

Suprema Ironía
El viernes 11 se recuerdan 20 años de la muerte del poeta francés Jacques Prevert.
La claridad de su estilo, la pulcritud de sus recursos y la profundidad de su mensaje se deben a la certeza de sus juicios. Jacques Prévert fue un francés universal, un hombre con una fascinante capacidad: la de ganarse el cariño de sus lectores con unas cuantas, simplísimas palabras. Su alma poseía un alto sentido de lo creativo, no sólo en lo que concernía a sus poemas sino también respecto de las películas que escribió y que filmaron en su momento maestros como Marcel Carné y Jean Renoir.
Jacques Prévert, a los 45 años cuando publicó "Paroles", su primer libro de poemas.
SU poesía es animosa y vital porque nace y se nutre de la vida misma. Jacques Prévert (1900-1977) era un hombre de gestos enérgicos y de andar presuroso que consumía sus días en el incesante ir y venir de la poesía, del guión cinematográfico y de la contemplación de las artes. De espíritu diletante y gozador de la vida, pero poseedor de un estilo contestatario e irreverente al momento de aguijonear el orden establecido, su vida estuvo íntegramente dedicada al dulce placer de auscultar, sin pasividad ni complacencia, al mundo en que vivía.
Su obra, que abarca casi una veintena de títulos, es considerada por muchos como una de las más sólidas y originales que ha dado francés alguno en este siglo. Y la incesante celebración de sus versos, sea en las numerosas ediciones alcanzadas por sus libros o por intermedio de la canción popular, a la que era tan afecto, hicieron de Prévert un poeta capaz de encandilar con su ingenio y lucidez, tanto a los muchachos revoltosos como a las chicas enamoradas, lo mismo al académico que al hombre de la calle. Es decir, una voz en la que generaciones enteras descubrieron, desde un principio, aquella singular mirada con el poder de sentir y comprender las pasiones del alma humana.
El poeta con Pablo Picasso, veraneando en la Costa Azul.
Desde muy joven, allá por la década de los treinta, comienza a publicar sus poemas en periódicos y revistas. Comprende la necesidad de abandonar los postulados iniciales del surrealismo y de abocarse a un ejercicio poético libre y menos conceptual. Prévert se encuentra en la búsqueda de una expresión clara, de transparentes matices que resulten inteligibles al común de los mortales. Una expresión que baje al llano y que se sirva de lo cotidiano sin perder la capacidad de generar asombro.
Reconocido como el auténtico "poeta de la calle", dueño de un lenguaje basado en el habla popular y pleno a la vez, aunque parezca contradictorio, de malicia e ingenuidad al que no le será ajeno un dominio encarnizado del juego de palabras o calambur, le toca vivir en el París convulso y bohemio de entreguerras. En sus cantos es posible encontrar también el testimonio de la ruina, del dolor y de la falta de solidaridad entre los hombres.
Goza de la fama y del reconocimiento popular, el mismo que sabrá valorar sin aspavientos hasta el final de sus días. En sucesivas publicaciones -Spectacle, La Pluie et les Beau Temps, Fatras y Hebdomadaires, entre otras-, la amistad, el amor y la solidaridad serán las constantes de una poesía que embelesa, sorprende, y a la vez divierte. Son libros cuya magia consiste en poder ser abiertos en cualquier página para encontrar allí una feliz reflexión sobre los asuntos del mundo en los que, dejando de lado las metáforas tradicionales, el poeta decide espolear, en clave de humor, los más acendrados prejuicios que anidan en el corazón de las sociedades. Como señalan los estudiosos de su obra, ésta es una poesía que brota de las cosas pequeñas, de las gentes humildes y sencillas, y es en ese punto donde radica su autenticidad.
La suya es una obra esclarecedora, apagada sólo en parte hace veinte años. Pero hay otra parte, ciertamente imperecedera, que continuará iluminando con la claridad rotunda de sus versos y la pasión que se guarda en cada uno de ellos. (Pedro Tenorio Narváez).
Dos Mundos
Vicente Guzmán llega de Francia para
exponer en La Galería.
La Galería inicia su año expositor con muestra de V. Guzmán.
LA verdad es que el muchacho estaba predestinado. Vicente Guzmán proviene de familia de artistas. Su abuelo materno es un conocido pintor francés, su padre es el reputado escultor Alberto Guzmán y su madre es una dedicada pianista. Con este entorno es fácil deducir que los primeros juegos de Vincent (es francés) fueran lápices, tierras de colores y trozos de madera para modelar.
En 1985, apenas culminados sus estudios de Bellas Artes en París, se vino a vivir a Lima por un año. Por entonces los espacios territoriales le eran meramente referenciales y -aunque medio perdido- se sentía abierto a todas las posibilidades artísticas. El desierto costeño y las líneas de Nasca fueron un impacto directo que marcaron definitivamente su obra y de alguna manera definieron su posterior interés por el aspecto telúrico de nuestro continente.
Esto, sumado al latigazo constante de la información, la aldea global, la televisión, la bulla de los autos y los gritos de la Bolsa, dan una media de influencias con las que se codea cotidianamente el artista.
De allí su postura contemplativa pero enérgica, y de allí también esa pintura silenciosa que lleva incisiones profundas en el lienzo como si fueran heridas o cicatrices que vienen desde el pasado.
Para Vicente, su obra es resultado de ser espectador de sí mismo. Por eso incluye "una escritura propia que simboliza los trazos que deja la gente a su paso por el mundo, pero que rescata al mismo tiempo el rumor permanente e ininteligible que hace el hombre al expresarse".
Su opción cromática es conscientemente limitada inclinándose por las gamas de tierra en colores que él mismo crea valiéndose de pigmentos. "No rechazo los colores vivos, digamos que me interesan de manera filosófica, no para trabajar con ellos". Su primer amigo, aunque implacable crítico de arte, es su padre. Acostumbran conversar mucho sobre arte, discrepar e intercambiar opiniones "pero en una relación adulta, no de padre a hijo", interviene el escultor que había asistido silenciosamente a la entrevista.
Remozando a la Inquisición
Continúan los trabajos de remodelación en el Museo de la Santa Inquisición.
Martha Hildebrandt supervisando los trabajos de inventario en la Biblioteca Pública del Congreso.
HASTA el momento nadie ha sabido precisar cuál es el extraño sortilegio que ha llevado al Congreso nacional, algo amodorrado cuando de cultura se trata, a entusiasmarse con la remodelación de uno de los más importantes museos que existen en el centro histórico de la ciudad. Quizás sea porque este "Museo de la Santa Inquisición y del Congreso" ha sido responsable -cómo no decirlo- de innumerables traumas infantiles asociados con la visión de sus espantosos maniquíes diseñados al mejor estilo "Tren fantasma", envidia de parques de diversiones y ferias ambulantes, e impropio de un museo con pretenciones.
Sede de uno de los órganos de poder político y religioso más temidos del virreinato, el tribunal fue instaurado en 1569 y continúo en actividad hasta principios del siglo XIX, procesando a quienes se señaba como enemigos de la fe y del poder político asentado en ella. En ese mismo local, durante la República, funcionaría el primer Congreso legislativo. Ahora, con el apoyo de instituciones nacionales e internacionales entre las que destaca el BID, y con la férrea determinación de la congresista Martha Hildebrandt, responsable del proyecto, las cosas parecen ir viento en popa.
Diseñodel frontis que será remozado en los próximos días. Mayores
cambios no son factibles, pues se trata de un patrimonio intangible.
Un trabajo que no ha resultado fácil si recordamos que cierto sector de la oposición objetó los trabajos de inventario (pese a que están en manos de la Biblioteca Nacional) y posterior traslado de los libros que componen la Biblioteca Pública del Congreso. Doña Martha no se arredra ante la crítica y señala: "Batallar es mi vida. Aquí, cuando se quiere hacer algo, siempre aparecen piedras en el camino. Irresponsablemente se ha dicho que estamos depredando el patrimonio bibliográfico del país. Yo estoy más que indignada". Luego, cual moderna inquisidora añade: "Lo mejor es trabajar silenciosamente. En este país la única ley que funciona es la ley de los hechos consumados. Si tienes que actuar, actúas y después no hay lugar a reclamos". Como se ve, la doctora no puede con su genio.
Confesiones aparte, el proyecto no es nada modesto. Comprende la remodelación integral del actual museo, el traslado de la biblioteca que allí funcionaba, la habilitación de espacios antes cerrados al público -como la "Cámara del silencio", que guardaba la documentación de los procesados y que hasta hoy fungía como un mísero depósito de libros-, el diseño de un nuevo recorrido, una cafetería y la instalación de un quiosco multimedia. El planteamiento museográfico del Dr. Alfonso Castrillón y el Arq. Rodolfo Cortegana incorpora la segunda planta del edificio. En ésta se instalará lo relacionado con el Museo del Congreso.
Aunque los trabajos marchan a paso lento, para fines de mayo se anuncia una festiva reinauguración. Siempre y cuando doña Martha, haciendo una excepción en su estilo, curse las invitaciones con anticipación y no cuando la fiesta esté consumada. (PTN).