Palabra de Rehén


Palabra de Rehén
Una crónica y dos entrevistas con los testimonios de Tudela, Muñante y J.J. Wicht.

Los cerca de 40 minutos que duró el operativo de rescate deben haberles parecido interminables a los rehenes retenidos en la residencia del embajador Aoki. Conforme pasan los días, sus testimonios van permitiendo armar, como un rompecabezas, el cuadro de lo que sucedió en esos momentos de confusión y terror. Aquí, tres piezas importantes. Una versión recogida en los pasillos del Hospital Militar de la forma milagrosa y heroica en que se logró salvarle la vida al Canciller Tudela, y las respuestas del ministro de Agricultura Rodolfo Muñante y el sacerdote Juan Julio Wicht a interrogantes fundamentales.

Embajador Aoki, anfitrión obligado por 126 días y hasta ahora parco en sus declaraciones.

Tudela: "Me persiguieron como a un conejo".

"Me persiguieron como a un conejo", relató el canciller Francisco Tudela la tarde del miércoles 23 a sus visitantes. En el pabellón A-33 del Hospital Militar, acompañado de su esposa Lucila Gutiérrez y de sus familares más cercanos, se recuperaba de sus heridas. Su semblante denotaba serenidad. Su cabeza, sin embargo, lucía un corte producto de las esquirlas, al igual que su hombro derecho. La operación al tobillo resultó un éxito.
Tudela refirió esa tarde a uno de sus visitantes que los terroristas "Salvador" y "Tito" querían liberar a los líderes del MRTA porque ellos tenían los números de las cuentas bancarias y el dinero era un poder importante en la lucha.
Por la noche el ministro fue visitado por el secretario general de la Presidencia de la República, el también ex rehén Ricardo Kamiya. Este último, luego de conversar con él, visitó la habitación de Pedro Aritomi, concuñado del Presidente Fujimori. Aritomi había abandonado ese día la sala de cuidados intensivos.
Entre una y otra visita, mientras esperaba que el concurrido cuarto de Aritomi estuviese más despejado, Kamiya hizo un alto en la oficina de Relaciones Públicas del hospital. Lo acompañaba, entre otros, el jefe de Protocolo de Palacio. "Los soldados son unos tromes, nos protegieron a todos", comentó. Relató también que el terrorista encargado de liquidar a Tudela en caso de una incursión militar no dudó un instante en intentar cumplir su misión y por poco lo logra. Ello, a pesar de que el Canciller ocupaba siempre parte de su tiempo en conversar con el joven emerretista. "A veces charlaban por más de una hora", señaló. Según Kamiya, dos veces por semana los terroristas ensayaban la manera cómo ultimarían a los rehenes si se producía una incursión militar. Pero en su afán por cumplir la misión encomendada, el emerretista mató al valeroso comandante EP Juan Valer, quien se interpuso entre la granada lanzada por él y Tudela.

El sacerdote Juan Julio Wicht pudo salir al quinto día, pero no quiso. Derecha, El ministro Muñante hizo una gran amistad con Giusti; acudió a su velorio.

En ese momento el relato se interrumpió. El capitán Valencia, jefe de RRPP del hospital militar, invitó a Kamiya y a sus acompañantes a pasar a la habitacion de Aritomi. Eran aproximadamente las 6.30 p.m. A esa hora transitaban por los pasillos del hospital algunos de los comandos que participaron en el rescate. Oficiales del Ejército y la Marina que, vestidos con uniforme de combate, eran observados por pacientes, médicos y enfermeras como verdaderos héroes. Acudían para visitar a sus compañeros de armas heridos, así como para velar los restos de los caídos en combate. La capilla mortuoria, a unos metros del pabellón B, donde se recuperan los militares heridos, se encontraba llena. Ocho comandos hacían guardia ante los dos féretros cubiertos por sendas banderas peruanas. Hombres vestidos de blanco, azul y caqui repletaban el recinto.
La esposa del comandante Valer comentó que éste "estaba preparado para morir". La novia del teniente EP Raúl Jiménez recordó que él había dicho tener miedo, pero que quería participar en la operación "Chavín de Huántar". Se iban a casar en diciembre próximo.

RODOLFO MUÑANTE

El ministro de Agricultura, Rodolfo Muñante, era para los emerretistas uno de los rehenes más importantes. Aquí narra con lujo de detalles cómo salió de la residencia japonesa.
-¿Temió por su vida en algún momento?
-La vida estuvo en peligro desde el principio. Todo el tiempo ellos estaban totalmente armados. Nunca dejaban las granadas, los fusiles. Sin embargo no pudieron repeler la incursión y eso que todas las mañanas, a las 8, formaban en el hall del segundo piso para practicar cómo dispersarse a la hora que se produjera un enfrentamiento. Como amedrentamiento nos decían que seríamos los primeros en morir.
-El embajador de Bolivia dijo que alguien de su habitación le avisó del operativo diez minutos antes. ¿Usted recibió esa señal?
-No, no, yo nunca recibí ninguna señal y tampoco sé si en realidad la hubo. Creo que no se puede especular con eso. Además, nadie podía estar seguro de que iba a haber una incursión porque era usual que pasaran helicópteros o que hubiera música.
-¿Cómo fueron sus últimos minutos en la residencia?
-Acababa de regresar desde el cuarto de los magistrados hacia mi habitación -la C- y me entretuve armando un rompecabezas que nos dio el embajador de Canadá. Pocos segundos después se inició el ataque. Fue allí que, en medio de las explosiones, uno del MRTA ingresó a nuestro dormitorio con el fusil y preparado para todo. Yo lo ví a corta distancia, me encañonó, pero no me disparó. Luego salió de la habitación, sin matar a nadie o lanzar una granada. Me dio la impresión de que en ese instante, el muchacho estaba arrepentido de lo que estaba haciendo.
-¿Sabían los emerretistas que algo así podría suceder?
-Me parece que algo sabían, porque había gente de fuera que se comunicaba con ellos. Eso es algo que los servicios de inteligencia deberían investigar.
-¿Usted vió como murió el vocal Carlos Giusti?
-No lo vi porque estaba en otra habitación. Lamento mucho su muerte, por él, por su familia. Fui a su velorio. Hicimos una gran amistad y sentí que debía estar presente. Pienso que así como fue él, pudimos ser muchos. Me imagino que quien disparó en su cuarto fue otro emerretista que estaba en el segundo piso. Así como hubo uno que en mi habitación no disparó, y que incluso pudo haberme matado, otro sí lo hizo donde estaban los vocales supremos.
-¿Siente pena por los emerretistas muertos?
-No, pena no. Más bien lástima porque fueron inducidos por cuatro cabecillas sin escrúpulos -Cerpa, Rolly Rojas, "Salvador" y "Tito"- con una idea falsa, pues yo no vi en ningún momento ese sentido social que tanto proclamaban y el cual debemos rechazar.

Giusti, aún sangrando, es conducido al Hospital Militar, donde muere de un paro cardiaco.

-¿Hubo algún tipo de acercamiento entre rehenes y captores?
-No hubo. Descubrí por ejemplo a un muchacho de 20 años a quien le gustaba pintar. Le dije que esa cualidad debía explotarla y que aprovechara cuando hacía mis apuntes sobre un plan de apoyo a los campesinos para cultivar café. Ahí me di cuenta de cómo los habían inducido a una aventura sin sentido. Cuando tocábamos la guitarra -que nos sirvió de mucho- unos muchachos se nos acercaron para que les enseñáramos a tocarla.
-¿Cómo fue el reencuento con la familia?
-Fue emocionante ver nuevamente a mi esposa, a mis hijos y a mi madre. Y es que me perdí de cosas maravillosas. La Navidad, el Año Nuevo, mi cumpleaños, el de mi esposa, la graduación de mi hijo, el nacimiento de mi primer nieto.

JUAN JULIO WICHT

Sacerdote jesuita y profesor universitario, Juan Julio Wicht se erigió durante la crisis, en todo un símbolo de humanidad.
-Ud. tuvo la oportunidad de salir, pero prefirió quedarse...
-Sí, el quinto día me dijeron que podía salir. Pero debía quedarme y estoy contento de mi decisión.
-¿Dónde estaba cuando se inicio la intervencion militar?
-Todo empezó a las 3 y 26, creo. Un minuto antes yo no sospechaba nada. Alguien dijo: "creo que vienen, creo que vienen". Yo estaba en el segundo piso, como todos los otros rehenes. De pronto hubo una explosión que provenía de la planta baja e inmediatamente todos al suelo y esperar cómo se desarrollaban los acontecimientos. Luego una gran polvareda, gritos.
-¿Cuándo fue la última vez que conversó con Carlos Giusti? ¿Tiene algún detalle de cómo se produjo su muerte?
-No puedo decir nada al respecto, porque no lo vi y dentro de mi propia habitación no podía ver más allá de dos metros, por la humareda. No sé lo que pasó. Era una de las personas que con más fe recibía la comunión. Quisiera que su familia pudiera tener el consuelo espiritual de que está muy cerca de Dios.
-¿Los emerretistas no se le acercaron para pedirle ayuda espiritual?
-Varios de ellos fueron acercándose sin forzar la cosa. "Así que usted es padre, está bien, está bien", decían. Y cuando yo recibía rosarios o estampas, me pedían y yo, naturalmente, se los daba. Uno de ellos, me dijo con un poco de pena: "padre yo no he hecho la primera comunion". Yo traté de explicarle que Dios nos ama a todos, pero que debemos seguir la doctrina cristiana.


Adiós a un Hombre Justo
Sensible pérdida de un magistrado ejemplar.

EN medio de la algarabía nacional, un hogar de Monterrico lucía desolado la noche del martes 22. Era la casa de Carlos Ernesto Giusti, uno de los rehenes que por esos giros del destino no pudo salir sano y salvo de la residencia del embajador nipón.
Ha sido unánime el dolor de los demás compañeros de infortunio, porque Giusti durante los largos y penosos días de cautiverio supo apelar a su ánimo cordial, amable y entusiasta para dar fe y ganar amigos.

El Vocal Supremo, Carlos Giusti Acuña, será recordado como un magistrado incorruptible.

No obstante ser un vocal incorruptible, de haber luchado tercamente por moralizar el Poder Judicial con una severidad profesional que hoy todos recuerdan, Giusti en efecto fue un hombre bueno, de trato franco y de natural interés por la gente.
Graduado en San Marcos, su carrera fue rápida y brillante. Ingresó como juez en la Corte del Callao, para luego postular como Vocal en Lima, donde fue presidente de la Corte en 2 oportunidades.
Obtuvo la vocalía suprema por concurso y su último cargo fue jefe de la Oficina de Control de la Magistratura. Defendió los fueros del Poder Judicial en la actual reforma porque ésta no podía caer en manos de hombres ajenos a la ley.
Siendo Supremo, le tocó ser uno de los vocales dirimentes para que opine si el caso de La Cantuta debería ser visto en el fuero común o militar. Obviamente él defendía el fuero común, previendo que así opinaría, se dio la famosa Ley Cantuta que obviaba su opinión.
Por su valentía, por su independencia, será recordado como un ejemplo, especialmente en tiempos en los que la docilidad frente al poder corroe la magistratura.
Giusti era un entusiasta del fútbol e hincha de la "U". En su último cumpleaños, este 25 de enero, y ya estando en rehén, recibió una serenata, con sus familiares, dirigentes y aficionados del equipo crema. Cerpa y "El Arabe" lo saludaron, confesándose del equipo estudiantil.
Casado, tres hijos (el mayor estudia Derecho), Carlos Giusti fue un defensor de los derechos humanos y un magistrado incorruptible. Su ejemplo perdurará en nuestros tribunales.