
Por Javier Ruiz de Castilla Limeño de 26 años, Javier Marcos Ruiz de Castilla Guillén, es un administrador de empresas con serias inclinaciones literarias. Aunque nunca ha publicado, ejercita la escritura con paciencia y casi en el anonimato. "Te querré", es un cuento emparentado con la poesía que a fuerza de reiteración va logrando un clima progresivo de nostalgia y desgarro.
TE querré. De viejo y con nietos, mirando del pasillo tu cuarto, recordando tus alumbramientos y tu sonrisa primera a tus hijos, mezclando ese recuerdo con lo caliente de la sopa del almuerzo y con mi esfuerzo por tratar de recordar para qué sirve un peine.
Te querré. Sin silla de ruedas y de puro terco, casi arrastrándome por el pasillo del segundo piso, añorando de meses el primero, tan ajeno ya.
Te querré. Y viéndote tomar tus pastillas a tu hora trabajosamente, oyéndote rezar rezos ininteligibles y oírme mientras pienso en ti, también rezar rezos ininteligibles.
Te querré. Desde el balcón viendo a nuestros nietos, vieja, hablar de cosas en inglés, todos calvos y con el cuerpo pintado.
Te querré. Mientras nos oímos mutuamente escupir esta maldita flema que se apodera de nuestras gargantas cada mañana, poniendo más atención en ello que en la discusión diaria de nuestros hijos sobre nuestro destino.
Te querré. Sintiéndome tan mal, haciendo las veces de carga social despojable, viéndote perplejo cómo tu hija, vieja, te lleva a la boca la cuchara con sopa mientras sin darme cuenta había metido las manos dentro del plato lleno de sopa con actitud de lavarme la cara.
Te querré. Así, sin entender nada de lo que nos pasa, sin que tú me hables rígida de medio cuerpo y un poquito más con la mirada perdida, queriendo, inconcebiblemente lo sé, en ese momento darte un beso en la boca, tratando de acordarme desesperadamente cómo se da uno.
Te querré. Mientras nos ponen a ver televisión a las seis de la tarde porque nadie sabe por qué a esa hora da un programa que te da risa y es el único momento del día en que ríes y eso debe ser bueno; lo que es a mí, vieja, no me da risa.
Te querré. En medio de la pista cantando el himno marista y diciéndole un extraño piropo a la policía que me rescata del tráfico y me pregunta cosas extrañas y ajenas como mi domicilio, mi nombre y mi edad.
Te querré. Finalmente, al verte llorar cuando cruzas tus ojos legañosos con los míos y se apodera de mí la misma emoción y miedo que sentí al intentar darte mi primer beso y como siempre permanezco molesto y huraño todo el resto del día.