Herederos Del Sol


Herederos Del Sol
Los descendientes japoneses y su proceso de peruanización en libro de investigadora Mary Fukumoto.


M. Fukumoto, antropóloga
de la PUC e investigadora de
Manuela Ramos. Derecha,
relojería en la preguerra.
(Fotografía de la
colección de Elena Morimoto).

Dos jóvenes japonesas en el barco que las traía rumbo a Perú, seguramente bajo la modalidad de "lamado". (Colección de la familia Uyeyama).

EN 1614 ya habían 20 japoneses en territorio peruano. Tan remota presencia se pierde en la noche de los tiempos y salvo un singular documento de la Colonia guardado en la Biblioteca Nacional del Paseo de Recoletos, en Madrid, que describe minuciosamente las características personales de los parroquianos limeños, no quedan rastros de la temprana migración.
Mary Fukumoto, antropóloga nisei que ha dedicado siete años a la investigación de la migración japonesa, presenta en un sólido libro (602 páginas) los resultados de ese peregrinaje tras las huellas de sus antepasados.
"Hacia un Nuevo Sol", recoge las experiencias de los japoneses y sus descendientes asentados en Lima y provincias. Mary Fukumoto se vale de fotografías, testimonios, recuerdos, documentos y de su propia historia personal para compartir las grandezas y debilidades de un grupo social que se ha convertido inadvertidamente en protagonista de nuestra vida republicana.

Carátula y baile en estribor, quizás la fotografía más antigua de la migración. (Museo de la Inmigración Japonesa).

Señala, por ejemplo, que la migración iniciada en 1899, tuvo dos grandes modalidades: por contrato con las haciendas azucareras (dekasegi) y por "llamados" de parientes y amigos (yobiyose). En esta última se incluye el "matrimonio por retrato", por el cual muchas jóvenes atravesaron el charco para desposarse con un varón que las había elegido por fotografía.
La motivación migratoria generalmente estaba relacionada con el nivel socio económico de los viajantes. Los que venían masivamente a trabajar a las haciendas procedían de las zonas rurales del Japón mientras que los que acudían al llamado de los parientes, encontraban a sus paisanos con cierta bonanza económica o, cuando menos, con expectativas de florecimiento.
Los que venían del campo, si bien eran alfabetos, no participaban de las sofisticaciones citadinas. Desconocían el kabuki y el teatro Noh, eran religiosos que no supersticiosos, su concepción de trabajo era comunitaria y su centro vital la familia. Comida, vestuario y vivienda eran modestos, aunque las condiciones que encontraron en las haciendas no por distintas fueron menos difíciles.

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Perdieron la costumbre de quitarse los zapatos porque los pisos de tierra de las haciendas no les eran propicios, pero mantuvieron los baños de agua caliente en el tradicional furo (tina japonesa) donde se remojaba sucesivamente la familia y los amigos siguiendo un meticuloso orden jerárquico. Popularizaron las sayonaras y el ajinomoto, el tanomoshi y el karaoke, mientras que los dioses cristianos se sumaron a sus deidades budistas y su moral shintoísta porque en menesteres religiosos más que reglas de conducta lo que buscaban era "un sustento espiritual para las actividades humanas".
Los migrantes asimilaron algunas costumbres y conservaron otras, adaptaron o influyeron, según la cantidad de personas y su capacidad de inserción en la sociedad. En provincias, la peruanización fue más fácil, pero en Lima por ejemplo, el grupo fue asaz cerrado e impermeable. En cualquier caso, lo que no cambió fue su sistema de valores.
"Los japoneses han sido descritos como sumisos y a la vez arrogantes, disciplinados y al mismo tiempo rebeldes, corteses pero también insolentes, tanto leales como traicioneros, demasiado preocupados por la opinión de los demás pero a la vez con una terrible y acusadora conciencia, innovadores y adaptables pero también conservadores y rígidos, cultores del asceticismo y a la vez sibaritas, amantes de las artes y a la vez guerreros. Los japoneses combinan la delicadeza del crisantemo con la dureza de la espada", resume la autora.
A cien años del viaje inaugural y en pleno proceso de una migración de vuelta que lleva a los jóvenes nikkei a la tierra de sus antepasados, el bendito dekasegi cobra peaje a la débil identidad. "Los viajes al Japón constituían el gran sueño de los migrantes. Cuando se presentó la posibilidad de trabajar -generalmente en oficios de bajo prestigio pero bien remunerados- los viajes implicaron cierta dosis de vergüenza. Con el dekasegi se tomó conciencia de la diferencia entre los nikkei y los japoneses del Japón, no sólo en términos de idiosincrasia y cultura sino también de status social".
"Hacia un Nuevo Sol", es un valioso documento que permite atisbar el interior de uno de los grupos más herméticos y silenciosos de nuestra sociedad. (María Elena Cornejo).