Transición


Por HAROLD FORSYTH
Entre Bolivia y Uruguay

DOS países hermanos, vinculados con el nuestro por la historia, la geografía y la cultura, han sido protagonistas de hechos de intenso dramatismo que, en tiempos muy recientes, marcan y definen la percepción que los peruanos tenemos de ellos.
Esto tiene una relación muy directa con el desgraciado episodio de la toma de la residencia de la Embajada del Japón, que puso a la sociedad peruana en vilo durante 126 días, y con la actitud radicalmente opuesta que asumieron, frente a casos muy parecidos, los bolivianos y los uruguayos.
Bolivia es, posiblemente, el país más ligado al Perú. No en vano la historia ha encontrado a ambos pueblos, generalmente, librando las mismas luchas, ya sea por nuestra integridad territorial, por las conquistas populares y, más recientemente, por la afirmación democrática y el respeto a los derechos humanos.
En 1982, estuve presente en la toma de posesión del Presidente Hernán Siles Suazo, quien inició el retorno de Bolivia a la comunidad de países democráticos. En esa ocasión, el Presidente Fernando Belaunde Terry pronunció una frase conmovedora: "Mirad a Bolivia, cómo se eleva a la altura de su destino". Por la feliz realidad en que se ha convertido y por el promisor futuro que la espera, es muy grato relievar el premonitor significado de la frase del presidente peruano de aquel entonces sobre la hija predilecta del Libertador.
No sorprende, por lo tanto, que el recientemente liberado embajador de Bolivia, Jorge Gumucio Granier, quien para nosotros tiene ya una plena carta de ciudadanía peruana, se haya encargado de editar, pocas semanas antes de su terrible cautiverio, una bella publicación titulada "Epopeya de Miguel Grau en la prensa boliviana de 1879", en la cual reproduce, entre muchos artículos, uno de "El Comercio" de La Paz, publicado el 19 de octubre de 1879, que, ocurrida la gesta del Almirante Grau, finaliza diciendo: "Si su tumba no fuera prenda eterna de fraternidad entre Bolivia y el Perú, valdría más desesperar".
Y, precisamente, por lo que significa la tumba de Grau, la actitud de Bolivia de negarse a canjear a su cautivo embajador por unos cuantos prisioneros es una consecuencia lógica que avala el sentido de la dignidad y de la amistad histórica. El presidente Gonzalo Sánchez de Losada, el embajador Gumucio y el pueblo boliviano supieron arrostrar la dura prueba sin vacilar un solo instante y ello conlleva el agradecimiento eterno del Perú.
La otra cara de la moneda es, sin embargo, de plomo. El rostro del embajador uruguayo, Tabaré Bocalandro Yapeyú, al abandonar la sede diplomática japonesa evidenciaba un sentimiento de vergüenza y la frondosa fraseología del Presidente y del canciller del Uruguay para justificar lo injustificable sólo hizo peores las cosas.
Difícil es interpretar cómo el gobierno del país de Artigas, de Batlle y de Rodó pudo protagonizar un hecho tan lamentable, que llegó al paroxismo cuando Bocalandro retornó a Montevideo y fue recibido como un héroe, como Sucre después de Ayacucho, cuando lo cierto es que su "gesta" se limitó a un simple trámite administrativo.
Hay coincidencias que matan y si ellas se producen lo mejor es el silencio. En ese caso, hubiéramos tenido algún respeto por el fallo curiosamente eficaz de la Corte de Apelaciones del Uruguay, velozmente difundido a los cuatro vientos por el ministro del Interior. Contrariamente, las autoridades uruguayas desoyeron el sentido común e iniciaron una bulliciosa actividad verbal que nos recordó ese incomparable proverbio francés: "El que se excusa se acusa".
Es obvio que, más tarde o más temprano, este incidente será superado y que las sólidas relaciones peruano-uruguayas retornarán al nivel de siempre. Pero, mientras tanto, los peruanos hemos sentido el profundo dolor de un puñal clavado allí donde más duele, lo cual sabremos olvidar cuando Julio María Sanguinetti, a quien considerábamos un símbolo de nuestros mejores ideales, se aleje del poder.

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