¿Quién Confía en Itamaraty?


¿Quién Confía en Itamaraty?
Setiembre es un mes decisivo para saber a qué atenernos con Ecuador, con la ayuda lúcida de los garantes.

Que las rondas no son buenas, que dan pena, que se acaba por llorar, como dice el clásico bolero, no debe inducir a creer que el tronar de las armas pueda construir la paz. Hay el temor de que no se ha avanzado lo suficiente en el diálogo diplomático, pero ese camino no se debe abandonar a los halcones.

A los 2 años y siete meses de su suscripción, la Declaración de Paz de Itamaraty, por la cual Perú y Ecuador convinieron en buscar caminos que acaben con la vieja cuestión de sus diferendos territoriales, parece estar llegando a un nivel de agotamiento que reabre serias preocupaciones en ambos países y en los llamados garantes del Protocolo de Río de 1942.
Esa ha sido la sensación que se respiraba en Brasilia al inicio de la cuarta ronda de conversaciones el pasado lunes 15 de setiembre. Desde esa fecha hasta el 27 de este mes se culminará con el tratamiento de los últimos impases subsistentes que trabajosamente se listaron y que constituyen los "platos fuertes" de las conversaciones de las respectivas comisiones técnico-jurídicas.
A diferencia de las tres rondas precedentes, esta vez las comisiones han recibido múltiples avisos de que la paciencia de los gobiernos, las cancillerías, las fuerzas armadas de ambos países y de los garantes había llegado, una vez más, al límite.

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De allí los soterrados informes de que Perú y Ecuador vuelven a buscar en la inspiración militar la fuente de sus respectivas estrategias diplomáticas. En estos dos años y siete meses, ha prevalecido una precaria y vigilada paz, aparte de la existencia de una zona desmilitarizada bajo el control de una Misión de Observadores (MOMEP) integrada por efectivos de los países garantes.
No se logró en ese lapso plena satisfacción a los reclamos peruanos sobre detenciones y desaparecidos, sobre el sembrado de minas de uso prohibido y sobre incursiones provocadoras en las zonas aún no demarcadas. Tampoco los países garantes lograron que, aunque fuere informalmente, se barajaran alternativas "constructivas" por parte de los países implicados. Y, lo que es peor, Perú y Ecuador se han prodigado en la compra de armas, señalando que se trataba tan sólo de la reposición y modernización de la capacidad bélica de ambos y, por lo mismo, del restablecimento del equilibrio estratégico.
La manifestación más elocuente de que lo militar ha ido creciendo en los últimos meses ha sido la realización de sendos ejercicios combinados de las FF.AA. de Perú y Ecuador en territorios próximos a las respectivas fronteras, la puesta en funcionamento de obras de infraestructura relacionadas con programas u operaciones militares y la concentración de pertrechos bélicos en determinados puntos territoriales con valor estratégico.
Este despliegue abona poco a la causa de la paz. Y contrasta con los movimientos casi rituales que dicen buscar la distensión y el intercambio de información para evitar focos inesperados que destierran la confianza mutua.
¿Qué ocurrirá, como es previsible, si la 4ta y 5ta jornadas acentúan la irreductibilidad de las comisiones peruanas y ecuatorianas? Los garantes pueden proponer a las partes, algunas alternativas de solución. Y se continuaría así con una ronda adicional de pláticas. Ninguno de estos pasos, sin embargo, puede llevar a que se prescinda del marco normativo que es el Protocolo de Río. Y en ese punto la "histórica" pretensión ecuatoriana de obtener una salida "soberana" por algún punto del Marañón-Amazonas se sale de cualquier esquema de conversación.
La tentación de acabar con el dilema por la vía expeditiva de las armas es una realidad, aunque se reconozca que una guerra significaría un sufrimiento más, y el riesgo de internacionalizar un conflicto que tiene en el Protocolo de Río todos los pasos y los instrumentos para que de una vez por todas se demarque el íntegro de la frontera peruano-ecuatoriana. Los halcones están a la orden del día. Y sería de veras incongruente el espectáculo de una guerra o de una escaramuza en momentos que Perú y Ecuador van a sufrir el embate del Fenómeno de El Niño. Esa es a veces la trampa infernal de una perspectiva militarista que ve las cosas con simplificación inexcusable.