

Por HAROLD FORSYTH
Los Aliados
del Tío Sam
HACE algunas semanas, la Secretaria de Estado norteamericana, Madeleine Albright, anunció que los Estados Unidos se proponen otorgar a la República Argentina el status de aliado militar de primer orden.
Aunque tal decisión no conlleva la plena integración de la Argentina a las poderosas estructuras de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la sola referencia al concepto de "aliado militar" de los Estados Unidos tiene un tremendo impacto llamado a influir directamente no sólo en el futuro argentino, sino en toda América Latina.
Por eso llama la atención que el tema haya pasado casi desapercibido, con excepción de Chile, país donde la noticia ha causado una comprensible alarma especialmente por lo repentino del hecho y la falta de antecedentes que lo expliquen y justifiquen.
Nos queda, en consecuencia, solamente especular sobre las motivaciones reales de la decisión norteamericana, sus alcances y proyecciones. En ese sentido, parecería que la nueva categoría concedida a la Argentina es una especie de `'certificación'', es decir, un aval de aptitud y calificación equivalente a la confianza entre iguales.
La certificación no es un invento nuevo. A decir verdad, surge a comienzos de los ochenta cuando la luz verde de Washington se tornó imprescindible para cualquier país en necesidad de renegociar su deuda con el Fondo Monetario o de obtener préstamos del Banco Mundial o de la banca privada.
Este procedimiento fue seguido con países que no actuaran conforme a los estándares de juicio norteamericanos en materia de lucha contra las drogas. Con un razonamiento muy simple, cualquier país que no demuestre una clara vocación antidrogas no es certificado o se expone a perder la certificación. Allí nace un nuevo y temible vocablo que los colombianos experimentan en carne propia: la descertificación, cuyas consecuencias políticas, sociales y económicas pueden ser devastadoras.
No sorprende, en consecuencia, que la adecuación de unas fuerzas armadas como las de la Argentina a los estándares doctrinarios de la estructura militar aliada haya sido recompensada con una nueva forma de "certificación", que equivale al ingreso a un club altamente exclusivo y a la posibilidad de compartir información de enorme significado estratégico.
No vamos a juzgar moralmente este hecho pero lo cierto es que plantea un tremendo reto para países como el nuestro. Ciertamente, nosotros no tuvimos ninguna participación en la Guerra del Golfo, a diferencia de la Argentina, y estamos muy a la zaga en cuanto a nuevos conceptos y doctrinas militares, que hacen que las fuerzas armadas evolucionen más a través del tiempo que del espacio. Asimismo, está claro que las Fuerzas Armadas argentinas ya atravesaron el camino del mea culpa y su identificación con el estado de derecho y con la democracia está por encima de toda sospecha.
El tratamiento privilegiado que nuestros amigos argentinos se aprestan a recibir puede propender a la creación de un nuevo orden en el balance militar de América del Sur y tiene, por tanto, innegables implicancias de seguridad estratégica. Obviamente, debemos apreciar este hecho y actuar en consecuencla.
Ya que el poder unipolar es el que fija las reglas, ¿a alguien se le ha ocurrido pensar qué haremos cuando, tal vez antes de que termine el siglo, otros países como Chile y Brasil se conviertan, también, en "aliados militares de primer orden de los Estados Unidos"? ¿Estamos preparados para ese desafío?
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