Lima Era Así La Ciudad Jardín



La Ciudad Jardín
Huertas y patios, donde florecían madreselvas y árboles frutales, hicieron de la Ciudad de los Reyes un vergel.

El balcón distintivo de la ciudad en poético diálogo con el árbol. La plazuela de la Inquisición, hoy Plaza Bolívar, antes del ensanche. Izquierda: Plaza Francia e Iglesia de La Recoleta en 1926.

Lima Era Así
Ahora que la recuperación de la Lima Antigua avanza a paso firme, para satisfacción de propios y extraños, es necesario salir al frente de determinadas posiciones exageradamente conservacionistas que demandan un espacio público seco, es decir, básicamente sin árboles. Se aduce que la calle colonial estaba desprovista de ellos, y esto es cierto, pero también lo es que las huertas al interior de las manzanas suplían con creces esa carencia.

Toda clase de ramilletes en frondoso patio limeño de la calle La Amargura.

Escribe
Alberto Sánchez Aizcorbe C.

EN las postrimerías del régimen de Leguía, hacia finales de los años 20, la Plaza de Armas de Lima lucía esbeltas palmeras, al igual que la Plaza Francia, que fueron abruptamente eliminadas a comienzos de los 30 a raíz de un artículo aparecido en el diario El Comercio. En éste el arquitecto Héctor Velarde se preguntaba qué rayos hacía esta naturaleza del trópico en pleno corazón de la ciudad. Influencia del periódico o del articulista, o de ambos, el hecho es que hicieron reaccionar más rápido que ligero a las autoridades ediles de entonces, que dejaron pelado ipso facto el espacio público.

Monumento al cacique de Lima, en el antiguo Portal Escribanos, antes de los trabajos.

Desgraciadamente esta costumbre de dejar pelado el espacio público se ha repetido en la historia de la ciudad con más frecuencia de la necesaria, y así, el ciudadano nunca sabe si el árbol que suele apreciar en el paseo cotidiano, o en su observación diaria de la ciudad, se encontrará en su sitio al día siguiente.
-Así les sucedió a los vecinos que acostumbraban balconear en la Plaza Mayor, por ejemplo. De la noche a la mañana vieron desaparecer los ficus que habían tardado más de diez años en desarrollar.

-Para qué... para ver que a los pocos días se plantaban palmeras como en la época de Leguía.
No es quizás importante cuestionar el tipo de árbol a sembrar en cada ocasión. Lo que debiera ser fundamental en una ciudad seca, sin lluvias, como Lima, es que lo que se decida plantar no sea cuestionado por el que viene, pues es la de nunca acabar. Que el árbol que ha crecido y florecido por obra y gracia del trabajo del hombre, que es la única manera como crecen la mayoría de árboles en Lima, sea respetado como un pequeño santuario, santuario donde se produce diariamente la marcha indesmayable de la fotosíntesis. Marcha que intenta purificar el aire que respira una ciudad de casi ocho millones de habitantes plagada de gases contaminantes, exhalados por vehículos de segunda importados sin mayor control y fábricas e industrias que botan humos sucios hacia donde sople el viento. Como también flotas nuevas y también antiguas de camiones que desde el distrito de La Molina, por ejemplo, esparcen en el aire parte de las miles de toneladas de arena que transportan diariamente, pues ni transportistas ni responsables de las areneras admiten el menor control.

La piedra que simbolizaba a Taulichusco ha quedado desamparada. Si bien no va a permanecer así,... ¿era necesario erradicar los árboles?, ¿por qué no se parte de su respeto y a partir de allí soltar la imaginación...?

El árbol, en estas condiciones, es de necesidad y utilidad pública como diría el decreto, y debiera ser declarado traidor a la naturaleza, por decir lo menos, todo aquel que osara ponerle una sierra encima. Desgraciadamente, últimas obras emprendidas por Invermet se hallan muy lejos de este espíritu y han dado con algunos ejemplares por el suelo. Pueden mencionarse, amén de los ficus de la Plaza Mayor, los árboles vecinos del Pasaje Santa Rosa, que dicho sea de paso han dejado calata la piedra de Taulichusco, cacique de Lima, y los de la Plaza Italia, en Barrios Altos. Y preocupa, por tanto, con justa razón, que árboles de muchos años como los que pueblan las plazuelas de San Agustín y Santo Domingo, en actual remodelación, vayan a correr igual suerte, pues pareciera que la política de hechos consumados es la que gusta aplicar a ciertas instancias burocráticas que hacen previamente de los proyectos una suerte de misterio, sin entender que la ciudad es de todos, de todos los que viven en ella, y que cualquier intervención que la afecte en alguna medida debiera ser materia de opinión y de respeto a esa opinión.

En la Plaza Italia la suerte está echada. A esperar algunos lustros para un poco de sombra.

Preocupa, por otro lado, que proyectistas, por un principio discutible de respeto al pasado o por prurito estético, decidan eliminar los árboles existentes en su espacio proyectual o decidan por sí y ante sí reemplazarlos. Sería una estupidez, por no decir un crimen, que por alguna de estas razones, por ejemplo, fueran eliminados los árboles de la Plaza Buenos Aires en el jirón Huánuco de los Barrios Altos. Puede ser que no existieran en siglos anteriores, puede ser que hayan desarrollado algo torcidos, pero gran parte de la calidad espacial que se puede apreciar actualmente se debe a esos vetustos troncos y sus ramajes.
Y hablando de sombras y ramajes y terminando la presente nota, habrá de tenerse en cuenta que Lima sufre en estos días la presencia del fenómeno del Niño. Caminar a ciertas horas las calles de su Centro Histórico produce bochorno... ¿no sería por demás agradable que algunas de ellas pudieran, especialmente las orientadas de Este a Oeste, proporcionar una buena sombra al sufrido caminante...? Nada más.