EDITORIAL


ALARMA y angustia primero, asombro y alivio después.
Emociones que recorrieron el país durante los 38 minutos dramáticos que duró la espectacular Operación Chavín de Huántar, y que pronto se transformaron en un jolgorio con visos políticos y publicitarios que ni las lágrimas de monseñor Juan Luis Cipriani han logrado empañar.
Un locutor de televisión lamentó la pérdida de tres vidas humanas, olvidando las otras catorce, y una congresista del gobierno justificó, hinchada como un pavo y sin caer en omisiones, la aplicación masiva de la pena capital.
Las circunstancias, poca duda cabe, hicieron virtualmente inevitables esas muertes. Las bajas militares dan una idea de lo que fue el enfrentamiento dentro de la residencia, y de la necesidad que hubo de neutralizar a elementos cargados de explosivos y dispuestos a resistir, para salvar a los rehenes.
Eso lo lograron con casi impecable eficacia, aunque a costa de la vida del teniente EP Raúl Jiménez Chávez y del comandante EP Juan Valer Sandoval, y de varios heridos. CARETAS rinde, como el resto del país, un homenaje particularmente sentido a su heroísmo.
Pero otra cosa es celebrar con deleite el exterminio de los derrotados y, aún peor, dejar arrumados sus cadáveres, uno sobre otro, para que el Presidente del Perú los inspeccione acompañado de la televisión.
Si la euforia inicial del ingeniero Fujimori en el pescante del ómnibus resultó impropia dadas las muertes registradas -incluyendo la del tan honorable Dr. César Giusti-, y si, por el contrario, sus posteriores declaraciones esa noche fueron apreciadas como elocuentes, equilibradas y emotivas, su visita a las ruinas interiores de la residencia puede ser tildada de macabra y chocante.
No es cuestión de regatear éxitos a este mandatario capaz de jugarse el todo por el todo, ni de criticar a los comandos que, al finalizar la operación, dieron rienda suelta a la adrenalina que llevaban de sobrecarga, como todo soldado después de una batalla.
Pero sí es necesario rechazar los estímulos al salvajismo, al primitivismo y a la violencia en todas sus formas y gestos.
Si se ha de construir esa democracia que Fujimori prometió el martes, no es obligatorio disfrutar aplicando escarmientos, sino promoviendo un espíritu de comprensión y un clima de oportunidades para impedir que jóvenes de extracción modesta y cultura mínima, como lo era la mayoría de los emerretistas en la residencia nipona, terminen descarriados en el terrorismo, vuelvan a amenazar y a secuestrar, y acaben muriendo acribillados en otro episodio que haga historia.