
Del Rating Al Mitin
Días negros para la libertad de prensa. 25 jóvenes periodistas, sin embargo, han dado una lección al poder y a las vacilantes instituciones que le permiten mostrar un rostro "democrático". Todo esto como prólogo a la celebración del Día del Periodista.
Tanto Iván García (34 años, Universidad Católica) que mostró un talante político (izquierda) como Luis Iberico, (38 años, Bausate y oMesa), director de `Contrapunto', fueron junto con Fernando Viaña y Gonzalo Quijandría, los puntales de la resistencia.
NO se precisa insistir en las graves consecuencias que tiene para el país el despojo del Canal 2- Frecuencia Latina.
Cientos de fotografías, varios centenares de metros de textos, filmes y vídeos han sido mucho más elocuentes para reflejar las horas dramáticas que se viven en torno a ese canal, de la lucha de un puñado de jóvenes periodistas y de la subalterna vergüenza de quienes, amparados por leyes que violan principios elementales, no son otra cosa que agentes dóciles de un gobierno autoritario cuyos móviles finales no se logran desentrañar.
Frente a todo acto hijo de la prepotencia se tiene la tentación de imaginar que se trata de un rapto de locura que daña al régimen o al dictador.
Pero esta vez se ha tratado de una suma de pasos fríamente calculados en los que han intervenido diversas instancias del gobierno y se ha contado con la complicidad de demasiadas personas e instituciones que, directa o indirectamente, forman parte de la contaminación moral y cívica que propaga un poder sin freno.
EL VIERNES NEGRO
Desde las seis de la mañana del viernes 19, personal policial experimentado en antimotines se apostó en las calles cercanas al canal. En el interior de Frecuencia Latina, los hermanos Winter contaban con el apoyo de cierto personal que les informaba sobre los pasos del personal de `Contrapunto', de Fernando Viaña y de su gerente Alberto Cabello.
También se había colocado personal de inteligencia camuflado que informaba al SIN sobre las personas que entraban y salían del canal. La idea era evitar el menor escándalo posible y hacer creer a la prensa nacional y extranjera que la toma del canal se efectuaría días después.
Juez Percy Escobar: camioneta, protección inusitada, rostro desafiante. ¿Se salvará de su propia conciencia? Abajo, formas de la protesta espontánea.
Por su parte al juez suplente Percy Escobar la misma noche del jueves le habían informado que lo recogerían en su domicilio, personal de seguridad y que en un vehículo se le transportaría muy temprano al canal.
Los hermanos Samuel y Mendel Winter, habían sido informados al detalle de este operativo y por eso es que convocaron al personal de confianza que tomaría la posta en la admnistración y en la parte periodística.
Ese viernes alrededor de las 7 de la mañana cuando se retiró Luis Iberico del canal para dejar a su hijo en el colegio ante las amenazas recibidas, se impartió la orden a la Policía de acercarse al canal y cerrar el tránsito.
A los pocos minutos, aparecieron los carros de los Winter con su personal de confianza entre ellos Alfredo Marcillio, Hugo Chauca, Tito Angulo. Coincidentemente llegó después el juez Percy Escobar. (Ver crónica aparte sobre lo que pasó en el interior del canal).
La transferencia fue rápida. La nueva administración aceptó las renuncias y una de las periodistas que sirvió de guía a los Winter fue Violeta Tenorio quien días antes había pedido vacaciones. Tenorio era la periodista que cubría Palacio, pero que en los últimos meses fue retirada. Ahora con esta nueva administración es seguro que retornará a la casa de Pizarro.
UN PLAN TRAZADO
Gentes que en algún momento formaron parte de este régimen, que llegaron a convalidar algunos actos de fuerza en nombre de la lucha contra el terrorismo, sienten hoy vergüenza propia. Se ha ido demasiado lejos, dicen. Reconocen que se ha apelado a recursos absolutamente vedados, armando "muñecones" en los que vale todo.
El gobierno, en efecto, ha movilizado un aparato enorme que avasalla sin escrúpulos y , por lo mismo, afecta a la conciencia ciudadana.
No sólo se han inventado argumentos, sino que se han fraguado pruebas, se ha hecho desaparecer expedientes, se ha desconocido la razón jurídica.
En suma, se ha metido las cuatro con alevosía, torpeza y cinismo.
El espectáculo ha sido, con todo, desproporcionado especialmente para los legicidas. Todo ese poder burocrático, leguleyo y tergiversador ha temblado a cada paso, dándole a los jóvenes periodistas del Canal 2 una inesperada estatura política y un doctorado en libertad de prensa que forma parte ya de las jornadas heroicas del periodismo peruano.
Como lo ha destacado otro peruano agredido en Panamá, el periodista Gustavo Gorriti, el Perú no es la excepción en el conjunto de América Latina, donde los gobiernos se sienten incomodados por el avance fiscalizador y revelador de la información y la prensa.
Pero aquí, la dosis de hipocresía ha sobrepasado otras formas más sutiles para silenciar a la prensa.
LA SOGA Y EL AHORCADO
Lo del Canal 2 no se reduce a un pleito entre accionistas ni a un odio indetenible contra Baruch Ivcher, un personaje discutido y polémico que jamas esperó -y en virtud de los servicios que él siente haber prestado al fujimorismo- ser despojado de la nacionalidad peruana, de su canal y del retorno al Perú.
Es una muestra concreta de una política contra los medios de comunicación, entre los cuales el periodismo televisivo es el primer bocado, sin excepciones.
Los oficialistas dirán que esto es una exageración. Pero baste mirar las reacciones tibias de los otros canales de televisión -con excepción de un programa: "En Persona", de César Hildebrandt- para comprender que éstos han empezado a sentir el peso de la soga en casa del futuro ahorcado. Por razones diversas, los canales han sido menos explícitos que la prensa escrita en su apoyo y su rechazo a la medida virtualmente expropiatoria.
Y es que esto en parte es comprensible. La televisión es el medio donde el poder se ceba. Un canal es una empresa en la que lo periodístico es sólo una parte de una industria más amplia y en la que las consideraciones de estrategia y de buenas relaciones con el poder establecido juegan un rol preponderante.
Pero, ¿quién puede considerarse libre de que mañana, por algún despecho o sospecha, resentimiento o queja de un prominente hombre del gobierno, se inventen historias, se fragüen acusaciones y se destruya una empresa?
En ese contexto, la participación del congresista Jorge Trelles -hombre sin un mínimo sentido de oportunidad- mostró con crudeza hasta qué punto pueden llevarse las cosas cuando hay una voluntad de avasallamiento. Señaló que propondría una ley que prohibiera a los extranjeros ser propietarios de un medio de comunicación. El campeón del liberalismo y el mercado se tornaba en amenazante enemigo de la globalización de la información y de la prensa. La inteligencia se ponía en acción, una vez más y lamentablemente. La reacción ha sido tan grande que Trelles terminó por abstenerse de presentar el proyecto. No es que lo abandone, lo hace dormir por un rato. Ese es otro rasgo de la dictadura: dejar espadas de Damocles regadas. Que nadie se confíe mientras haya un Jorge Trelles.
¿El empresariado ha reaccionado como debiera? Han habido expresiones formales de condena, referencias a la inseguridad jurídica, pero dentro de lo que los franceses llaman "politesse", esa forma que en criollo conocemos como inclinación a no desagradar a Palacio. Las mayores objeciones provienen del exterior y de los análisis que inversionistas y analistas políticos hacen del comportamiento de este régimen que cada vez es mirado con mayor desconfianza.
Confrontación
Alvaro Quijandría: sólo un pequeño, enorme, papel. A la derecha, Samuel Winter: "Aquí mando yo".
¡Apaga la cámara que acá mando yo carajo! Fue el grito que despertó a Juan Subauste, reportero de "Contrapunto" que dormía sobre uno de los colchones "Paraíso" que desde hace meses eran parte del decorado de la redacción del programa. Era las 7:10 de la mañana del viernes 19 de setiembre, Mendel Winter, accionista minoritario de Frecuencia Latina, ordenaba a gritos al camarógrafo de Contrapunto que no registre el momento en que tomaban posesión del Canal, y de paso despertaba a los incómodos periodistas que se habían quedado a pasar la noche trabajando (había que preparar programa para el domingo) y vigilando para que el inminente desalojo no quede sin ser registrado.
Dentro de ese grupo de periodistas me encontraba, pues durante el primer mes de la crisis de los rehenes, el sillón de la oficina de Luis Iberico me sirvió de cama.
Esa noche todos estábamos atentos a la edición del informe de Ursula Pfeiffer en el que cada uno de los renunciantes de Contrapunto relataba sus razones para tomar tal medida; el informe es sin duda una joya periodística que ojalá algún día pueda salir al aire. Fernando Olivera, con quien pocas horas antes había coincidido en la recepción por el día de Chile, nos acompañó hasta las 4:00 de la mañana, cuando vencido por el sueño nos dijo: "No creo que vengan hoy ¿no?".
El Mercedes de los Winter: más que un comercial una señal de alarma. La complicidad se va en coche.
Hacia las 4:30 de la madrugada, Fernando Viaña, editor general de prensa, se despidió de nosotros y me recomendó irme a dormir a mi casa. La verdad es que tenía tanto sueño que si manejaba hasta mi casa me podía quedar dormido en el camino: "Yo me quedo Fernando", le dije y me acomodé en el sillón de la oficina de Luis Iberico, quien dormía en el piso, mientras que Pamela Vértiz, Rosana Cueva y Ana María Rondón ocupaban mi oficina, atiborrada de colchones.
Fue precisamente el director de Contrapunto quien me despertó a las 7:00 en punto de la mañana para avisarme que tenía que salir por unos minutos, y que esté atento porque la conducta del personal de seguridad le parecía extraña.
Diez minutos después, mientras leía los periódicos en las oficinas de la Unidad de Investigación, para no despertar a Subauste, Rosana Cueva, Pamela Vértiz, Ursula Pfeiffer, Ana María Rondón y Gisela Becerra que todavía dormían en las oficinas de Contrapunto, escuché los gritos del mayor de los hermanos Winter; al salir de la oficina me crucé con el contingente de seguridad privada que ingresó al Canal, estaban también el señor Marcilio, el abogado Villavicencio, Tito Angulo y Leopoldo Valdés, antiguo jefe de logística del Canal; si Hugo Chauca, nuevo editor general de prensa de Frecuencia Latina, también entró en ese momento no lo sé, en todo caso evitó cruzarse con los periodistas de Contrapunto.
Al verme Mendel Winter dijo: ¿así que soy genuflexo, no?, evité responder, o, en todo caso, explicarle el significado del término. Me dirigí a las oficinas de Contrapunto e intenté dar aviso inmediato a la prensa, entonces me di cuenta que los teléfonos habían sido cortados. Después me enteré que tampoco funcionaban las líneas telefónicas de las casas de Fernando Viaña, Emilio Rodríguez Larraín (Abogado de Neomy Ivcher) ni de Alberto Cabello.
En ese momento entraron los hermanos Winter a la oficina, al verlos cogí mi carta de renuncia, redactada en conjunto la noche anterior, previendo lo que podía suceder. Nuevamente fue Mendel Winter quien encabezaba el grupo, y dirigiéndose a mi estiró la mano y me dijo:
-¿Me puedes dar la mano?
-No puedo, de verdad no puedo, pero aquí está mi carta de renuncia. Samuel Winter se encontraba detrás, y traté de no ser descortés con él, teniendo en cuenta que de los hermanos siempre es él quien conserva las formas.
-Hola- le dije.
Pero fue Mendel una vez más quien habló:
-¡Basta ya de traernos desgracias! ¡No hagan más difícil esto! Tú Gonzalo eres muy joven y no entiendes lo que ha pasado, cuando todo esto pase te voy ha explicar por qué hemos hecho esto.
-No quiero explicaciones de ustedes, las explicaciones me las tiene que dar el gobierno. Este es un lío entre Contrapunto y el gobierno. Sus razones no nos interesan, pero creo que debieron ser leales con el Canal, con el programa.
-Te voy a demostrar quién es Baruch Ivcher -dio un salto Mendel Winter- tengo así de pruebas contra él.
-No me interesa, no creo que esté metido en nada de eso, pero igual creo que debieron respaldarnos.
-Eres muy joven y no entenderías -dijo esto y se fue al Directorio, a tomar posesión del Canal.
Antes de irse firmó el cargo de mi carta de renuncia, me sentí aliviado de no formar parte de esto, fui a dejar las llaves de mi oficina en cada una de las puertas y me dispuse a salir; pero en ese momento entró el juez Escobar, estaba pálido y era prácticamente llevado en vilo por siete policías que entraron con él.
La indignación de ver de frente a alguien que es capaz de afirmar, entre otras perlas, que un trámite es irregular simplemente porque se ha perdido el expediente, me llevó a ofrecerle la Constitución que tenía en mi oficina, porque sin duda es un texto que no conoce, o que no le interesa. El siguiente en entrar al Canal fue Alberto Cabello, quien tenía que entregar la administración, pocas veces vi un semblante tan elocuente. "No pude hacer nada Alberto", le dije; me dio la mano y subió a enfrentarse a la turba de abogados y nuevos periodistas que ingresaron con los Winter.
Cuando me dirigí a la puerta para salir del Canal me indicaron que nadie entraba ni salía hasta que termine la diligencia judicial, así que me subí a uno de los torreones del Canal y avisé que no podíamos salir todavía. Inmediatamente un efectivo de seguridad subió a la torre para bajarme.
Dos horas después nos avisaron que podíamos salir, así que nos colocamos en fila para atravesar la puerta de personal, ya que la puerta grande fue trancada por uno de los Mercedes de los Winter. En ese momento la persona que fungía de jefe de seguridad nos dijo que revisaría todas nuestras pertenencias. Me pareció reconocer al moreno que revisaba mi mochila, así que le dije:
-Sales bien en la foto de CARETAS, manejando el carro de tus jefes.
-No era yo, era mi hermano -me dijo-. Qué pasa Gonzalo, estás perdiendo la vista.
-La vista la tengo perfecta, se ve muy bien cuándo uno tiene la frente en alto- respondí.
-¡Revísalo completo!- Ordenó otro miembro de la seguridad contratada para la toma. Alguien puso sus manos sobre mis tobillos mientras otra persona me revisaba los bolsillos, como en una redada.
Rosana Cueva mostraba su indignación como buena piurana, Pamela Vértiz no pudo contener las lágrimas ante la indignación de ser tratada como delincuente y Ursula Pfeiffer intentaba explicarles que el casete de Joe Cocker era suyo y no del Canal, pero jamás le creyeron.
Finalmente salimos, no derrotados sino triunfantes, habíamos ganado la batalla que nos tocó librar, la de la opinión pública, aunque el despojo finalmente se haya consumado. Eso sí, la rabia, la indignación y la preocupación porque estas cosas todavía ocurran en el país no se han ido, y tampoco se irán.