DIANA La Princesa Que Quería Vivir


PUENTE DEL ALMA
Paris 31 de agosto, 12.30 de la madrugada: carrera mortal
Como en el cuento de hadas, eran la doce de la noche. Pero no había palacio ni calabaza mágica, sino el Ritz y un Mercedes Benz 600. La Princesa, enamorada de un plebeyo, huía de acosadores profesionales. Y la historia terminó, y terminó mal. La furia contra los paparazzi se manifestó en el acto. En el Puente del Alma, la Princesa Perdía la vida. DIANA
La Princesa Que Quería Vivir
A Diana Spencer no le significó mucho esfuerzo convertirse en la persona más fotografiada del mundo. De niña y adolescente ya había mostrado una especial disposición frente al lente familiar. De mujer, su belleza floreció radiante y una sofisticación natural, libre de protocolos, magnetizó al mundo. Como en la película de Audrey Hepburn, Diana sólo quería vivir, pero fue en París que encontró su final. Para el recuerdo, álbum de una personalidad irremplazable.

Empieza el transitorio cuento de hadas con la inclinación marcial del príncipe azul ante una novia rendida. La aún disimulada armonía prosiguió meses después hasta el nacimiento de Guillermo, el primogénito de la pareja que hoy, a los quince años, se enfrenta al duro reto de asumir el trágico fin de su madre. En medio de la incertidumbre, él podría ser el siguiente rey de Inglaterra.


Preámbulos
manifiestos
del divorcio
en ceremonias
oficiales.


La princesa liberada. Asistiendo a una performance de gala del English National Ballet, en Hungría, con efecto de corona.

HABIA una vez una princesa que nunca vivió un cuento de hadas. En parte top model, en parte santa y en parte mujer independiente de fin de siglo. Aunque al borde de un ataque de nervios y harta de la familia de su esposo. Diana de Gales vivió 36 años que fueron duros, dignos y reales, no por la realeza, sino por la realidad plebeya que le tocó enfrentar.
Desamor, traición y tristeza la siguieron y acompañaron sin descanso como trágico escudo heráldico que no respetó alcurnia ni distinción, humanizando la distante hermosura de una mujer supuestamente ajena al catálogo de penurias cotidianas que afectan, con la exactitud de la relojería suiza, al resto de mortales que sólo tiene coronas en los dientes.

El cuento parecía tomar forma. Diana conoce a Nureyev en el Royal Opera House, Londres 1982.

Pero, más allá de lamentarse de su propia suerte, deporte muy propio de ricos y famosos que saben sufrir maravillosamente entre beluga y Veuve Clicqot, Diana se elevó por encima de sí misma para -burlándose del mismo sistema que la mitificaba- llevar la atención hacia temas verdaderamente más urgentes que, por ejemplo, su ajuar de vestidos de noche. Un día los remató todos, y adiós, nos vemos en un campo minado de Bosnia. Lo que pasó con las pertenencias de Jackie O., pero en vida.
Esta simple y -muy fotogénica- humanidad de Diana fue una bocanada de oxígeno dentro del Parque Jurásico en el que se había transformado Buckingham. Pero Buckingam, al parecer, pefería seguir viviendo aguantando la respiración y con la cortinas cerradas.

No era exactamente Cenicienta, pero a pesar de su linaje aristocrático, Diana conoció el trabajo desde joven. Y de princesa no lo abandonó.

Esta natural pertenencia al mundo de hoy desde una posición privilegiada le permitía a Diana, ya fuera en un escenario color radiación nuclear de MTV o en los dolientes predios de la Madre Teresa de Calcuta, desempeñarse con igual autenticidad y empatía. Disfrutaba y ejercía del power-talk de una sobremesa con Kissinger, y a la vez no le faltaba tiempo ni le venían ascos a la hora de confortar a un enfermo de sida. Era la Princesa de Gales, vivía en un palacio con 450 mil libras anuales para caja chica, pero a diferencia de los miembros plenos del tronco mismo de la realeza británica, mostraba todas las evidencias de ser de carne y hueso, preocupada por sus semejantes de idéntica composición.

En Londres, se estima que cada hora más de 200 personas firman en Libro de Condolencias. En Lima, arriba, también se visita la Embajada.

Diana había derrotado la no escrita regla del "labio superior inmutable", protocolo gesticular de Buckingham destinado a preservar a la realeza de la pedestre muestra de emociones. Ellos, la familia real, respondían al hermético y corporativo alias de "La Firma" en alusión a sus rígidas cláusulas de membresía, sanguínea y no sanguínea. Diana, a manera de armas contra este poder de lujo, cuajó un consistente cocktail personal de alcances globales: belleza, inteligencia y glamour, que posicionado temerariamente en el filo de la navaja de la atención mundial, había logrado el ambiguo prodigio de convertirla en la mujer mas fotografiada del mundo. Un icono obligatorio del siglo XX.

Esta obsesa atención sobre ella, desde su peinado a sus regurgitaciones, le tomó tiempo, sudor y lágrimas comprenderla, según confesó en la célebre entrevista al "Panorama" de la BBC. Pero una vez que lo hizo, le sacó finamente el jugo. Con elegantísima inteligencia fungía de flautista de Hamelin en traje de noche para derivar los lentes obsesionados en su persona sobre temas que a ella le interesaba resaltar: los enfermos, los pobres, las víctimas de las minas. Todo un paquete humanitario hecho sexy gracias a venir envuelto en irresistible encanto y perseverancia chic, y de eficaces resultados, aún post-mortem: ante la multitud de deseos de ayudar en sus causas, los abogados de Diana han abierto cuentas bancarias para sus seguidores que no quieren que sus esfuerzos hayan sido en vano.
La vida buena, la momentáneamente placentera, no le era ajena. De niña quería ser bailarina y daba de saltos ornamentales en su casa familiar. De grande, ya princesa, una noche en la Casa Blanca logró su sueño de bailar canciones de los Bee Gees con el propio John Travolta, por supuesto con el aprobatorio tono rosa pálido de las orejas de su marido. De grande, ya princesa, llevó a sus hijos a Eurodsiney y desbarrancó feliz al futuro Rey de Inglaterra y su hermano por cataratas de agua, lejanísimas de los controlados paisajes bucólicos que la cacería inglesa obligaba a los críos reales. La última de estas felicidades fue egipcia, libre y mediterránea. "Es un verdulero", decían los detractores acerca del multimillonario plebeyo e inmigrante. "Es su compañero espiritual", decían los que en la mirada de Diana veían un renovado brillo.
Infelicidad e infelices en su vida hubo en abundancia. Ninguno tan poca cosa como el Mayor Hewitt que vendió al sensacionalismo sus secretos íntimos por dinero, justicieramente rebautizado por la flema inglesa como "El Amante Rata" y que hoy llora las lágrimas del roedor ante el racumín. El fantasma perenne de Camila, esa mujer de sonrisa dígase gótica a la que Carlos le guardó siempre ejemplarísima y estoica fidelidad, le obligó a considerar su vida privada siempre en términos de múltiplos de tres. Y "La Firma", que a través de un SIN de terciopelo grababa sus llamadas, seguía sus pasos y pretendía domesticar su voluntad, era una sombra más, de las muchas, sobre su vida.
Y Diana, no se rindió.
No se sometió al desamor de un compromiso claramente prefabricado. No se sometió a las funciones meramente decorativas que hubiera podido negociar. Ni siquiera quiso someterse a una prensa, curiosamente llamada "del corazón", que le reventaba el hígado reclamando jurisdicción sobre toda su vida. Su poder de venta global sobre millones de vidas promedio donde-como en el Perú- lo más cercano a los Palacios es el Chorri, le había puesto el precio más alto a su imagen. La ilusión, una de ellas, era la de rozar el sueño y la lucha de esta regia mujer contra el mundo, por sus hijos, y contra su suegra. Se dice que la fama comprende cinco etapas: curiosidad, convivencia, negación, aceptación y muerte. Ella conoció todas.
Diana Spencer, princesa de Gales, Lady Di, en inglés "dai" que rima con "die" (muere), también conocida ahora según Tony Blair como la Princesa del Pueblo, o como Santa Diana del Pont de Alma según primeras voces que reclaman su elevación a los altares, ahora sí descansa en paz. Demasiado pronto, demasiado absurdo. Esta es su historia.

¿CUENTO DE HADAS?

Tenía 19 años cuando el príncipe le pidió que fuera su esposa. Tal requerimiento, aceptado con nerviosismo, envolvía mucho más que una romántica ceremonia en la majestuosa Catedral de San Pablo y una vida feliz y pomposa al lado del futuro rey de Inglaterra. Lady Diana Spencer consentía también, formar parte de la corona más antigua, acaudalada y anquilosada del mundo. Sin duda, una responsabilidad complicada. Pero ella amaba de veras al príncipe. Aunque el zapato que éste le calzara era de la talla de Camila Parker-Bowles.
Los británicos ya podían contar su propio y perfecto cuento de hadas. No obstante, desde que Diana dejó de llamarle sir para decirle Carlos, lo que ocurrió el mismo momento del compromiso, actores secundarios de este cuento que no fue se encargaron de trazar las líneas complicadas de la historia. El codiciado príncipe había cortejado a numerosas jóvenes de la nobleza europea (inclusive a Sarah Spencer, hermana mayor de Diana) pero su relación con Camila, una mujer casada, superaba todo entendimiento.
Diana, dueña de una prolongada herencia noble (descendiente de Enrique VII y pariente lejana de ocho presidentes americanos, de Winston Churchil, de Humphrey Bogart y hasta de Al Capone), no imaginaba siquiera los rigores protocolares del almidonado Palacio de Buckingham.
Tres meses antes de la boda, recluida en los predios de la reina madre y mientras recibía tediosas clases de historia de la monarquía , percibía la indiferencia de su novio y la frialdad de su regia familia. Todo parecía indicar que no se casarían dos sino tres. Camila, la vieja amiga de Carlos, no dejaría nunca de entrometerse en su camino.
La presión monárquica y la sombra de Camila originaron la bulimia de Diana. Ensayaba reverencias para dedicárselas a la reina, comía exageradamente, se sometía a flagelantes ayunos o se provocaba el vómito.
Andrew Morton, considerado como el biógrafo más serio de Diana, cuenta que fue tan evidente la omnipresencia de Camila que la joven pensó inclusive cancelar la boda los días previos a que ésta se realizara. La frecuente y poco disimulada comunicación e intercambio de regalos entre su novio y Camila la sacaron de quicio.
Meses más tarde, en su luna de miel dos acontecimientos incrementaron sus celos. De la agenda de Carlos cayeron inesperadamente dos fotos de Camila. Y, durante una cena, Carlos se presentó con gemelos nuevos: tenían un par de "C" entrelazadas. Pero no fue sólo Camila.

Estudio de estilo. Imponiendo una línea y luciendo (arriba, der.) la tiara oficial, la Spencer.

Diana había tenido una infancia triste y difícil. Sus padres se divorciaron en 1967. Ella apenas tenía seis años. Esto la tornó en una muchacha frágil e insegura.
Seguramente los mejores momentos de esta etapa de su vida fueron los que pasó en su departamento de soltera en Londres (antes había estado en un internado en Suiza) cuando se divertía con sus amigos, preparaba rollos de chocolate y borsht ruso y se dedicaba al prosaico y plebeyo oficio de au pair y profesora en un nido.
"No padezcas, después será mucho peor", le vaticinó a modo de broma la princesa Grace Kelly, cuando Diana asistió a su primera gala benéfica en Londres. Diana estaba mortificada y los invitados lo notaron. El espléndido vestido negro que lucía no le había gustado a su prometido. "Sólo se visten de negro las personas que están de luto", le dijo Carlos.
Sin embargo, el día de la boda, el imperturbable Carlos se conmovió. Y al Obispo de Canterbury no le quedó otro remedió que pronunciar, en inspirado arrebato, la frase célebre: "De esto están hechos los sueños". Diana era una novia hermosa y "emocionalmente confundida", según recordaría luego. En sus casas, 750 millones de personas alrededor del mundo seguían el sueño por televisión.

LA ASFIXIA REAL

La luna de miel fue a bordo del yate real Britannia y en pleno Mediterráneo. La intimidad era así: los recién casados, veintiún oficiales, doscientos cincuentiseis marineros, aparejos de pesca y media docena de libros de sir Laurens Van Der Post, filósofo y aventurero sudafricano, amigo y mentor de Carlos.
Pese a la multitudinaria compañía, la pareja fue feliz. A su manera, Carlos amaba a Diana. Ella, por su parte, pensaba que todo cambiaría a partir de su nueva vida de casados. Se equivocó, finalizada la luna de miel, Carlos volvió a Camila y Diana a su bulimia. Esta por cierto ocasiona estragos en la personalidad. De ahí aquello de "la princesa impredescible".

Fue mito en vida, su fiel réplica en cera ya estaba en el museo de Madame Tussaud.

Además estaban las presiones de su estrenada posición de Princesa de Gales y Alteza Real. Todo lo que hacía o decía, que además tenía que hacerlo o decirlo bien, empezaba a cobrar un inusitado interés de la prensa mundial. Diana tenía que sonreír. Habían cámaras por todas partes.
La relación de los príncipes mejoraba a ratos para hundirse después. Diana no tenía una mano de la cual agarrarse. La familia real propensa a esquivar cualquier manifestación emocional, se hizo a un lado. Aparecieron los siquiatras y sicólogos. Los primeros intentos de suicidio.
Diana estaba agobiada. Aterrorizada por las multitudes que la querían conocer. Fastidiada por los fotógrafos que no la dejaban en paz. Ya su madre, en la época del idilio, se había quejado del acoso que Diana soportó por parte de la prensa. En una carta dirigida a The Times escribió: ¿Se me permite preguntar a los redactores de Fleet Street si, en el cumplimiento de su trabajo, consideran imprescindible o justo acosar a mi hija diariamente, desde el alba hasta bien entrada la noche? ¿Es justo que un ser humano sea tratado de semejante manera?
Carlos permanecía indiferente. El resto de la familia la consideraba un problema. En esas circunstancias nació su primer hijo, Guillermo. "Gracias a Dios no tiene las orejas de su padre", exclamó la reina Isabel cuando vio al pequeño. Pero ni el nacimiento del primogénito calmó las agitadas aguas del matrimonio.

Su labor humanitaria no era de reciente factura. En la foto, 1983, Diana visitaba a una herida en un atentado con coche-bomba contra Harrod's, la tienda del que sería su último amor.

Si al principio Diana causó una grata impresión entre los periodistas, poco a poco ésta se fue deteriorando. Se le acusaba de ser ingenua y frívola. Según el biógrafo Andrew Morton para la prensa "ella ya no era la princesa surgida de un cuento de hadas, sino la consumista real que había dilapidado una fortuna en una variedad infinita de vestidos nuevos".
Esta catástrofe duró poco. Diana volvió a ser admirada y adulada a raíz de los viajes oficiales que inició sola a varias partes del mundo. Su comportamiento en tan delicadas ocasiones era más que perfecto. No tardó mucho en desprenderse de la severa rigidez real para hacer lo que ella quería. Esa audacia cautivó a los paparazzi. Diana era la pieza magistral de toda la familia real. Además su voceada separación de Carlos era ya casi un hecho. Y eso era interesante.

EL ESCANDALO REAL

Una explosiva entrevista para la BBC de Londres destapó las intimidades entre la pareja real. La propia Diana se encargó, en larga conversación, de proporcionar hasta el más mínimo detalle. Amén de despotricar contra la "obsoleta monarquía". El escándalo dio la vuelta al mundo.
Aparecieron los amantes y las grabaciones telefónicas. Carlos había reconocido su infidelidad con Camila Parker-Bowles. Diana la suya con James Hewitt.
Las acusaciones van y vienen. Finalmente Diana accede al divorcio. De víctima a vencedora. Pierde el título de Alteza Real, conserva el de Princesa de Gales. Obtiene 15 millones de libras esterlinas. Es decir que por fin ella y Carlos, después de 16 años de matrimonio, se ponen de acuerdo.
Acostumbrados desde tiempos inmemoriales a este tipo de desarreglos -Ricardo III quiso cambiar su reino por un caballo, Enrique VIII desposó a seis mujeres y mató a dos de ellas, Isabel I tuvo amantes desde los 14 años, Eduardo VIII abdicó al trono por el amor de Wallis Simpson- los británicos se mantenían expectantes. Esta vez la situación es más grave.

Multimillonario y con experiencia, Dodi parecía haberse redimido con Diana. Nunca se sabrá.

Se discute el destino de la corona. La reina piensa entonces en gobernar hasta que Guillermo cumpla los 18 años para entregarle el trono. Esto se especula desde 1992, a raíz de la separación de hecho de Carlos y Diana.

LA PRINCESA LIBERADA

La transformación es patente. El cabello más corto, rubio, una figura atlética e impresionante seguridad. Sigue siendo la delicia de los fotógrafos. Pero ahora combina su frívola afición por la ropa cara con la ayuda a los más desamparados.
Es la princesa humana y solidaria que sorprende a todos con sus viajes a Bosnia o a Angola. Su cruzada por erradicar las minas antipersonales y de impulsar una campaña mundial con el objetivo de prohibirlas es seria y trascendente. Igualmente el apoyo que brinda a mutilados por la guerra, ancianos o enfermos con sida. No necesita guantes para tocarlos.
De pronto tiene ideas geniales. Como la de rematar, en julio de este año, los vestidos que usó cuando fue esposa de Carlos. No sólo borró definitivamente su imagen de compradora compulsiva sino que reafirmó su figura de embajadora de buena voluntad. El dinero obtenido de la venta contribuirá a desarrollar sus obras de caridad.
En la galería Christie's de Nueva Tork, los 79 vestidos de fiesta de Di significaron una suma de más de tres millones de dólares. Nadie lo podía creer. Uno de los más caros fue el llamado "Travolta" (que lo usó la noche que bailó con Travolta en la Casa Blanca de Reagan), se remató en nada menos que 222,500 dólares.
Estos últimos meses habían sido buenos para Diana. Comenzó a salir con Dodi Al Fayed, también divorciado e hijo de Mohamad Al Fayed, millonario de origen egipcio dueño de la cadena de la tradicional tiendas Harrod's, un símbolo nacional. Se enamoraron.
El primer encuentro tuvo lugar en Saint Tropez, en la casa del millonario. Allí acudió Diana con sus hijos a pasar las vacaciones de julio. Luego, la princesa y Dodi partieron a un crucero de dos semanas por Córcega y Cerdeña. Los paparazzi captaron el romance (las fotos se transaron en el mercado en 450,000 dólares) que Diana a su regreso no intentó ocultar. Nuevamente las especulaciones. Diana cristiana y Dodi mahometano. Si realmente se casaban, ¿qué podía suceder?
"Han sido las vacaciones más hermosas de mi vida", repitió Diana una y varias veces. También serían las últimas.

EL ACCIDENTE

"La van a matar", dijo Fergie algunas semanas antes del accidente. El acoso de los paparazzi a la princesa Diana era ya preocupante. Una persona pública, tan pública como Diana, fotografiada diariamente durante 17 años, protagonista de la más célebre historia de amor y odio, casi reina del imperio más antiguo del mundo, y -fundamentalmente- madre del futuro rey de Inglaterra, ¿tenía legítimo derecho a una vida privada? Se sabe que Dodi, tiempo atrás, había contratado a un relacionista público para darse a conocer en Hollywood y luego mejorar su imagen ante los ingleses. Paradójico. Con Diana, sin embargo, empezaba a conocer las virtudes -y la necesidad- de la privacidad.
Su padre Mohamed Al Fayed no es una persona grata en los empingorotados círculos de Gran Bretaña, a pesar de su enorme fortuna (la número 14 en Inglaterra). Ha estado en ceremonias oficiales de la realeza desde hace varias décadas pero por nada se le otorga la nacionalidad que él tanto aspira.
La noche del 31, el chofer oficial había abandonado primero El Ritz, solo, como señuelo. Quedó al volante un hombre de seguridad del Hotel, Mr. Paul, once años trabajador del Ritz, experto en manejar carros Mercedes Benz blindados. Había seguido un curso en Stuttgart, en la misma MB. El problema era que había tomado el equivalente a una botella y media de vino con el estómago vacío: "A ver si me alcanzan", les dijo a los paparazzi motorizados que no habían caído en el engaño y aún esperaban en la puerta.
Las últimas fotos conocidas indican que hubo un altercado en la puerta del Ritz. Primero a Dodi se le ve discutiendo. Luego, él y Diana se agazapan en el asiento trasero. No llevan puesto cinturón de seguridad.
Un nuevo testimonio habla de una motocicleta zigzagueante delante del automóvil. La Mercedes ha ofrecido sus peritos para estudiar el caso y recalca que si bien el velocímetro se encontró trabado marcando 196 kph., esto no necesariamene significa que hayan estado viajando a esa velocidad. El violento impacto pudo haberlo dejado así. También se habla de un poblema de diseño del túnel bajo el Puente del Alma: sus pilotes centrales carecen de protección para los automovilistas. Cinco de los fotógrafos serán enjuiciados, ya que -investigación al margen- en Francia existe la ley del buen samaritano, donde las personas están obligadas a socorrer a los heridos. Además, en una emergencia médica existe lo que se llama "La Hora Dorada", tiempo crucial para salvar una vida desde que sucede un accidente. Un médico francés que pasó fortuitamente por el túnel intentó asistirla, sin saber de quién se trataba. La encontró con la cabeza gacha, ahogándose en su propia sangre. Corrigió su postura y por su reacción covulsiva se percató que había sufrido un traumatismo encefalocraneano. A Diana recién pudieron liberarla una hora después del choque. Según testigos los paparazzi prefirieron tomar macabras fotos, y algunas ya han sido publicadas en el medio más sensacionalista del mundo, el infame "Bild" de Alemania, cuya carátula la televisión ha reproducido distorsionando electrónicamente las fotos en cuestión.
Al día siguiente, mientras que algunos turistas contemplaban la boca del túnel con congoja, otros se dedicaban a recoger pedacitos del Mercedes como si fueran reliquias.
Alrededor del mundo, la gente tomaba partido. Ella nunca tuvo clase, decían en una peluquería limeña. Carlos tiene la culpa, se aseguraba en una conversación por celular. Los mandaron matar, decían en el mercado. Aisladamente, se reportaban palizas injustificadas a fotógrafos en diversos puntos del globo.
A través de su portavoz, el padre de Dodi declaró: "cambiaría el Harrod's y el Ritz por las vidas de Diana y Dodi". Simultáneamente, una de las vitrinas de Harrod's mostraba sendos retratos de la pareja.
El fiel guardaespaldas de Diana, el único sobreviviente, tiene la última palabra.

CORONA TAMBALEANTE

Antes de estos últimos sucesos, la reina Isabel había aceptado que se discuta en el Parlamento una ley por la cual se permita que ocupen el trono los primogénitos aunque sean mujeres, poniendo fin así a 800 años de prioridad de los hijos varones. Le estaba dando una salida al problema de Carlos y a su situación de divorciado. De aprobarse la ley, la princesa Ana sería la reina.
Pero ahora Carlos está viudo. Querrá ser rey, y probablemente, que Camila sea su reina (cada vez es más explícita la relación entre ambos). Pero difícil. Tendrá que enfrentarse a todo el pueblo inglés. En primer lugar el 70% de los ingleses, según reciente encuesta, opina que la monarquía debe desaparecer en los próximos 50 años. En segundo, la Iglesia Anglicana no acepta que Camila sea reina. En tercero y definitivo, los ingleses adoraban a Diana. Mientras que "La Firma" quería que los funerales fueran lo más pronto y discretos (!) posibles, la familia Spencer, respaldada por Tony Blair, entendió la significancia social que este evento tendría. Los funerales, por eso, tenían que ser un día feriado, para que todo el pueblo pudiera asistir.
-"A ver si nos alcanzan", dicen que dijo el conductor.
A ella, nunca, nadie, la podrá alcanzar. (Teresina Muñoz-Nájar).


Edificante Reinado Espiritual

Escribe : FERNANDO BELAUNDE TERRY

UN hondo dolor y una gran esperanza han cubierto en estos días toda la redondez del planeta. En la plenitud de su esplendor juvenil, en el misterio de su penetración tan profunda a todas las naciones y multitudes, un trágico accidente ha puesto término a la vida de la princesa Diana. Concluye así la existencia física de este ser excepcional, que supo asimilar dulcemente sus propias desventuras y transmitir al mundo la excelencia de su espíritu fraterno y de sus vibrantes sentimientos humanos.
Es un caso de extraordinaria capacidad de difundir ideales y llegar con ellos al alma de las multitudes. Pocas veces se ha logrado en el mundo una capacidad más amplia, extensa y conmovedora de comunicación. Su liderazgo no se limitó a su paso por una ilustre Casa Real, donde se forjó su inicial notoriedad. Lejos de esa alta condición, demostró que con su sola actitud solidaria podía superar y enriquecer su mensaje.
Nos conmovimos viéndola visitar a los pueblos atribulados. A las tribus mermadas por la violencia. A la niñez desnutrida o enferma. Se acercaba ella con tal naturalidad y ternura que fue cautivando poco a poco la adhesión general, de continente en continente, de pueblo en pueblo.
Y, con gesto visionario, se convirtió en la lidereza de una gran causa mundial contra aquella diabólica invención, destinada a amenazar a hombres y pueblos, a matar y también a torturar a inocentes víctimas con tremendas heridas y crueles invalideces: ¡las minas terrestres!
Nadie le dio credenciales para eso. Pero sus propios sentimientos la convirtieron en símbolo de la gran esperanza de la abolición de la violencia. Por eso, al terminar su vida y entrar en la memoria de los pueblos, es el destino el que le otorga poderes infinitos en defensa de la humanidad, en un edificante reinado espiritual.


Muchos Asesinos
Testimonio parisino al borde del Sena. La polémica en Francia recién empieza.

Escribe : JAVIER DEVALERA

EL túnel que pasa bajo el Puente del Alma, en París, en la orilla derecha del Sena, está a media distancia entre la Plaza de la Concordia y la torre Eiffel. Es un breve trecho que lleva hacia los barrios elegantes del oeste, donde abundan las embajadas y las residencias opulentas. Es un lugar con un tránsito normal, nervioso, a veces cargado, en general respetuoso de las normas. Nada lo predisponía a ser lo que es desde la madrugada del domingo: el altar de la inmolación de una princesa que, consciente o inconscientemente, se había convertido en una reina planetaria, en una novia del mundo, en una "reina de corazones", como muchos llaman ahora a Diana de Gales.

Otro santuario-Di: la antorcha sobre el túnel funesto.

El lugar es banal, pero esconde en sus inmediaciones algunos escenarios perturbadores.
Muy cerca, a menos de cien metros, está, por ejemplo, una pequeña plaza, la Plaza de la reina Astride. Pocos se detienen a preguntarse quién fue esta reina. Una pequeña placa lo recuerda, sin embargo. Era reina de los belgas y, en 1925, murió trágicamente en ese punto..., en un accidente de tránsito. Accidentes hay en todo sitio, dicen los cínicos. Pero hay algunos que parecen hechos a propósito. A unos ochocientos metros está el hotel Ritz, tal vez el más famoso hotel de París, donde Diana había cenado esa noche con su "novio", el egipcio Dodi Al Fayed, hijo del multimillonario Mohammed Al Fayed, dueño precisamente del Ritz, y de la tienda Harrod's de Londres, etc., etc. ¿Por qué tuvieron que salir de ese lugar confortable, seguro, a medianoche, tras haber festejado, sabiendo que iban a ser cazados por los paparazzi? Muchos no entienden.
A lo largo del domingo, y el lunes, y los días siguientes, los curiosos y admiradores de Diana han desfilado por el Puente de Alma, y han depositado, junto a la Llama de la Libertad, está precisamente encima del lugar de la tragedia, todo tipo de homenajes: ramos de flores, mensajes, oraciones, velas encendidas, ositos de felpa, escondidas lágrimas. Muchos se han preguntado, con susurradas frases, cómo pudo ocurrir, qué elementos se tuvieron que reunir para que la princesa de la sonrisa luminosa y desarmante fuese a acabar sus días entre los fierros de una sólida berlina alemana, estrellada contra un pilar y un muro de concreto, anodinos e implacables ambos.
¡Qué lejos estaba esa reventazón de gritos, de fierros, ese vértigo de sangre abandonando incontenible la vida, ese aire caliente cargado de humo y de llamados sin sonido ni nombres, de aquella jornada radiante de hace dieciséis años, cuando la sonrisa de Diana, desde una carroza de cuento de hadas, había conquistado al mundo! Una francesa que había llevado un pequeño ramo de flores, dejó también, con gesto vengativo, que no pudieron esconder sus anteojos oscuros, un breve mensaje escrito: "Ahora, por fin, Princesa, te dejarán en paz".
Contra uno de los muros, una tal Cecile había escrito con gruesas letras negras (que otra persona había intentado borrar, lográndolo sólo a medias): "Paparazzi, perros, asesinos".
El asunto no es tan simple, sin embargo. Y los hechos que se han ido conociendo tras las horas iniciales del drama, autorizan muchas interrogantes. ¿Culpables los fotógrafos? Posiblemente sí, por haberse convertido, muchas veces, en jauría sedienta de dinero, en los persecutores permanentes de la joven y bella mujer que había renunciado a ser reina y se había divorciado, optando por la vida antes que por las polvorientas pompas de la monarquía. Pero culpables también los medios de prensa amarillos y chismosos que pagaban, y pagan, a precio de oro, las mejores parcelas de morbo que esos sabuesos les traen. Y culpables también los lectores que piden más y más de esa bazofia hecha de aceites bronceadores, de vidas en jirones y, con frecuencia, de protervas fantasías.
¿Pero, esto convierte a los paparazzi en los culpables del accidente, en los responsables de la muerte de Diana, de su amante y del chofer? La cosa es difícil de afirmar, a no ser que una, o varias, de las motocicletas en que iban, hayan obstaculizado la marcha del automóvil de la princesa. De todos modos, hay un sobreviviente entre los que iban en la Mercedes S, el guardaespaldas de Diana, quien se recupera de sus heridas. Cuando él hable se aclarará mucho de lo que pasó antes y durante aquel fatal minuto del domingo. Parece cierto, sin embargo, que, ocurrido el accidente, los paparazzi que llegaron primero, en lugar de ayudar, se pusieron a fotografiar a las víctimas. Lo que no tiene nombre, o mejor dicho, sí.
Hay, no obstante, elementos que llevan a plantearse otras preguntas. Se sabe ya por ejemplo que el hombre que conducía la berlina, y que murió instantáneamente, como su patrón, no era un chofer profesional. Era uno de los jefes de seguridad del Ritz y, por lo tanto, persona de confianza de Dodi Al Fayed. Se sabe también que no estaba familiarizado con el vehículo. En todo caso, a menos de un kilómetro del Ritz, cuando en su desbocada carrera para escapar de los fotógrafos entra en el túnel del Puente de Alma, ¡lo hace a 195 k/h!, cuatro veces más de la cifra autorizada en la zona. Y como si fuera poco, y esto lo ha revelado la autopsia, había estado manejando con 1,65 g de alcohol en la sangre. Mejor dicho, borracho a medias.
Los días que vienen aclararán algunos de los tristes misterios que quedan por dilucidar. Mientras tanto, la sonrisa de Diana ahora está fijada para siempre en el limbo de una eterna juventud, en la algodonosa imaginación colectiva. Sobre esta tierra, al mismo tiempo, las cosas poco a poco volverán a su cauce, inclusive para la prensa amarilla y sus lectores.
Unas cuantas cosas mejorarán sin embargo gracias al breve plazo de la princesa muerta por la Tierra. La vida de algunos miserables -los niños mutilados por las minas antipersonales y, en general, por la industria bélica adulta, los africanos abandonados a su Sida pandémico- tal vez cambie, o, al menos, tal vez su sufrimiento sea observado con menos indiferencia y menos impudicia por los que se creen preservados.
Por gestos como éstos -por las campañas que Diana emprendió en favor de las víctimas de su propio mundo, y que la alejaban de los palacios e intrigas donde nadan los ricos y nuevos ricos que tanto la querían para sí-, un hombre sabio en humanidad, el gran escritor brasileño Jorge Amado, ha dicho que ella fue un "formidable personaje", una "luchadora". La gloria de las letras brasileñas piensa en sus gestos solidarios, seguramente, pero también en las batallas que dio como mujer inconforme, por lo que subraya que su lucha revelaba una cualidad indispensable en el individuo, "la dignidad".
Con su terrible muerte, la princesa Diana de Gales no ha entrado en el mito, ella ya era un mito encarnado. Su destino trágico no hace sino acentuar la fascinación que suscitaba, los sentimientos contradictorios que había sabido despertar en millones de hombres y mujeres de todo el mundo. En realidad, ella ha protagonizado de nuevo el eterno drama vivido por tantas mujeres especiales en la historia. Con frecuencia bellas, amadas y deseadas, pero también odiadas, el vasto inconsciente colectivo al parecer sólo les prepara un final malo, al que raras logran escapar. Y ese fin es triste, trágico y las hace sufrir, de anorexia, bulimia, lágrimas, soledad. Pero nada de eso es suficiente y, finalmente, hay que romperlas como muñecas con las que ya no se quiere jugar, ni soñar.

París, setiembre 1997.


Tocando el Corazón
Luto masivo envuelve a Londres en un manto de tristeza. Los funerales son el sábado 6.

Escribe desde Londres DIANA ZILERI DOUGALL

" Cómo quisiera que el reloj retrocediera", dice Mariel Larken mientras camina frente al Palacio de Kensington entre el gentío que se sigue congregando allí, en lo que fuera la residencia oficial de Diana, la princesa de Gales.
La señora Larken está vinculada al Perú. Fue presidenta de la Anglo-Peruvian Society, institución que entre otras actividades recauda fondos para obras sociales, y en alguna ocasión se metió en un proyecto para reflotar el `Ollanta', un barco del Titicaca, sospechando que su abuelo lo había construido. Cosas de damas inglesas.

Está recordando la noche del 28 de julio de 1982, cuando ella y un grupo de amigos acamparon frente a Clarence House, la residencia de la reina madre y el lugar donde Lady Di se vestiría de novia para su boda con el príncipe Carlos al día siguiente en la Catedral de St. Paul.
"Fue una noche de extraordinaria felicidad. Durante horas un amigo nuestro tocó un saxofón", agrega. "Ahora, esta pesadilla".

VELORIO URBANO.

En las calles de Londres los ruidos se amortiguan como en un velorio. Personas mayores, jóvenes, ejecutivos, turistas y madres con niños pequeños caminan en silencio y depositan su ramo. Acompañan las flores con notitas escritas a mano, fotos, recortes. "Apreciamos tu belleza y tu coraje."
"Tu vida y tu muerte fueron como una tragedia griega, y nunca desaparecerás de nuestra memoria".
Envuelto en un papel de la tienda Harrod's, un ramo agrega: "Dodi y Diana, por fin en paz y juntos."
También hay un "con Margaret Thatcher revolucionó a las mujeres del siglo XX".
Pero, en el fondo, el fenómeno masivo está mejor expresado en un mensaje muy corto:
"Diana, tocaste mi corazón".
Frente a los tres palacios reales de Londres, el de Buckingham, el de Kensignton y el de St. James, se siguen acumulando los millares de ramos y toneladas de flores.
Puntualmente, como todos los días a las doce, se ha realizado el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham, pero la ceremonia ha tenido visos fúnebres.
Frente al Palacio de Kensington, en el parque de Kensington Gardens, se veía a Diana a veces patinando o cruzando hacia una confitería, y allí se reunía con sus hijos William y Harry.
Ahora en el Palacio de St James está la Capilla Real donde se velan en privado los restos de esta "reina de los corazones", como ella quiso que se le conociera, de esta "princesa del pueblo", como la llamó el primer ministro laborista Tony Blair, hasta sus exequias.
Más allá, bajando por The Mall, miles de miles de personas hacen colas interminables para escribir unas líneas en los ahora 15 libros de condolencias.
Personas de toda condición y de diferentes rincones de Gran Bretaña se acercan a lo largo de las 24 horas del día. Como con las flores, casi todos saben que sus mensajes no serán leídos. Pero buscan así aliviar sus penas.
El fatídico domingo 31 sólo algunos diarios de Londres alcanzaron a cambiar la primera plana dando cuenta de un accidente grave en París, y sólo The Times anunció la muerte de la princesa. Después, el lunes, todos los matutinos se agotaron antes de las diez.
Desde entonces, Londres es una ciudad de duelo. Los días están soleados y el cielo azul pero la tristeza recorre las calles en gente que, con ramos de flores en la mano y releyendo los diarios, llora la desaparición de esta joven mujer tan atractiva, tan vulnerable, tan vital y tan cercana.