultades de Ingeniería y de Psicología... Los cánticos y estribillos ahora funcionan como un oleaje. La temperatura, unos 18 grados, pero adentro de la plaza, arriba de 30. La plaza ya no tiene orillas. Años tardará Pablito en comprender por qué él no podía pisar las flores y los grandes sí.
Hora 21: Un solo estribillo unifica a toda la plaza: "¡El pueblo/unido/ jamás será vencido!". Llega la columna de los uruguayos. Aplausos. Llega la columna de los chilenos. Aplausos. Espontánea comunicación entre gente que nunca antes se vio. "Déjeme darle un abrazo, compadre". Y el abrazo se mete en la memoria de los cuerpos. Los jóvenes radicales bailan su estribillo: "Al compás, al compás del tamboril/ los queremos a todos presos/ presidente Alfonsín". A los costados de las columnas recrudecen los grupos de discusión: "Hay que hacer justicia de una vez", dice un rostro. "Si se hace la debida justicia perderemos este cachito de democracia", dice otro rostro. "Exigiendo justicia es como la democracia no se pierde", interviene un tercero. "Exigiendo a destiempo, sin dejar que las brevas maduren, podemos perder hasta lo poco que tenemos. Y esto será una carnicería", apunta un cuarto. "A las brevas hay que hacerlas madurar, no podemos esperar a que maduren", insiste el tercero. Las voces, calientes de reflexión, emergen. Una pregunta queda colgada un instante: "¿Y si hay un golpe, qué?". La respuesta viene de un hombre con traje y sombrero de gaucho: "Si hay un golpe, lo de siempre, amigos: la gente saldrá a la calle y se amontonará, pero no frente a la Casa de Gobierno, no frente al Congreso, sino frente a los almacenes y carnicerías. Primero el buche y después la democracia". Algunos silbidos no inmutan al hombre vestido de gaucho.
Hora 21 y 35: Comienza la desconcentración. Las columnas desandan el camino. "¡Menéndez/fascista/ vos sos el terrorista!". La plaza empieza a recuperar su silueta. Una pareja joven se acuesta sobre lo que fue el césped, pero no para descansar sino para besarse. Una abuela de pañuelo blanco dice: "Ah, si supieran que son felices..." Los jóvenes se besan con todo.
Hora 21 y 40: Los bombos son un latido lejano. El silencio vuelve a tomar posiciones en la plaza. La pareja del beso sigue haciendo lo que se debe. Tres abuelas de pañuelo blanco pliegan su pancarta con la prolijidad de un mantel. Junto a uno de los bancos, frente a la pirámide central, un hombre de pelo muy blanco está arrodillado sobre una pierna. Con la frente afirmada en el hombro de un niño de unos diez años, llora en silencio el hombre. El niño le pasa la mano por la cabeza: "Abuelo... abuelo...". El niño ha vivido demasiado. El niño ahora es abuelo de su abuelo.