
Recuperar El Paso
Derrota ante Chile toca una fibra, remueve rencillas y deja una lección urgente.
Chile nos cerró el camino más fácil a Francia. El `Chino' Pereda, posiblemente el mejor de la cancha, pierde ante vola ante Fernando Cornejo. Derecha, pasividad de Carabineros, furia de Reynoso.
Evento mediático por excelencia, el fútbol paraliza países y marca, con sus resultados, estados de ánimo masivos. Bien dijo Beckenbauer, en entrevista a CARETAS del año '71, que "resulta ridículo pretender poner en juego la dignidad nacional de un país en una selección." En la cancha, perdimos, y Abelardo Sánchez León opina por qué. Fuera de ella, la imagen paradigmática de Chile como país moderno y desarrollado, se hizo añicos. La ofensiva y orquestada atmósfera extra deportiva que se dio en Santiago -registrada en testimonio desde la tribuna por el congresista Harold Forsyth-, así como nuevas versiones de antiguos menosprecios, acaso alentados por permisividades no correspondidas recíprocamente hacia ciertas inversiones extranjeras, obligan por igual a poner dura la pierna y a pensar en frío. Cómo parchar un corazón fauleado, sin fomentar broncas, pero con la autoestima bien en alto. En entrevista a continuación, sicólogo Alejandro Ferreyros ensaya respuesta de dureza clínica.
Tremendismo tabloide y reto que sicólogo Alejandro Ferreyros ausculta: cómo vamos de autoestima.
Oportunismo fallido. El "apoyo al deporte" reducido a juego de cámaras.
-Usted diría que el 4-0 ha servido para aflorar sentimientos ocultos.
-Muchos sentimientos de inferioridad se han visto fortalecidos. Aquí sí estamos ante un caso típico de un duelo patológico, de una sociedad que no ha logrado asimilar y elaborar satisfactoriamente una pérdida, luego de la cual se ha quedado enquistado el sentimiento inútil de venganza.
-Los que fueron a Chile se quejaron de la hostilidad con que fueron tratados.
-El insulto y amedrentamiento se utilizan para influir en el estado de ánimo del adversario. Para interceptarlos y neutralizarlos hay que estar parado sólidamente. Si a los jugadores les gritan "indios culeaos" y ellos no han resuelto sus problemas personales al respecto, lo más probable es que se sientan muy ofendidos y les empiecen a temblar las piernas.
-¿Es el peruano un perdedor?
-El peruano tienen una enorme dificultad para culminar un proyecto, sea de gol o de país.
-¿Cuál ha sido su impresión de la prensa televisiva?
-Masoquismo puro. He notado una tendencia a reproducir una y otra vez el suceso traumático, la goleada, como si repitiéndolo fuera a diluir el dolor.
-¿Tanta pena por un partido?
-Para unos es catastrófico. Para otros, sólo un deporte: perdió, pues.
-Es que hay hinchas e hinchas...
-Muchos de los que besan la camiseta son incapaces de besar a su propia esposa. Se trata de vivir el fútbol en un nivel patológico, que lleva a descuidar las relaciones reales. Entiendo el amor a los hijos; pero el amor a la camiseta, por favor...
-¿Qué está pasando?
-En ausencia de un elemento auténtico de identificación, el fútbol ha pasado a ser un aglutinador artificial de la "unidad nacional".
-Muchos políticos se aprovechan de esa circunstancia...
-El Presidente fue a despedir al equipo como si se tratara de un ejército que iba a la guerra. Eso es peligroso porque contribuye a que se pierda perspectiva de la dimensión real de un partido, y además exacerba artificiosamente un sentido nacionalista y belicista.
-Sobre todo en estos días...
-Sobre todo en un contexto donde se están discutiendo los límites fronterizos, el armamentismo, el servicio militar obligatorio, la instrucción premilitar en los colegios y las levas ilegales en la calle. Esta es una coctelera en la que los ingredientes anuncian un trago con sabor a polvora.
-Hasta la semana pasada Oblitas era un héroe...
-Sucede en sociedades como la peruana que tiene una clara disposición al mesianismo. A pesar suyo, a Oblitas se le consideraba el mesías del fútbol peruano. Su comportamiento discreto lo diferenciaba del vulgo, ayudando a formar su imagen de redentor.
-Pero no colmó las expectativas.
-Por eso cuando falló, todos se le tiraron encima. Es una decepción que los mismos hinchas y periodistas se habían creado, como un globo que ellos mismos inflaron tanto hasta que se reventó: ahora Oblitas es el chivo expiatorio.
-Los chamanes en la Tv. chilena, ¿contribuyeron a crear el mito?
-Con la presentación de brujos para adivinar el marcador se estimuló el pensamiento mágico. Si a ello se le agrega el ingrediente belicista, resulta una estructura tribal como modelo de organización social.
-¿Un pensamiento elemental?
-Me refiero a una organización tribal que se identifica en oposición a otra por conflictos territoriales. La más elemental de todas, la de los orangutanes.
-Ya se acudió a las matemáticas: si Bolivia empata...
-Esa es simplemente la prolongación de la agonía.
-¿Puede ser útil una derrota?
-Un baldazo de agua fría puede servir para regresar a la realidad a muchos.
-Y la agonía será mayor.
-Mientras haya esa disconformidad nacional y no olvidada con respecto a la guerra perdida, a la captura del Huáscar y a toda esa monserga militarista, no se podrá aceptar una (otra) derrota de Perú frente a Chile.
-Serán mejores, pues.
-En fútbol: 4 a 0. Y en términos de proyecto nacional: 8 a 0 en mortandad infantil, 15 a 0 en escolaridad, 25 a 0 en crecimiento económico. Si son ellos los que nos prenden y nos apagan las luces todos los días...
-Muchos han quedado sumamente adoloridos, ¿cómo superarlo?
-Desterrando de una vez ese lloriqueo exagerado, que me recuerda a esos jugadores que se tiran al piso para impresionar al árbitro. Acá se están rasgando las vestiduras por el foul moral que han recibido, en vez de levantarse como caballeros y seguir jugando.
-Al final, ¿ganaremos el partido?
-El aprendizaje debe empezar por el ejercicio de la libertad, de nuestros derechos y de la democracia. Dicha experiencia se convertirá en conocimiento, cultura, orgullo e identidad. Sólo así nos podremos reconocer en un sentimiento sólido basado en valores culturales consistentes y no en fútiles y pedestres como el fútbol.
Santiago
Ofensivo
Congresista Harold Forsyth estuvo ahí. Un partido aparte.
Autor en la tribuna atento a los proyectiles.
Hace veinte años, me tocó vivir un tiempo en un Chile militarizado, muy desorientado y confuso. Ver a los amigos de aquel entonces y compartir sus alegrías y esperanzas ha sido una gratísima experiencia. Lo ha sido, también, el reencuentro con varios colegas parlamentarios como Jorge Pizarro, Andrés Allamand, Andrés Palma, Alberto Espina y Zarko Luksic, que se encuentran atravesando, nuevamente, la traumática experiencia de una elección parlamentaria prevista para diciembre la cual, al menor descuido, podría ponerlos en la calle.
Pero, a las pocas horas de estar en Chile, la mayor parte de los peruanos empezamos a percibir una suerte de clima enrarecido. Y es que la cercanía del partido favoreció, sin duda alguna, una tensión generalizada en el pueblo chileno, especialmente considerando que su participación en este proceso eliminatorio es la primera luego de la severa sanción que le impusiera la FIFA por los incidentes protagonizados por el equipo chileno ante la selección del Brasil, en 1989.
"Tranquilo pelao, los cholitos son papa, 3 a 1" era la curiosa pinta en la ventana trasera de muchos ómnibus de transporte urbano y eso nos llamaba poderosamente la atención. Pero también nos divertía porque, ilusamente, lo consierábamos un aditivo extraordinario de lo que los "cholitos" seríamos capaces de hacer en el gramado.
El domingo, horas antes del partido, decidimos ir en busca de unas empanadas, muy difíciles de encontrar ahora que la cultura MacDonalds y Burger King parece hacer estragos, también, de un tiempo pasado que siempre fue mejor. Ello nos condujo a uno de los pocos sitios que se salva de la modernidad: la Plaza de Armas, cuyos portales siguen llenos de barros lucos y barros jarpas tan sabrosos como en los mejores días.
Allí encontramos una gran cantidad de peruanos, muchos de ellos residentes y fue extraordinario terminar reuniéndonos, a pocos metros de la catedral, para corear consignas favorables a nuestro equipo de cuya victoria ninguno de nosotros se atrevía a dudar. Allí, entre niños y adultos, hombres y mujeres, peruanos de toda condición social nos reunimos para sentirnos más hermanados que nunca.
Los chilenos, por su parte, escogieron la misma plaza para dar rienda suelta a su efusividad y ambos grupos, respetuosamente, entonamos nuestros respectivos himnos, primero el chileno y luego el peruano y, luego de algunas bromas y muchos abrazos, nos despedimos.
De allí nos dirigimos a nuestra Embajada y, en el camino, a mi hijo menor se le ocurrió exhibir una bandera peruana desde el automóvil, con las consecuencias catastróficas que cabe imaginar: nos llenaron de insultos y, en dos ocasiones, lanzaron varios "proyectiles", que no nos atrevimos a devolver porque el auto tenía placa diplomática peruana. Pero tampoco arriamos la bandera, hecho que convirtió el camino en una expedición.
Concentrados en la Embajada del Perú para dirigirnos al estadio nacional, ubicado en el barrio de Ñuñoa, abordamos tres buses especialmente asignados para los supuestos "Vips". Varios vehículos de carabineros protegieron nuestro recorrido, en el cual aprovechamos para lanzar algunos hurras y cantar el himno. Fue al llegar al estadio que sentimos la presión de una turba enloquecida que empezó a corear consignas antiperuanas, con alusiones incluidas al Huáscar, Arica y Tarapacá.
Sin embargo los peruanos decidimos no responder a las provocaciones, limitándonos a decirles un simple bon jour en alusión a que éramos nosotros los que teníamos los pasajes a Francia en la mochila. Y, disciplinadamente, empezamos a caminar hacia el estadio en fila india, hasta ocupar nuestras localidades. Así, todos los peruanos, ubicados en una misma zona, iniciamos una espera de casi tres horas hasta que vimos aparecer a nuestro equipo, que salió al gramado para calentar ante los agresivos gritos de la afición chilena.
Luego del regreso del equipo peruano a los camarines, ambos cuadros aparecieron en el gramado para iniciar la ceremonia de los himnos nacionales, a cargo de carabineros de Chile. Cuando se empezó a entonar el himno chileno los peruanos guardamos un compacto y respetuoso silencio. Los chilenos decían "dulce patria" mientras nosotros nos limitábamos a imaginar la dulzura de una victoria. Cuando comenzó el himno peruano el estadio entero prorrumpió en una ensordecedora silbatina que impidió escuchar una sola nota de nuestro "somos libres". Cantamos nuestro himno a pesar de todo, pero terminamos extenuados en el intento. Sólo quien ha vivido una experiencia así puede saber lo humillante que es.
Nos quedaba, sin embargo, la ilusión del triunfo. "Porrón porrón, porrón porrón, el que no salta es un peruano maricón", fue la más suave de las cantaletas. Pero la certeza de que la selección sacaría la cara por todos nosotros hacía la tortura soportable.
Sería una torpe arrogancia que opine sobre fútbol cuando muchos pueden hacerlo con autoridad. No obstante, puedo decir que es evidente que el primer gol de Marcelo Salas fue un baldazo de agua fría y que si terminaba el primer tiempo a favor de Chile el marcador sería difícil de remontar.
Lo demás es historia conocida. El pitazo final fue tan agudo como la seguidilla de agravios de la que ciertamente y en honor a la verdad en ningún momento participaron las autoridades chilenas encabezadas por el presidente Frei.
Los parlantes anunciaron que los peruanos no podíamos movernos de nuestros asientos, igual que cuando un avión aterriza, hasta que los alrededores del estadio fueran despejados. Eso nos obligó a permanecer una hora consolándonos mutuamente hasta que el estadio se convirtió en un testigo mudo y vacío de nuestra impotencia.
Cuando abandonamos el coloso chileno nos dirigimos hacia los buses nuevamente, pero para algunos de nosotros fue imposible resistir la presencia de la policía chilena y decidimos emprender el regreso por cuenta propia. Logramos, entonces, ubicar un ómnibus de transporte urbano que en la cuadra siguiente se repletó de hinchas chilenos decididos a corear su victoria con duras ofensas al Perú. Condenados a la mudez mis hijos, un compatriota que conocí en el estadio y yo llegamos a la plaza Italia con la esperanza de encontrar un taxi. En vez de eso lo que encontramos fue una gigantesca multitud que repetía aquello del porrón porrón.
Desoyendo el consejo de uno de mis hijos hice un simple comentario y el acento me delató. Eso convirtió nuestra caminata en una experiencia interminable. Nunca se me ocurrió que el gentilicio "peruanos" pudiera ser utilizado con odio y con ribetes de insultos.
Cuando llegamos, a eso de la una de la madrugada, a la Embajada del Perú, una veintena de peruanos decidimos compartir nuestras penas hablando de cualquier cosa. Las butifarras y los piscosours, que habían sido preparados para ayudarnos a celebrar el triunfo estaban allí, en abundancia. Algunos mencionaban que, "matemáticamente", aún teníamos posibilidades, como si el fútbol y las matemáticas fueran compatibles.
Luego de esta experiencia todos tenemos sentimientos encontrados. Nadie niega el derecho del pueblo a celebrar un triunfo deportivo, pero ofender a un adversario es un recurso vedado. Nobleza obliga.
Los súbitos éxitos de la España democrática de los ochentas llevaron a García Márquez a escribir un bello artículo recordando aquella España que conocieron Vallejo y Neruda, y condenando la expresión "sudaca" que los españoles recién empezaban a utilizar para referirse a los sudamericanos. Quiero decir con esto que los innegables éxitos de Chile no autorizan a su pueblo a comportarse groseramente con nadie, ni mucho menos con un pueblo que, como el peruano, ha mostrado siempre altura y decencia, siguiendo el ejemplo del almirante Grau y de su carta a la viuda de Prat.
Un bellísimo poema de Neruda dice: "Me gustas cuando callas porque estás como ausente", y otro habla de los versos más tristes de esta noche. Es una lástima que el mismo estadio que sirvió para aglutinar a las víctimas de la represión pinochetista en aquel setiembre negro de 1973 haya servido de escenario para representar la antítesis de la nobleza.