Estrategia De Un Malestar



Estrategia De Un Malestar
Reciente escrito del general Nicolás Hermoza pone sobre el tapete el problema de las relaciones entre la prensa y las Fuerzas Armadas.

La publicación el día martes de un encarte en el diario Expreso de un ensayo firmado por el general Nicolás de Bari Hermoza Ríos sobre la Operación Chavín de Huántar, "Estrategias de una Operación Militar", constituye en sí una noticia relevante. Mas aún cuando se señala que en la exitosa toma de la residencia del embajador japonés el pasado 22 de abril por las Fuerzas Armadas peruanas se "ejecutó una estrategia política, militar y de inteligencia que tal vez sentará las bases de una nueva doctrina universal en este tipo de operaciones".

EL general Hermoza Ríos había guardado un discreto segundo plano tras una gesta que ha consagrado héroes, le ha dado al presidente Alberto Fujimori una notoriedad mundial y ha servido, al mismo tiempo, para que la figura en las sombras del asesor Vladimiro Montesinos brille con inusitada luz propia.
¿Por qué el general da recién ahora una opinión autorizada, siendo como es, según el gorro del fascículo, "uno de los artífices de esta acción histórica"?
Su condición de Presidente del Comando Conjunto de las FFAA, Comandante General del Ejército y Jefe del Comando Operativo del Frente Interno, lo impulsa a agradecer las felicitaciones que ha recibido por el operativo estratégico, pero además señala que tiene "razones éticas para informar, aun cuando sea sintetizadamente (sic. Debió decir sintéticamente) y en forma descriptiva, el contexto integral de la indicada operación militar...".

El país vibró con los gritos de triunfo de los comandos en la reconquista de la residencia de la Embajada.

Un buen lector podrá ver en esta extensa frase, de compleja y barroca arquitectura, un retintín de queja, como si alguien, falto de ética, hubiera querido atribuirse laureles que corresponden al Comando y a la larga maduración de una estrategia revolucionaria.
¿Quién se quiere llevar los laureles? Se desconoce.
Los hechos se encadenan, sin embargo, de tal modo que puede intentarse algunas explicaciones plausibles.
La primera que el fascículo se publica el día del arribo presidencial de su larga gira al Japón y cuando en los mentideros políticos se hablaba de que el general Hermoza Ríos dejaría muy pronto tan altos cargos de la cúspide castrense.
Algunos dirán que este texto es como una despedida que habla de sus grandes dotes militares. Es como decir, miren lo que se pierden.
Otros, aducirán que, al contrario, es la reafirmación de un genio militar que, a todas luces, la experiencia aconseja no desaprovechar en la magna tarea de redimir al Perú. Es como decir, miren lo que se ganan.
Esas, con todo, son explicaciones de coyuntura, demasiado personales.
Diversas fuentes militares han venido señalando en las últimas semanas que el malestar interno en los cuarteles ha ido subiendo de tono por la forma en que la prensa olvidó la acción meritoria de abril y dio publicidad escandalosa a casos como los de Leonor La Rosa o a golpizas y amenazas a periodistas atribuyéndoselas a los servicios secretos de las FFAA.
Quiérase o no, han terminado por mezclarse varios hechos que reavivan el viejo debate entre la mentalidad castrense y la de los civiles.
Para Alberto Borea, de Foro Democrático, el comienzo de esta confusión indeseable es que "los militares pretenden asumir un rol que no les compete. Ellos saben qué no es lo correcto. Eso les da complejo de culpabilidad".

Agente Leonor La Rosa: drama que no se supo manejar.

Para el general retirado Jaime Salinas Sedó -impulsor de un Instituto Latinoamericano que quiere tender puentes entre civiles y militares- "la mayor sensibilidad militar respecto a la prensa no está motivada por el descenso de la popularidad del gobierno, aun cuando una cúpula esté politizada". Las reacciones frente a la prensa se deberían, según él, al espíritu de cuerpo que se fastidia por "ese hurgar en el tema que duele mañana, tarde y noche".
El general retirado Walter Ledesma, por su parte, piensa que hay un foso de credibilidad que ha aumentado por la supresión de las relaciones entre civiles y militares. Cada región y oficinas especializadas tenían antes su servicio de contacto con la prensa. Tal como ocurre en Estados Unidos, donde los periodistas son llevados al propio campo de batalla a partir de un código de información al que deben sujetarse. Si alguien se escapa de estas normas previamente negociadas, simplemente se le retrasa la información, con lo que los servicios informativos penalizados pierden frente a la competencia.
El hecho es que la posición de molestia en las FFAA va a contrapelo de los intentos por suavizar las cosas por parte del gobierno. No otra cosa ha significado el que el primer ministro Alberto Pandolfi, y el ministro de Defensa, Tomás Castillo, no se presenten en el Congreso y tal vez no lo hagan en este julio de festividades patrias.

General Nicolás de Bari Hermoza: la memoria, las citas, el deber "ético" en una encrucijada de alta densidad política.

Incluso la oferta de la cabeza de Augusto Miyagusuku, el sospechoso ex mandamás de Popular y Porvenir, se inscribe dentro de esta estrategia de amortiguar el punzante filo de las críticas.
Pero lo que no ha podido el presidente Alberto Fujimori es encontrar una vía de aproximación a la prensa y, en ese contexto, la golpiza contra el redactor político de Ojo, Roberto Angeles, vino en el peor momento. Si es que se trató de una maniobra para entorpecer las eventuales nuevas relaciones con la prensa, logró su objetivo a plenitud.
Parece increíble que hasta el congresista Daniel Espichán, con su simplista explicación de que el caso estaba cerrado tras una rápida investigación policial, haya tenido que ser corregido por el primer vicepresidente Ricardo Márquez, dando nuevamente la impresión que la desazón copaba las tiendas presidenciales.
El presidente Alberto Fujimori tampoco está en capacidad de revertir la ola de malestar castrense. Para la mentalidad civil, nada sería más fácil que ordenar la investigación de las torturas a Leonor La Rosa y proceder a examinar qué está pasando en la institución castrense, cueste lo que cueste. Para los militares en cambio, investigar a un miembro de las FFAA por la justicia ordinaria es ya culpar. Y menos por asuntos de derechos humanos que es el punto que suscita de inmediato el recuerdo de que en plena lucha contra el terrorismo las izquierdas se "aprovechaban" para hacer más polvareda.
Esta simbiosis entre secreto y honor militar, entre el delito de un miembro y el ataque a la institución, es una concepción equivocada que llevada a su extremo parece hacer de las FFAA un Estado dentro de otro."Los militares no queremos ser un Estado dentro de otro. Somos parte de la sociedad civil", sentencia Salinas Sedó.
En la búsqueda de un restablecimiento de la postración política, el presidente Fujimori tendrá que hacer frente a esta exigencia de una mayor claridad en los propios institutos castrenses respecto a los estilos y las vías democráticas. Los calentones y las calenturas ya no parecen convenir a los actuales tiempos. Y no es que la sociedad civil exija venganzas ni represalias contra las FFAA, sino que se mantengan en su ética y su estricto cumplimiento constitucional.