Terminada la Batalla


Terminada la Batalla
Dramático reacomodo en la cúpula para salir del hueco.

El asesor Vladimiro Montesinos y el General Victorioso visitan la residencia como dos gemelos.

EL país ha vivido momentos de particular intensidad los últimos días y ha pasado, consecutivamente, del temor de una masacre inesperada a la euforia de haber superado la pesadilla en la que un grupo subversivo lo mantuvo en vilo por 126 días.
Las circunstancias que han rodeado la recuperación de la residencia del embajador de Japón y el rescate de los 172 cautivos mediante una operación militar de impecable y riesgosa factura han sido, sin duda, tremendas pero han restaurado el imperio de la ley y le han dado un vigoroso renacimiento al prestigio político del Presidente Alberto Fujimori, cuando el día domingo parecía languidecer peligrosamente.
Son aspectos que la ciudadanía ha reconocido con entusiasmo, la oposición con hidalguía y los medios de comunicación unánimemente.
No podía ser de otro modo.
Se ha tratado de una acción de arrojo, de valentía y de oportunidad que hay que reconocerle al Presidente de la República, quien por lo demás ha señalado que fue su responsabilidad personal, apoyada por las Fuerzas Armadas, su alta calificación, y el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN).
Nadie puede congratularse, sin embargo, de que se derrame sangre y se recurra a la violencia, aun cuando por el lado de los terroristas el chantaje y la sobrestimación de su posición de fuerza llevó la paciencia gubernamental hasta el límite de lo posible.

El Presidente Alberto Fujimori en su discurso después de la batalla. Derecha, El general Nicolás de Bari Hermoza y el Presidente Alberto Fujimori se saludan el sábado 19: ya estaba todo cocinado. Allí se dijo que no hay pugna.

El propio Presidente Fujimori ha reflejado en sus acciones después de la incursión triunfal en la residencia un periplo anímico que da que pensar. Eufórico en el ómnibus que conducía a los rehenes liberados, emocionado en el primer discurso (teniendo dificultad para contener el llanto) tratando de mostrar equilibrio, para luego ir siendo ganado por un afán demostrativo de la excelencia de la operación y una macabra exhibición de los cadáveres que linda con una satisfacción ante la muerte que, difícilmente, puede ser una vía sobre la cual fundar un orden democrático y civilizado.

Canciller japonés Yukihiko Ikeda: explicaciones, saludos, suspenso.

Las primeras reacciones de auténtico alivio por un resultado que no fue finalmente tan costoso en vidas humanas como se temía, pero que ha significado verdadero dolor por la pérdida de personalidades como Carlos Giusti, los dos valerosos oficiales del Ejército y los engañados jóvenes del MRTA, cuyo azoro y desconcierto les valió ser incluso "protegidos" de algunos de los rehenes, han dado paso sin embargo a algunas prevenciones que es conveniente reseñar:

  • El Presidente Alberto Fujimori se fortalece una vez más (por eso se ha dicho que siendo un apostador al que no le tiembla la mano, hay en su gesto del martes 22 de abril un "aire de familia" con el del 5 de abril de 1992). Y supera un severísimo momento de inestabilidad política y de mutuas acusaciones a sectores del SIN y las FF.AA. que podrían haber producido una ruptura en el precario equilibrio entre Alberto Fujimori, Nicolás Hermoza y Vladimiro Montesinos.
  • Esta hora estelar puede permitir que se echen al olvido las promesas de investigar a fondo los excesos en contra de dos funcionarias del Servicio de Inteligencia del Ejército y la cuestión del estatus profesional del asesor del SIN, Vladimiro Montesinos.
  • La mayoría parlamentaria puede reincidir en la política de falta de fiscalización y en una línea de intolerancia frente a los reclamos de la oposición, que le permiten al Ejecutivo moverse con impunidad sustituyendo el equilibrio de poderes por un desborde de facultades omnímodas.
    No deja de ser sintomático que la misma noche del martes en el pleno del Congreso, después de una sesión en la que todos los sectores felicitaron y apoyaron al gobierno por la solución de la crisis de los rehenes, la mayoría impusiera entre gallos y medianoche la ley de rectificación que inaugura una nueva amenaza contra la libertad de prensa (ver Mar de Fondo).
  • El triunfalismo puede apoderarse de todos los frentes gubernamentales, cuando junto con el tema de la moralidad pública y la defensa de la ciudadanía frente a los abusos del Estado, hay en curso una discusión muy seria acerca del modelo económico, sus pros y contras y la eventual necesidad de buscarle una óptica reactivadora del empleo y de defensa de la empresa nacional.
  • La tentación de postergar u obviar la agenda de fortalecimiento democrático que implica poner en marcha o alentar el normal funcionamiento de instituciones previstas por la Constitución y cuyo fin es permitir la transparencia, el equilibrio de poderes, la participación ciudadana y la concurrencia a las ánforas en un marco de limpieza e igualdad de oportunidades.
    Hay que reconocer que además del profesionalismo de las FF.AA. y de la decisión audaz del Presidente, ha habido una alta dosis de buena suerte. Se ha mencionado que abril le ha sido siempre propicio a Alberto Fujimori, el hombre que se precia de tener una estrella benefactora, ya que no de un Angel de la Guarda singularmente amigable.
    ¿Si el operativo militar no hubiese sido exitoso, qué habría ocurrido? La complacencia de la comunidad internacional hubiera mostrado dientes agudos y acerbas críticas. Japón ha tenido que enseñar una sonrisa bastante forzada, a fuerza de que el hecho positivo se impusiera, sin dejar pasar la ocasión de tener que reprochar el no haber sido previamente avisado o consultado.
    Estaba, además, el incidente de pocos días atrás que determinó el pedido de que el segundo representante de la Cruz Roja, Juan Pedro Schaerer, abandone el país, con el consiguiente malestar de la entidad que ha desarrollado a todas luces una admirable y ejemplar acción humanitaria a lo largo de la crisis.
    Los garantes tampoco han podido ocultar su desazón. Papel incómodo que hizo pensar a muchos que sus auténticos esfuerzos fueron una cortina de humo para ocultar los planes de intervención armada en la solución de la crisis de los rehenes. (Ver nota aparte).
    No es fácil en situaciones como las que ha vivido el Perú y su gobierno discernir dónde comienza el derecho a buscar planes contingentes y alternativos y dónde las negociaciones no son sino un subterfugio para recurrir a la acción violenta, después de haber pretextado una verdadera voluntad de hallar una solución pacífica.
    En este punto, la personalidad y la experiencia del Presidente Fujimori alientan la idea de que el juego puede ser complicado y tener vericuetos de una sutileza oriental. En política, eso puede tener siempre la implicancia de generar suspicacia y desconfianza.
    Y el camino de la pacificación, sin embargo, alienta agotar una vía distinta. Tanto a los efectos de la imagen externa como a los de las tratativas con los grupos, las fuerzas y los sectores de la sociedad nacional.
    La solución de la crisis de los rehenes puede haber sido al mismo tiempo un extraordinario salvavidas político. Pero eso es lo coyuntural. Por eso es que al lado de las felicitaciones, la mayoría de los comentaristas han indicado que el país está de nuevo ante la oportunidad de ingresar a una nueva etapa, o cuando menos a un nuevo clima político. El oficialismo insinúa más bien una postura de ensoberbecimiento, como un nuevo rico orondo y con la nariz levantada. Eso podría resultar contraproducente, porque superada la crisis provocada por el MRTA, el país vuelve a verse a sí mismo, con todas sus potencialidades pero con muchos de sus desafíos en pie de lucha. Atención al desempleo, la pobreza, la juventud. Defensa de la democracia y los derechos humanos, combate a la violencia y la inseguridad ciudadanas, lucha contra la corrupción, la intolerancia. Metas que no se borran con la derrota del MRTA sino que, por el contrario, forman parte de las exigencias que evitarán cualquier rebrote terrorista. Hay pues no sólo derecho, sino exigencia de tener esperanza y fe en un país de corte distinto, bajo el gobierno de Alberto Fujimori. Ese sería el verdadero triunfo sobre las oscuras fuerzas del terrorismo, la violencia y la intolerancia.